Virgen María

Ese Rosario bendito

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Hoy le vamos dedicar nuestro mensaje a la Virgen, y concretamente al Rosario, llamado la reina de las devociones marianas. Y quiero comenzar con el testimonio valiente de un mártir. Será para nosotros un estímulo, a fin de que ese Rosario bendito no se nos caiga nunca de entre los dedos.

Porque rezar con asiduidad el Rosario ha sido considerado siempre por la piedad de la Iglesia como una señal inequívoca de salvación.

Es un caso estremecedor el ocurrido en el campo de concentración más terrible de la Segunda Guerra Mundial. Al pobre hombre se le cae su rosario al suelo. Lo ve el guardián nazi, y le da furioso la orden:

  • ¡Písalo!
  • No, yo no lo piso.
  • ¿Que no lo pisas?… ¡Pues, ya te enseñaré yo!

Y, desenfundando la pistola, descerraja un tiro en la frente de aquel católico polaco, que cae bañado en sangre sobre el tesoro de su rosario bendito…

Cualquiera diría que el Rosario fue cruel con aquel su ferviente devoto. Sin embargo, nosotros adivinamos claramente que el Rosario fue en este caso, más que nunca, la escalera que le subió de un salto hasta lo más encumbrado del Cielo.

Y esto es el Rosario de la Virgen para cada uno de nosotros, si sabemos desgranar sus cuentas con los dedos mientras nuestra alma se une a Jesucristo, por medio de María, con el recuerdo constante de los misterios de la salvación.

Sor Lucía de Fátima, con toda su autoridad para hablar de la Virgen, escribía:

  • El Rosario es una oración de los pobres y de los ricos, de los sabios y de los ignorantes… El demonio le tiene declarada la guerra… Porque apartar a las almas de esta devoción, es apartarlas del pan espiritual de cada día. Esa oración es la que sustenta la pequeña llama de la fe que no se ha apagado del todo en muchas conciencias. Incluso para aquellas almas que rezan sin meditarlo, el simple hecho de coger el Rosario les sirve para acordarse de Dios, de lo sobrenatural. El simple recuerdo de los misterios en cada decena es un rayo más de luz, que sustenta en las almas la mecha que todavía llamea.

Así es. Porque el Rosario hace que nuestra vida sea igual que la de Cristo y María. Está entretejida de los mismos gozos familiares;

de la luz de la fe que irradia en toda la vida cristiana;

de las mismas penas, que en la Pasión del Señor llegaron al colmo; de la esperanza de la gloria de Jesucristo en su Resurrección;

de la vida del Espíritu en Pentecostés, de la felicidad de María en su unión definitiva con el Señor en los cielos.

El recuerdo de estos misterios de la salvación se hace poco a poco, insensiblemente, carne de nuestra carne. Sin darnos cuenta, el rezo del Rosario nos da la mentalidad de Cristo: pensamos como Él, actuamos como Él, esperamos en Él.

El Rosario nos mete en la esfera de María, que nos lleva necesariamente a Jesús.

Es imposible pensar en la Virgen sin acordarse también de Jesús, porque nunca encontramos a María sola, sino siempre unida a Jesucristo.

Además, por ese pedirle tantas veces que ruegue por nosotros, nos dispensa la gracia a raudales.

Y así María, por nuestro rezo del Rosario, ejerce más que nunca con nosotros su oficio de Mediadora, porque nos lleva al recuerdo constante de Jesús y nos atrae toda su gracia.

Son muchos hoy en la Iglesia los hombres y las mujeres grandes que toman el Rosario como medio de santificación, de entrega a Jesús y a la Virgen, y de arma poderosa en su apostolado.

Valga por todos el recuerdo del bendito Papa Juan XXIII, que se rezaba los quince misterios cada día. El primer Rosario, después de la Misa por la mañana, como acción de gracias. El segundo, después de su descanso del mediodía, sentado en un sillón. Y el tercero al anochecer, en compañía de sus domésticos y amigos.

Cuando analizamos lo que es el Rosario, nos ponemos a pensar que el Espíritu Santo intervino de un modo especial en su inspiración.

Es una devoción cristiana verdaderamente genial. ¡Y tan simple, tan sencilla, tan inteligible! Toda con un sentido bíblico sin igual.

Encerrada en quince decenas de Avemarías, con un Padrenuestro al principio y un Gloria al final de cada una, están encerrados todos los misterios de la Redención obrada por Jesucristo, en todos los cuales está también metida María como asociada al Redentor, como lo está nuestra vida, nuestra unión con Cristo Crucificado y nuestra esperanza firme en la glorificación futura.

Rezar el Rosario y pensar en todo el Nuevo Testamento de Nuestro Señor Jesucristo es una sola cosa. No hay oración tan bíblica, en sus palabras y en sus pensamientos como el Rosario de la Virgen.

– Rosario, escala del Cielo, si al Cielo quieres subir, dice una bella canción Al prisionero en el campo de concentración, lo subió de un solo golpe a la Gloria.

A nosotros, más lentamente, de escalón en escalón cada día.

Pero, tanto al polaco mártir como a nosotros, de la manera más segura. Quien reza el Rosario no se puede perder…

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