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Celebramos hoy en la Iglesia la fiesta de la Transfiguración de Jesucristo, la del Divino Salvador, como se le llama en algunas partes, y que la tienen incluso como fiestapatronal. Para todos es fiesta de esperanza, de alegría, de victoria.

No hay en todo el Evangelio una escena tan deslumbrante de Jesús como aquella del Tabor.

No nos cansamos de contemplarla, de meditarla, y, ¡ojalá!, de vivirla. Porque, ¡hay que ver la esperanza, la ilusión y el optimismo que dará a nuestra vida!

Caía la tarde. Jesús deja al pie de la montaña al grupo, y se sube solamente con tres discípulos: Pedro, Santiago y Juan.

Ya en la cumbre, desde la que se domina toda la Galilea, mientras el sol empieza a esconderse y la oscuridad se echa encima, los tres compañeros se entregan al sueño, pero Jesús se va a pasar la noche en oración. Habla y habla con su Padre. Tranquilo, sin prisas. No tiene más testigos que las estrellas del cielo inmenso.

Al despuntar el alba, se espabilan los tres discípulos, y comienzan a gritarse uno a otro:

  • Oye, Pedro, pero, ¿qué es esto?… ¡Mira, mira, Juan!… Santiago, ¿pero, te das cuenta?…

No salen de su asombro.

Jesús, en el aire, resplandeciendo más que el sol. Sus vestidos se han vuelto deslumbrantes, con una blancura cegadora.

La montaña entera, las rocas, los árboles, destellan chispas, reflejo de la luz que les viene de lo alto.

Moisés y Elías, procedentes del cielo, se van acercando a Jesús, con quien comienzan a dialogar.

  • Sí, Señor. El Padre, que nos envía, nos encarga que te hablemos claro: sube a Jerusalén, sin miedo a la muerte espantosa que te espera. Mira la gloria que seguirá, la misma que ahora te envuelve, y mucho mayor. Porque después de tu muerte, resucitarás… ¡Adelante! ¡Sin miedos!…

Los tres discípulos se vuelven locos de felicidad. Y Pedro rompe a gritos:

  • ¡Qué bien que se está aquí, Señor! Mira, vamos a hacer tres tiendas de campaña, una para ti, otra para Moisés, otra para Elías, ¡y de nosotros, no te preocupes!…

Sigue diciendo desatinos, cuando una nube viene a envolverlo todo. Es Dios, que por ella revela su presencia, al mismo tiempo que oculta su gloria. Y se oye la voz potente del Padre:

  • ¡Este es mi Hijo amado, en quien tengo todas mis delicias! ¡Escuchadlo!

Los discípulos quedan espantados, cara en tierra, hasta que se les acerca Jesús, sonriente:

  • ¡Venga! No tengáis miedo. Todo ha pasado. No contéis a nadie esta visión, hasta que yo haya resucitado de entre los muertos.

No la contaron por entonces. Pero, después de resucitar Jesús, no se les caía de los labios la narración de un acontecimiento como el que habían presenciado…

¿Dónde está la fuerza de este hecho tan singular?

No tiene otra explicación que la bondad inagotable e inmensa de Dios.

Las condiciones de la vida son muy duras, desde que allá en el paraíso echó el demonio a perder nuestra felicidad.

El miedo al dolor nos atenaza.

La muerte, no nos gustará jamás.

Nos resulta muy pesado el abrazarnos ahora con el mensaje de Jesús, que nos invita a llevar nuestra cruz, como llevó Él la suya hasta el Calvario…

Y Dios, ¡tan bueno!, nos viene a decir a todos:

– ¡Animo, y no temáis! Mirad lo que os espera después de la lucha.

Esto se lo dice Dios, ante todo, al mismo Jesús.

Se acerca la pasión, con una muerte horrorosa. Y Jesús se asusta. Tiene miedo. Llegará a sudar sangre en el Huerto, cuando ya vea la cosa encima. Pero, al recordar este momento del Tabor, cobrará unos ánimos que va a necesitar de veras.

Se lo dice Dios también a los apóstoles, a esos mismos tres que verán la agonía del Maestro en Getsemaní, para que no se escandalicen al llegar aquella noche trágica.

Nos lo dice especialmente a nosotros.

Y nos lo dice porque nos cuestan las asperezas de la vida. Porque nos cansa y nos aburre el trabajo. Porque no podemos con el dolor. Porque se nos hace cuesta arriba la virtud cristiana, nuestra cruz de cada día. Y la muerte, que vislumbramos en el final de todo, es un paso que a nadie le gusta dar…

La esperanza nos es necesaria del todo. Y esta visión del Tabor no tiene otra intención en la mente de Dios que darnos fuerzas en todas las pruebas que puedan venirnos encima. Por eso las almas fuertes miran con tanta pasión hacia el Cielo prometido.

¿Qué nos ocurre si tenemos fe?

Nuestra vida entera está iluminada, como el Tabor en aquel amanecer.

No hay lugar para el cansancio. No hay lugar para el pesimismo.

Porque vamos cantando nuestra esperanza con un ¡Aleluya! victorioso, que nos hace repetir aquella letra, bastante pasada ya de moda, pero muy significativa: Amigos de Jesucristo, ¡adelante, sin parar! ¡Adelante! La victoria, en nuestras manos está!…

Asunción de María, 15 de Agosto
San Pedro y San Pablo, 29 de Junio