Familia

¡No matemos al niño!

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Es doloroso constatar la verdad que el Papa Juan Pablo II calificó acertadamente como cultura de la muerte, en oposición a la cultura de la vida querida por Dios, el Creador y fuente de toda vida.

Y lo peor es que la muerte violenta se aplica ante todo a los seres más inocentes e indefensos, como son los niños.

Pero la cultura de la vida tiene también, gracias a Dios, defensores muy valientes. Los que tenemos conciencia cristiana, no estaremos jamás con la cultura de la muerte, sino con la de la vida, con la del Creador, con la del Redentor, con la defendida tan tenazmente por la Iglesia.

Quiero comenzar hoy leyendo la relación de la muerte de una niña, descrita por un testigo presencial. Nos cuenta lo que le tocó vivir en una de nuestras ciudades centroamericanas:

  • Han pasado ya bastantes años y aún recuerdo con pena y emoción el lamento de aquel norteamericano, que había venido de turista a nuestras tierras:

– ¡Sí; pero he matado a un niño!.

¿Qué había ocurrido? Nada, que un grupo de niños escolares pequeños bajaba del bus en pleno mediodía, y una chiquita, en vez de dar la vuelta por detrás del transporte, la dio por delante precipitada y distraída. Entonces un auto, que venía por su vía rectamente, la atropelló y la dejó tendida en el suelo. El ruido y el tumulto me hizo salir al instante de mi casa vecina, y pude comprobar todo en el mismo lugar del suceso. El buen yanqui, venido a nuestras tierras, estaba inconsolable. Le aseguraba yo que nada le pasaría, pues éramos varios los testigos que podíamos declarar su inocencia. Pero él, se-guía repitiendo inconsolable:

– ¡Sí; pero yo he matado a un niño!…

Dios bendiga al bueno de aquel hombrón, al que, gracias a Dios, nada le pasó ante nuestra policía, que comprobó allí mismo toda la verdad del hecho.

Hasta aquí, el testigo. A nosotros, un caso como éste nos lleva a pensar en la tragedia que contemplamos cada día: la muerte de tanto niño inocente. Y el niño muere de muchas maneras.

La primera manera de matar al niño es cuando no se le deja nacer. Aquí se atenta ala vida en su misma fuente, a la que se le ciega de modo que de ella ya no pueda brotar más el agua.

Si no estamos convencidos de que el aborto intencionado es un crimen verdadero, porque es el asesinato de una persona indefensa, no gritaremos contra él; se irá extendiendo la idea del aborto más y más; todos nos iremos familiarizando con esa idea tan falsa y desacertada, y el aborto se convertirá en una práctica corriente dentro de nuestra sociedad.

El mundo se conmovió, y gritó, y protestó, aunque no consiguió nada, cuando aquella masacre colectiva de miles de embriones en las clínicas inglesas, porque había pasado el plazo legal de supervivencia que les concedía la ley (1 Julio 1996, 4.300 embriones eliminados en Inglaterra)

La segunda manera de matar al niño es cuando la sociedad no hace nada por cuidar de los niños que quedan más abandonados que nadie, porque sus padres no pueden responder de ellos.

Como un ejemplo nada más, traemos una estadística ya vieja, pero que todos recordamos también vivamente.

Acabada la Guerra del Golfo, a los tres meses habían muerto ya más de cincuenta y cinco mil niños, y se preveía que llegarían las muertes a ciento setenta y cinco mil, debido a las pésimas condiciones de los campamentos de refugiados (La Prensa, Panamá, 23-Mayo-1991)

Con los medios modernos que tenemos a nuestra disposición para ayudar en ocasiones como ésta, ese permitir que mueran así los niños como consecuencia de una guerra sin sentido, viene a ser un asesinato colectivo de los seres más inocentes.

La tercera manera se nos presenta cuando la sociedad deja morir a los niñosmoralmente, es decir, que los mata en sus almas al permitir y hasta fomentar prácticas que les hacen perder muy prematuramente la inocencia, imposible de ser recuperada después.

¿Nada tiene que decir aquí la escuela? ¿Nada la televisión? ¿Nada muchos escritos destinados a niños? ¿Nada muchos espectáculos y diversiones a los que los niños acuden libremente?…

La amenaza de Jesucristo —¡Ay del mundo por sus escándalos!— no ha perdido nada de su vigor, y debería hacer pensar y temblar a los responsables de tanto mal en las almas inocentes de la niñez.

Está claro que una denuncia semejante no va contra un auditorio como el nuestro. Nuestra audiencia piensa, gracias a Dios, de manera muy diferente a como piensan los responsables de esas prácticas, de las cuales habrán de responder ante el que dijo: – No matarás.

Nosotros, al recordar estos hechos, no pretendemos más que mantenernos fieles a los dictámenes de la ley de Dios y a los gritos de la Iglesia, que clama en defensa de esas criaturitas, tan queridas del Señor.

La llamada de Jesucristo en el Evangelio —¡Dejad que los niños vengan a mí!—, siempre tiene eco en nuestras almas.

Porque amamos a Jesucristo, distinguimos a los seres más queridos de su Corazón. Al tener corazón, sentimos pena al escuchar a un hombre noble: -¡Sí, pero he matado a un niño!

Nosotros,  no  queremos  matar  a  un  niño  ni  involuntariamente,  y  le  decimos  a Jesucristo:

  • Tú, Señor, decías que dejásemos ir los niños a ti. Por nuestra parte, no tengas miedo: que ninguno se escapará de entre tus brazos…
Alma de Cristo