Jesucristo

El Nombre de Jesús

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Si queremos hablar hoy del Nombre de Jesús, empezamos por una pregunta muy simple: ¿Qué es eso del “nombre”?

Nombre es la palabra que damos a una persona o cosa para distinguirla de las demás. Si decimos Roberto, nadie piensa en Bolívar el Libertador. Si digo café, a nadie se le ocurre imaginarse un banano… Hablando de personas, cada una tiene el nombre que la individualiza. Veremos cuánta importancia va a tener esto en el Nombre del Hijo de Dios que se hace hombre.

Ha de llamarse de tal manera, que se distinga de todos.

Ha de llamarse de tal manera, que su nombre indique lo que Él es.

Ha de llamarse de tal manera, que el nombre manifieste claramente su misión.

Por eso se adelanta Dios y le indica a María, y después a José, el nombre que han de imponer al niño que viene.

A María le dice:

  • María, vas a concebir y dar a luz un hijo, y le llamarás Jesús. A José le habla con la misma precisión y de manera inequívoca:
  • José, acepta a María tu esposa. El hijo que lleva en el seno viene del Espíritu Santo, y tú le pondrás por nombre Jesús.

A José, que, como padre legal, debía imponer el nombre al hijo, le da el ángel la razón del nombre:

  • Porque él va a salvar de sus pecados al pueblo.

Es decir, se llamará Jesús porque va a ser El Salvador, ya que Jesús en hebreo significa: Dios que salva.

¡Con qué gusto podríamos explayarnos ahora en hablar del Nombre de JESUS, dejándonos llevar del corazón!

Nos gustaría decirle como una  bonita canción:  ¡Jesús, Jesús, Jesús, sé para mí Jesús!…

Pero, ya llegará día en que hablemos así de Jesús, con devoción muy sentida.

Hoy lo vamos a hacer de otra manera. Hoy vamos a hablar del Nombre de JESUS haciendo pensar a la cabeza —digamos— para entender la riqueza que encierra este Nombre bendito tal como nos lo descubre la Biblia.

Puesto que Dios le puso el nombre, Dios sabía lo que se decía, y a nosotros nos toca discurrir con la Palabra de Dios en la mano.

Dios se reveló a Sí mismo como Salvador. Esto, en un doble sentido.

Primero, salva a Israel de la esclavitud de Egipto, de la casa de la servidumbre, según expresión de la Biblia. Viene a decirles Dios:

– ¡Venga, afuera, que sois un pueblo libre!…

Segundo, lo libra de la esclavitud del pecado, como dice repetidamente también la Biblia. El pecado es ofensa de Dios y una esclavitud que nos sujeta a Satanás y a su misma condenación. ¿Quién es capaz de perdonar el pecado? Sólo Dios, que es el ofendido. ¿Quién nos puede librar del poder de Satanás? Sólo Dios, que es más fuerte que el demonio. ¿Quién nos puede sacar del infierno en que nos habíamos precipitado? Sólo Dios, el que está en el Cielo.

Cuando ahora quiere Dios salvar al mundo, hundido en una condenación sin remedio a no ser que el mismo Dios intervenga, ¿cómo lo va a hacer? Lo confesamos mil veces en el Credo:

– Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación, bajó del Cielo.

Dios nos salva, nos salva Él mismo, haciéndose hombre, un hombre en todo como nosotros.

Dios se mete en este Hombre, tomándolo de tal manera que Dios y este Hombre serán una sola persona: Dios se ha hecho hombre, y el hombre ha llegado a ser Dios.

Por medio de María, una mujer hermana nuestra, le hemos dado a Dios nuestra naturaleza pecadora, y Dios nos ha dado en cambio su naturaleza divina, santísima, salvadora. ¡Dios, hecho Hombre, es el Salvador! Por eso se llama JESUS, Dios que salva.

¡Qué maravilla la del Nombre de Jesús!

¡Qué suerte que Dios mismo le puso el nombre que tiene!

María, su Madre, y José, sabedores de lo que significaba este Nombre, lo debían pronunciar con un cariño, con una ternura, con un respeto, con una ilusión sin igual. ¡Hay que ver con qué acento dirían JESUS!…

Los apóstoles, conocedores de todo el misterio, lo proclamaban con un orgullo sin igual, triunfante, entusiasta, para infundirnos toda la confianza. Y así les oímos decir:

  • Quien invoque el nombre del Señor se salvará.
  • ¡Bautizaos en el nombre de Jesús, para que se os perdonen lo pecados!
  • Jefes del pueblo, sabed que no hay otro nombre bajo el cielo con el podamos salvarnos.
  • ¡Tiene un nombre que está sobre todo nombre!
  • ¡Que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo!…

Este Nombre tan bello no se nos cae de los labios. Y seremos dichosos si la última palabra que pronunciemos, dando un beso al crucifijo, es ésta: ¡JESUS! ¡Dios Salvador! ¡Sálvame! ¡Vaya que si estaremos salvos!…

Primer Domingo de Adviento A - Mateo 24, 37-44
Filiación y hermandad