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Una letra preciosa le canta a Jesucristo:

  • Esplendor de la gloria del Padre, que de luz creas luz; eres fuente de luz, eres día que alumbras el día, eres Sol verdadero que brilla con eterno fulgor. ¡Gloria a ti, luz de luz, Jesucristo! ¡Eres digno por siempre de amor!

Es lo mismo que repiten jubilosas las asambleas cristianas cada domingo a través de los siglos:

  • Creo en Jesucristo…, nacido del Padre antes de todos los siglos. Luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero. Engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho.

San Pablo proclama a todos los vientos en la carta a los Colosenses:

  • Jesucristo es imagen del Dios invisible, engendrado antes que toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles. Todo ha sido creado por él y para él, y todo se mantiene en él.

Todo esto que nuestros cantos, la fe de la Iglesia y el himno de esa carta apostólica nos dicen entusiasmados, lo leemos con pasmo en el Evangelio de hoy, el primer capítulo de Juan, la página más profunda salida de pluma humana, guiada por el Espíritu de Dios.

La primera línea de la Biblia, en el Génesis, se remonta al principio del mundo, y nos dice:

– En el principio creó Dios el Cielo y la tierra.

Juan, más atrevido, se eleva al principio sin principio de Dios:

  • En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Todo fue hecho por El, y sin El no se creó nada de cuanto existe. En El estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Sigue el Evangelio con acentos sublimes.

Pero nosotros, sin salir de nuestro asombro, no queremos comentar aquí esa página que escuchamos en la Misa de este domingo.

Hoy, preferimos orar.

Queremos clavar nuestros ojos en esa Luz deslumbrante. Preferimos extasiarnos en la contemplación del Hijo eterno de Dios. Intentaremos suspirar por lo que será nuestro embeleso por siglos sin fin…

Pausadamente, lentamente, ponderativamente, poniendo todo el peso de nuestro amor en cada palabra, nos atrevemos a decir:

* ¡Jesucristo! ¡Nuestro querido Señor Jesucristo!

Te vemos hombre, y eres Dios. Antes de que nacieras de la Virgen María como uno de nosotros, ya existías, pues tenías encima toda una eternidad.

Ya eras el Hijo que a Dios Padre le embriagaba de felicidad divina. El Espíritu Santo os estrechaba a los dos, Padre e Hijo, en un abrazo de amor que desborda todo nuestro entender e imaginar.

Sabiduría y Palabra de Dios, Tú ideaste el Universo y, a impulsos del Espíritu, el primer Amor, pusiste en labios del Padre la orden omnipotente: ¡Hágase! Y todo fue creado.

Los espacios infinitos se poblaron de estrellas incontables.

Millones de millones de Angeles contemplaban atónitos la creación salida por Ti de las manos de Dios Padre Todopoderoso.

Y el Padre, que realizaba tanta maravilla, soñaba…, soñaba… Y te veía a Ti, su Hijo, coronando esa creación, en medio de la cual Tú aparecerías un día para tributarle como Hombre, como una criatura más, a impulsos del Espíritu, todo honor y toda gloria…

Eras y eres la Vida, y todo lo que vive, vive por Ti.

Y para que nuestra vida no fuera sólo una vida natural, Tú descendiste del Cielo. Te encerraste en el seno de María. Aceptaste la naturaleza humana que Ella te dio en nombre nuestro, y entonces Tú nos diste a cambio tu vida divina.

Desde aquel momento dichoso, Tú eres Hombre como nosotros. Has echado tu tienda en medio de nuestro campamento.

Pero Tú, como si nos debieras una recompensa, con una generosidad que sólo puede idear un cerebro divino y salir de un Corazón divino también, nos has hecho a cada uno de tus hermanos Dios por participación, y has clavado ya en el Cielo nuestra morada eterna.

En Ti, Hijo de Dios, somos hijos de Dios.

En Ti, Palabra de Dios, somos también nosotros palabra que proclama las maravillas de Dios.

En Ti, Luz de Dios, somos nosotros luz que prendes en el mundo para que el mundo vea.

En Ti, Vida de Dios, tenemos nosotros la vida divina, que Tú alimentas con tu propia Carne, el Pan de los hijos, maná y viático en nuestro caminar hacia la Patria soñada.

Los hijos de Dios no nacemos ni de carne ni de sangre ni de ilusiones y deseos humanos.

Por Ti, nacemos sólo de Dios.

Por Ti, estamos en el regazo de Dios con intimidad divina.

Por Ti, nuestra vida está escondida en Dios, como lo está la tuya desde antes de la creación del mundo y lo estará para siempre, para siempre…

Epifanía del Señor - Mateo 2,1-12.
Maternidad Divina de María, 1 Enero. - L. 2,16-21