Por favorinicia sesiónoregístrate to do it.

La fiesta de San José coloca hoy ante nuestros ojos al hombre más privilegiado que ha existido.

Al poner Dios bajo su custodia los primeros misterios de la salvación, Jesús y María, le hacía el mayor acto de confianza que jamás ha depositado en nadie.

Dios, que da la gracia a cada uno según la misión que le confía, hizo de José un hombre que reflejaba en todo de la manera más cabal, más perfecta, más dichosa, la paternidad de Dios.

Cuando Dios se le aparece para comunicarle el misterio de María encinta, venía a decirle:

  • Mira, José. Acepta sin miedo el cargo que yo te confío. Esposo de María, estás angustiado porque no entiendes lo que ves en ella. La criatura que viene es obra del Espíritu Santo. Yo soy el único Padre de ese Niño a quien tú llamarás Jesús. Pero tu, tú, José, vas a hacer con él las veces mías. Ese Jesús, el Salvador, te llamará a ti ¡papá!, y como padre suyo pasarás a los ojos de los hombres. A María, su Madre, y esposa tuya verdadera, guárdala como propiedad del Espíritu Santo. ¡No temas, que vas a poder con todo! Yo sé de quién me fío, y sé en qué manos pongo lo mejor que tengo, mi Hijo y María, su bendita Madre

Así, así debió mirar José en lo íntimo de su corazón el misterio que Dios le comunicaba.

El Evangelio se contenta con decir que José era un hombre justo, santo, bueno de verdad.

¿Qué podemos decir de San José? En las apretadas referencias del Evangelio, adivinamos mundos de maravillas, insinuadas y clarísimas en la Palabra de Dios.

José es, ante todo, el hombre que pone a disposición de Dios su persona, su libertad, sus aspiraciones más legítimas, para realizar los planes de salvación trazados por Dios.

En sólo una frase del Evangelio se descubre todo un mundo:

– José,  el esposo de María, de la cual nació Jesús el Cristo.

Aún no habían convivido juntos, pero José es ya el esposo verdadero de María cuando acontece la encarnación del Hijo de Dios.

Y Dios no le hace renunciar al amor de su esposa y abandonarla. Al revés, le dice con amor divino:

– No temas quedarte con María tu esposa.

Con María, los dos se van amar con un amor entrañable, singularísimo, virginal. El Hijo de Dios que viene va a ser el único Hijo que se acepta en este matrimonio tan humano y tan celestial. José y María serán los dos primeros que con semejante decisión consagrarán su amor a Cristo en exclusiva.

En el caso de Jesús hallado en el Templo, María le dice al Niño:

  • Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.

“¡Tu padre!”. ¡Qué expresión ésta en labios de María!

Estas palabras —dichas por la Virgen y repetidas con normalidad por los paisanos de

Nazaret— no le dan celos a Dios, porque Dios ha querido que sea José para Jesús como la presencia del Padre Celestial, el cual se le hace visible a su Hijo Jesús en este hombre tan singular y privilegiado.

¿Nos preguntamos por la grandeza de José, tan humilde? Nos cuesta muy poco adivinarla.

¿Esposo virginal de María, pero esposo verdadero? No hay hombre que haya llegado a esta altura.

¿Padre legal y virginal también de Jesús, el Cristo? No hay nadie ni en la Tierra ni en el Cielo con dignidad semejante.

Si no hay ni Esposa más digna, ni Hijo más noble, no hay tampoco nadie que sobrepuje a José en grandeza, en dignidad ni en santidad.

Juan el Bautista fue proclamado por Jesús como el mayor de los Profetas, porque señaló presente al Cristo entre los hombres.

Pero el mayor de los Patriarcas es José, el humilde carpintero de Nazaret, que puede llamar ¡hijo! nada menos que al Hijo de Dios…

Cuando Jesús se manifieste al mundo, el recuerdo de José estará todavía vivo entre sus paisanos, que dirán:

– ¿Pero, que este Jesús no es el hijo de José?…

José, para entonces, ha tenido una suerte también única: cuando le llega la hora, muerte en los brazos de Jesús y de María…

  • ¡Vamos, querido San José! Tu vida fue un servicio incondicional a Jesús y a la Virgen. Pero si la recompensa fue el morir en tales brazos, no debes estar ahora muy lejos del Rey de la Gloria y de la que es Reina del Cielo y de la Tierra…

Y así, no es extraño lo que se dice de ti en la Iglesia: que eres el Santo más poderoso para interceder a favor nuestro.

No es posible que Jesús no te haga caso cuando le pides algo.

Por eso, querido San José, ¿verdad que ruegas siempre por nosotros? ¿Verdad que proteges a nuestras familias, como a tu Familia de Nazaret?

¿Verdad que nos vas a enseñar en nuestra oración a hablar con Jesús y con María, como lo hacías tú en Nazaret, pues nadie ha hablado con ellos mejor que tú?

¿Verdad que nos vas a asistir en la hora de nuestra muerte?

¡Qué suerte la nuestra, si aprendemos a orar como tú y si morimos como tú! ¿Verdad que nos lo vas a conseguir, querido San José?…

Anunciación del Señor, 25 de Marzo - Lucas 1,26-38
Presentación del Señor, 2 Febrero. Lucas 2,22-40