Jesucristo

¿Quién es Jesús?

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Cuando murió el Papa Pablo VI se dispuso un funeral muy sencillo y austero, por voluntad expresa del Papa difunto antes de morir. El ataúd, de simple madera desnuda, estaba colocado directamente en el suelo de la Plaza del Vaticano, y sobre él abierto, sin ningún adorno, el libro de los Evangelios. Jesús, y sólo Jesús, tenía que llenarlo todo. El Jesús histórico de Nazaret, narrado por los Evangelios, y el Jesús de la fe, resucitado y elevado al Cielo, proclamado y vivido en la Iglesia.

Todo lo demás sobraba. El hombre encerrado en aquel ataúd había vivido sólo por Jesús, había muerto en Jesús, y ahora estaba glorificado con Jesús.

Era el último mensaje de aquel Papa grande a la Iglesia. Ese Papa solía plantear, de una manera u otra, estas cuestiones siempre actuales:

  • ¿Quién es Jesús?… La pregunta más inquietante.
  • ¿Qué significa en mi vida Jesús?… La pregunta más enardecedora.
  • ¿A qué me obliga Jesús?… La pregunta más comprometedora.

Por más que queramos responder a la primera cuestión —quién es Jesús—, siempre nos quedaremos a mitad de camino, porque no llegaremos nunca a agotar las insondables riquezas del misterio de Cristo.

Para el Apóstol San Pablo, el Evangelio de Dios, la Buena Noticia de Dios, es su Hijo, el Enviado al mundo, Cristo Jesús, el Señor.

Quien conoce a Jesús, conoce a Dios.

Quien quiera saber cosas de Dios, que se esfuerce en saber cosas de Jesús.

Quien quiera recibir a Dios, que reciba a Jesús.

Quien quiera llenarse del Espíritu de Dios, que se llene de Jesús, el Cristo prometido al mundo, el Ungido del Espíritu Santo.

Quien quiera la perfección de Dios, que se revista de Jesús, el Hombre nuevo.

Quien quiera llegar a la gloria de Dios, que se enganche a Jesús, el Señor, sentado ahora a la derecha del Padre…

Esto es lo que San Pablo nos pone como pórtico de su grandiosa carta a los Romanos.

La Persona de Jesucristo es el Evangelio o la Buena Noticia que Dios proclama en el mundo. Conocer a Jesucristo es, entonces, la gran tarea cristiana.

Ha de ser un conocimiento vivo, porque nos llevará a un amor, a una imitación y a una vivencia de Cristo que transformará toda nuestra vida. Esto es el Evangelio vivido.

El Evangelio escrito, que se convierte en Evangelio vivido, era el gran libro de los primeros cristianos, que lo tenían como su mayor tesoro, lo guardaban celosamente, y daban hasta la vida por él. Durante las persecuciones, el procónsul romano pregunta en el tribunal al mártir Esperato: ¿Qué libros lees tú? La respuesta fue nítida:

  • Yo leo los cuatro Evangelios de Nuestro Señor Jesucristo y las Cartas del Apóstol San Pablo.

Una confesión tan clara le llevó hasta derramar su sangre por la fe.

Los cristianos de aquellos tiempos heroicos de la Iglesia, con sólo estos libros, descubrían todo el misterio de Jesús.

Así sabían que Jesús era Dios. No solamente un hombre extraordinario, o un gran bienhechor de la Humanidad, o un revolucionario social que cambia las estructuras del mundo… Jesucristo es, ante todo y sobre todo, Dios verdadero, esplendor de la gloria del Padre…

Es el Enviado por Dios al mundo, el Enviado prometido, anunciado y preparado durante siglos en el pueblo de Israel, que lo esperó con anhelos crecientes.

Los judíos lo esperaban como el Cristo, el Ungido de Dios como Rey y como Sacerdote, que los gobernaría en nombre de Dios y que los llevaría a Dios.

Vendría del linaje de David, sería un hombre verdadero, y cuando llegó, nacido de María la Virgen, se llamó Jesús, uno como nosotros, en todo hecho semejante a sus hermanos los hombres.

Salvador de todos en la cruz, hoy Jesús está glorificado como Señor, constituido Juez de vivos y muertos, Rey universal y eterno.

Este es Jesús, nuestro Jesús. Conocerlo así, y proclamarlo así, es tener en la mente el Evangelio de manera completa, sin que nada le falte. Y es meterse en una mina de oro o de diamantes, sin que nunca lleguemos al fondo ni la agotemos nunca. Cuanto más penetremos en ella y más escarbemos, más tesoros encontraremos y más ricos nos haremos.

Jesucristo dejó caer una vez esta palabra amarga: Y cuando yo vuelva, ¿pensáis que encontraré fe en la tierra?

Es muy posible que el fin de las cosas esté todavía muy lejos. Nosotros entramos en el Tercer Milenio y a lo mejor faltan bastantes milenios para el fin. Dios no tiene prisa y lo que le interesa es llenar bien las salas del festín. Pero, pensando así, no podemos sacar malas consecuencias. Porque Jesucristo debe ser conocido, amado y vivido, a fin de que todos los hombres alcancen la salvación. Como, por gracia suya, lo conocemos y amamos nosotros. ¡Que todos tengan esa misma dicha nuestra!

Si en el último día merecemos que sobre nuestro pecho descanse el Crucifijo o reposen los Evangelios, porque Jesucristo ha llenado nuestra vida entera, ¿qué nos quedará para después sino estar con Jesucristo, para que sea Él nuestro propio y eterno galardón?…

La Pasión de Cristo
Una Ciudad eterna