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Si miramos el mar inmenso, ¿qué adivinamos detrás de aquella cinta azul que se pierde en la lejanía?… Si miramos el cielo en la noche callada, ¿cuándo llegamos al final de aquella infinidad de estrellas?…

Al mirar el mar o contemplar el cielo, nos quedamos extasiados, nos rendimos ante la imposibilidad de contemplar con nuestros ojos el término de aquellas inmensidades, y dejamos a la imaginación que siga en la búsqueda de lo que para nosotros no tiene fin.

Esto es un pálido reflejo de lo que nos acontece ante el misterio de la Santísima Trinidad, la verdad más profunda que Dios nos ha revelado de Sí mismo, a saber:

  • Que es UN Dios, UNO sólo; – que tiene TRES Personas, cada una de las cuales es Dios, pero no son tres dioses, – sino que es UN SOLO Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

¿Que no entendemos esto? ¡Claro que no! Si lo comprendiéramos, Dios sería tan pequeñito como nuestro entendimiento o nosotros seríamos tan grandes como Dios.

Pero esto tan ininteligible es también nuestro anhelo supremo:

  • ¡Yo sé, mi Dios, que Tú eres así! ¡Yo te quiero ver tal como eres Tú! ¡Yo te busco, sabiendo que Tú estás delante de mí, como un misterio, pero presente y llenando todo mi ser! ¡Yo quiero tu misma gloria, esa gloria que a ti te hace infinita y eternamente feliz!…

Los filósofos y los teólogos nos dictaban muchas unas lecciones sobre Dios muy profundas, pero de muy poco provecho en realidad. Nos decían siempre que Dios es todopoderoso, sapientísimo, eterno, y no sabemos cuantos atributos más nos dictaban uno tras otro… Todo eso es verdad. Todo eso nos asombra. Todo eso lo creemos y lo confesamos.

Pero preferimos que nos digan esto de hoy: lo que es la vida íntima de Dios, aunque no la comprendamos; y que nos digan sobre todo que ese Dios Uno y Trino es nuestro Padre, un Padre que nos ama y que nos quiere meter en lo más hondo de su vida divina.

Nada como el misterio de la Santísima Trinidad nos revela lo que es la vida cristiana y lo que será el término final de nuestra vocación.

Es un venir de ese Dios que nos crea a su imagen y semejanza, y nos elige desde toda la eternidad para ser santos e inmaculados en su presencia.

Es un vernos hijos del Padre en su Hijo Jesús, el Primogénito entre una multitud inmensa de hermanos.

Es un sentirnos absorbidos por el Amor infinito de Dios, el Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones para hacernos morada de la Divinidad.

Es un formar entre todos nosotros la familia de Dios, que nos quiere unidos como hermanos dentro de su Iglesia, con una unión y un amor igual al que se tienen las Tres Divinas Personas en el seno de su Trinidad Santísima.

Es un ser llamados a participar un día y para siempre de la misma felicidad que goza ¡todo un Dios!…

Todo esto lo tenemos, lo vivimos y lo disfrutamos ya ahora en fe. Mañana será en gloria. Lo ha expresado como nadie Teresa de Lisieux, la joven y santa Doctora de la Iglesia, cuando nos dice: No comprendo bien lo que se me dará después de mi muerte que no posea ya ahora… Veré a Dios, es verdad; pero en cuanto a estar unida con Él, ya lo estoy enteramente en la tierra.

Esta es la vida de la Santísima Trinidad en nosotros. Como una aspiradora, nos ha metido dentro de Sí, estamos metidos en ella, absorbidos por su amor y su gracia, y no falta sino que esta realidad se convierta en gloria después de la muerte.

Entonces, ¿dónde está la verdad y el valor de nuestra vida? Está sólo en buscar a ese Dios que así se nos ha revelado. Mejor dicho, no está en buscar a Dios, pues ya lo tenemos, sino en avivar la conciencia de lo que llevamos dentro, de lo que nos ha hecho Dios, de lo que somos, y de lo que vamos ser un día cuando nos veamos transformados en su gloria.

¡Cuánto que vale la vida, cuando la llena Dios! ¡Cuánto que se ama a los hermanos y se trabaja por ellos, cuando nos vemos unidos todos, como vemos unidas en Dios a las Tres Divinas Personas!

¡Cómo se pasa por este mundo, disfrutándolo conforme al querer de Dios, pero sin apegarse demasiado a él, sabiendo que un día u otro termina! Y nadie es tan tonto que, por las cosas temporales quiera perder las eternas…, la vida divina que llevamos dentro y la gloria futura que esperamos.

Esta es la única verdad, la que hoy nos enseña el Espíritu Santo prometido por Jesús.

El Espíritu que nos lleva a Jesús, para que Jesús, nuestro Mediador, nos lleve al Padre.

¡Padre Eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro Celestial!

¡Hijo de Dios, Cristo Jesús, Señor!

¡Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo, y huésped de mi corazón! Yo te adoro, Trinidad Santísima, que por tu gracia habitas en mi alma.

Trinidad Santísima, que por tu gracia habitas en mi alma, haz que te ame siempre más.

Trinidad Santísima, que por tu gracia habitas en mi alma, santifícame más y más. Trinidad Santísima, que por tu gracia habitas en mi alma, sé Tú mi verdadero gozo aquí en la tierra, como vas a ser mi felicidad y mi alegría y mi gloria allá en el Cielo…

El Corpus Christi C - Lucas 9,11-17
Pentecostés C - Juan 7,37-39; 16,26; 20,22