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Una vez más que hablamos de la mujer en nuestros mensajes de manera especial, es decir, dedicándole el mensaje entero a ella, a la mujer. Todo, porque tenemos a la mujer en un concepto muy alto. Porque la amamos. Porque estamos convencidos de que la mujer tiene una misión muy grande que cumplir en la sociedad y en la Iglesia según todos los planes de Dios.

La mujer está de moda hoy en todos los medios de comunicación social. Se habla de ella de mil maneras. Se grita contra los que la explotan. Se la usa como el cebo mejor para la propaganda. Se la ensalza porque se le quiere. Todos suspiran por una liberación total y definitiva de la mujer en la vida bajo todos sus aspectos, lo mismo familiar que social o político.

Nosotros, como siempre, miramos a la mujer bajo la óptica de Dios y la verdad del Evangelio.

Si pensamos en la mujer, pensamos ciertamente en la criatura más bella y delicada que ha salido de la mano del Creador. Por eso nos preguntamos, al pensar ya en la mujer de nuestros países:

  • ¿Cómo es, cómo debe ser, cómo queremos que sea la mujer latinoamericana?…

Y la respuesta la tenemos a flor de labios:

  • ¿Cómo la queremos? La mejor del mundo. Porque la mujer es un regalo muy grande de Dios. Y si la mujer es buena, ese regalo de la Naturaleza y de Dios no tiene precio.

Hoy se habla de la mujer hasta la saciedad. Antes, se disfrutaba a la mujer, como ha sucedido siempre. Pero no se hablaba de ella. Ahora es un tema de cada día en escritos, en medios de comunicación, en la predicación de la Iglesia, en toda actividad social.

Y se hace con fines muy diversos.

Para disfrutarla, como siempre.

Para cantarla, como lo ha hecho siempre también la poesía y el arte.

Para defenderla, porque no la queremos ofendida.

Para promoverla, porque la queremos dignificar.

Para elevarla, porque la queremos igual que el varón en todos los derechos de la persona humana, ya que asume también todas las obligaciones del hombre.

Cuando se hojea y se examina el Documento de Santo Domingo, por el que se rige, junto con el de Puebla, nuestra Iglesia en Latinoamérica, se ve en seguida el amor de nuestros Pastores a la mujer, al fin y al cabo el mismo amor con que la distingue Jesucristo.

La Iglesia reconoce que, como María, nuestra mujer es, en frase del Papa Juan Pablo II, el ángel custodio del alma cristiana del continente. Porque nuestras mujeres han sido

  • evangelizadoras eficaces como esposas, madres, religiosas, trabajadoras, campesinas, profesionales;
  • fuertes para dar la vida y valientes en el dolor;
  • resistentes y con esperanza cuando la vida está amenazada;
  • buscadoras de nuevos caminos como compañeras activas, libres y animadoras de la sociedad.

Total, que ante estas realidades reconocidas por la Iglesia, vemos que nuestra mujer es una estampa fiel de aquella Mujer única de Nazaret, que supo dar su Hijo Jesucristo al mundo, formarlo como hombre, acompañarlo decidida hasta la cruz, y participando después, como corazón de los apóstoles de Jesús, en las preocupaciones igual que en las alegrías de la Iglesia.

Esto significa que reconocemos la dignidad de la mujer, en todo igual a la del hom-bre, sin ninguna distinción que la disminuya un solo milímetro. Si desempeña funciones diferentes, conforme a su propia naturaleza y modo de ser, esto no significa mengua alguna en su dignidad de persona.

Nadie lo ha expresado como Pablo, cuando dice con energía que ya no hay distinción de varón y mujer, sino que todos son UNO en Cristo.

Nuestros Obispos nos ponen delante la figura de María, liberada y liberadora, como ejemplar de la mujer latinoamericana que aspira a la promoción integral que le es debida.

Jesucristo, al nacer de mujer, eleva a la mujer a la altura máxima a que puede llegar, como es la Maternidad divina. María, entonces, asume el papel de protagonista en la realización de la salvación al llevar hasta lo último su cooperación con Cristo.

Además, Jesucristo en su vida y con el trato que dispensa a la samaritana, a la pecadora, a la adúltera, a María de Magdala y a las dos entrañables amigas de Betania, se muestra un verdadero revolucionario de su tiempo dentro del pueblo judío, cuando la mujer no contaba para nada en la sociedad oriental, si no era como servidora del hombre a cuya disposición estaba de un modo absoluto, sin concesiones a la libertad debida a una persona.

Ignorar el papel que la mujer puede y debe desempeñar en la vida familiar, social, política y religiosa puede constituir para el mundo casi un suicidio.

Por eso, no queremos a la mujer esclava de nada ni de nadie: ni de la prostitución, ni del aborto, ni de la esterilización, ni del anuncio comercial degradante a que la somete un mundo irresponsable.

Por eso también, a nuestra mujer latinoamericana la queremos consciente de sus derechos, libre dentro de sus funciones específicas, y con igualdad de oportunidades que el hombre.

¡Mujer! ¡Bella y buena mujer de nuestros países latinoamericanos! Al decirte que te miramos y te queremos como María, no podemos decirte ni quererte más. ¿Te parece poco?…

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