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Cuando queremos ayudar a la familia en la consecución de los fines que le ha señalado el Creador solemos proponer muchos medios. Todos son buenos, todo son óptimos, todos son muy apropiados. Llevados a la práctica, la vida del hogar se convertiría en un paraíso. El amor se viviría en toda su intensidad. La unión sería irrompible. La infidelidad entre los esposos no se daría nunca. Y la armonía entre todos los miembros de la familia sería ejemplar.

Pero, entre tantos medios indicados por nuestro celo, ¿no habrá alguno que se lleve la primacía por su eficacia?…

En una Asamblea del Movimiento Familiar Cristiano, el Monseñor que presidía las sesiones de estudio tuvo la ocurrencia de preguntar:

  • De entre los Mandamientos de la Ley de Dios, ¿cuál creen ustedes que es el mandamiento de la familia? Así, el de la familia concretamente.

Extrañeza en todos. Murmullos en la sala. Discusiones. Hasta que aparecieron algunas opiniones.

  • El Cuarto. Es evidente. Eso de honrar padre y madre abarca todas las relaciones familiares.

No todos estaban acordes. Otro tuvo una opinión distinta:

  • El Sexto. Porque, si se mantiene en la familia el amor y la fidelidad, todo está asegurado. El no fornicarás, no adulterarás, es un seguro total de la vida familiar.

Cierto. Pero no convenció mucho. Vino otro, que extrañó a todos con su respuesta:

  • Disiento de los anteriores. El primer Mandamiento de la Familia es el Tercero: Santifica las fiestas. Guarda el domingo. Al menos, así lo pienso yo.

Desconcierto en toda la asamblea. Risas incluso. Pero el Presidente, un Monseñor muy listo, intuyó por dónde iba a ir el razonamiento, y le invitó a explanar su proposición:

  • Diga, diga. Explíquese.

Y el partidario del domingo habló con claridad:

  • Sí; porque el fallo está en la falta de convivencia, de diálogo, de expansión, de cariño entre todos los miembros, casi imposibles hoy con el trabajo, con la vida fuera del hogar y la distracción continua.

Además, otra razón poderosa: el trabajo nos agota. No tenemos el descanso necesario. Y la inobservancia del domingo nos impide recobrar las fuerzas disminuidas durante la semana.

Por fin, estamos lamentando todos el alejamiento de Dios en nuestra sociedad. Esta falta de religiosidad y de piedad tiene repercusiones muy negativas en la familia. O volvemos a Dios con decisión y generosidad, o pagaremos las consecuencias, especialmente en los hijos. El domingo, con la Misa y alguna oración de más, es el remedio adecuado.

Expongo  humildemente  mi  opinión:  el  primer  Mandamiento  de  la  Familia es Santificar las fiestas.

El aplauso intenso, que rubricó la intervención de aquel católico recio, demostraba cómo su explicación había convencido a todos, y dio pie a que el Presidente de la reunión explanase todavía más una argumentación que resultaba irrebatible.

No creo que ninguno de nosotros pueda fácilmente contradecirle, pues le sobra razón. Por eso, nos bastarán unas simples insinuaciones.

Por una parte, las condiciones laborales modernas, y por otra parte las exigencias del estudio en los niños y los jóvenes, hacen que la convivencia familiar entre semana se haya vuelto cada vez más difícil. Y no por capricho, sino por necesidad.

Viene, además, el problema de la distracción que la televisión ha metido en el hogar. Hay programas que se vuelven sagrados. ¿Qué espacio se reserva entonces para la comunicación afectiva, cariñosa, entre los miembros de la familia?

El amor va a ser la primera víctima de semejante desconcierto, necesario unas veces, caprichoso otras muchas, pero siempre fatal.

El domingo sería la ocasión de distraerse de tanta distracción, y de intensificar el trato cordial de todos los componentes de la familia.

El descanso tiene también mucha importancia. Como falle la salud en algunos de la familia, vendrán consecuencias muy graves. Y hoy no se descansa el domingo. Se toman actividades que no ofrecen ningún relax —perdón por la palabra exótica—, al contrario, intensifican el cansancio. Por ejemplo, ciertos deportes exigen un desgaste exagerado, y al día siguiente hay que proseguir con el trabajo… Entonces, el tradicional descanso dominical se convierte para todos en un imperativo.

Finalmente, la Misa, el Culto, no es un capricho impuesto por la Iglesia.

Si no queremos olvidarnos de Dios, hemos de ser fieles al mismo Dios con la escucha de la Palabra, la Oración y los Sacramentos, practicado todo a la vez en la celebración de la Eucaristía.

La paganización de la familia empieza siempre con el abandono de la Misa dominical. Mientras que la asistencia fiel a la Misa, garantiza la conservación de la fe y de la presencia de Dios en el hogar y en cada uno de sus miembros.

El domingo, clave para la felicidad del hogar. El domingo, vigorizador de la salud física, social, moral y religiosa de la familia. El Tercer Mandamiento de la Ley de Dios, siendo Tercero, tiene categoría de primera clase…

Los hijos adolescentes
Su nombre: María