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¿Qué pensamos nosotros de la penitencia? ¿Es algo que ha pasado a la historia? ¿Se hace o no se hace hoy penitencia en la Iglesia? Y, si queremos hacer penitencia, ¿por qué la debemos hacer?…

Son éstas unas preguntas ineludibles cuando comenzamos la Cuaresma, que se abre cada año este día con la ceremonia austera de la imposición de la ceniza. Esta ceremonia está muy arraigada en nuestros pueblos americanos. ¡Qué colas en nuestras iglesias para recibirla!

Pero, viene también la pregunta comprometedora: ¿por qué recibimos la ceniza? ¿Sabemos lo que significa? ¿Nos comprometemos a realizar lo que la Iglesia nos pide con este rito?…

¿Qué significa la ceniza?

En la Biblia, cuando una persona se echaba buenos puñados de ceniza o se revolcaba en ella, como el rey de Nínive, quería decir que estaba arrepentida del mal que había he-cho, e imploraba así la misericordia de Dios. A ello se unía el vestirse de saco áspero y de darse severamente al ayuno. Dios entonces, conmovido, se rendía ante la humildad y la penitencia de su pueblo.

Este es el espíritu con que hoy nos acercamos a este rito severo.

El sacerdote nos repite la sentencia inexorable de la Biblia a Adán pecador:

– Acuérdate que eres polvo, y que en polvo te has de convertir.

Y si has de morir, ¿por qué no haces lo único que interesa? Y lo que te interesa es esto:

– ¡Conviértete, y cree en el Evangelio!

Este es el espíritu que anima a la Iglesia en este día. El miedo del terrible ¡Morirás, irremediablemente morirás!, se convierte en confianza absoluta: ¡Jesucristo me ofrece la salvación!…

Ese volvernos a Dios con corazón sincero se lo probamos a lo largo de la Cuaresma con la penitencia, en su doble aspecto: el arrepentimiento por haber pecado y la demostración de nuestro dolor con la austeridad de vida, con la negación de muchos caprichos, con la imposición de sacrificios voluntarios, que llamamos penitencias, para satisfacer a Dios por el mal que hemos cometido.

Si el Señor se retiró durante cuarenta días a aquella montaña desértica a practicar un grave ayuno por nosotros, ¿será mucho que nosotros hagamos por Él y por nuestra salvación algo semejante durante la Cuaresma?

Esto significa dar a este Miércoles de Ceniza su verdadero sentido, como es el empezar un tiempo de renovación espiritual con la confesión de nuestras culpas y con la austeridad de nuestra vida.

Pero, volvemos a las preguntas primeras: ¿Es que se acostumbra hoy todavía el hacer penitencias? ¿Aún tenemos que guardar ayunos? ¿No están superadas esas prácticas un poco bárbaras de tiempos idos?…

Pues, no. No ha pasado de moda nada de todo eso.

Lo que ha pasado de moda son las formas o maneras de hacer penitencia.

Hoy ya no se hacen las penitencias por ley de la Iglesia, por más que la Iglesia las sigue mandando, aunque lo que nos manda sea tan moderado.

Hoy se hacen las penitencias sólo por consejo y sólo por una convicción muy metida en la conciencia.

En todas las religiones ha sido siempre normal la práctica de las purificaciones rituales y de las penitencias que acompañan a esos ritos cultuales.

¿Pueden los hijos de la Iglesia dejar de sentir eso que sienten todos los pueblos ante el Dios a quien han ofendido?… Nosotros, más que nadie, sabemos lo que significa la culpa y cómo hay que repararla.

Las personas generosas —y son muchos los generosos entre los cristianos— se las ingenian para hacer sacrificios bien duros, pero con la máxima naturalidad y hasta con elegancia, porque nadie se da cuenta de ellos o los hacen con un buen humor contagioso, que nos divierte a la vez que nos edifica.

Un amigo nos hacía gozar en grande. Fumador empedernido, su penitencia cuaresmal era no prender un cigarrillo. No se aguantaba, naturalmente. Y nos respondía con gracia cuando le ofrecíamos uno para reírnos:

  • ¡Esperad el Sábado Santo por la noche, cuando suene la primera campanada de Gloria! ¡Traedme entonces una caja de puros, que la pagarán seguidos uno tras otro!…

El importe del tabaco ya lo he entregado a Jesucristo en sus pobres, y no se lo voy a reclamar…

Y quien dice el cigarrillo, dice la telenovela, o los dulces, o una diversión, o el clásico ayuno del viernes…

Son penitencias simpáticas, modernas —vamos a llamarlas así—, que a nosotros nos ponen a ratos los nervios de punta, pero que hacen sonreír gozosamente a Jesucristo.

No, las penitencias en la Iglesia no han pasado de moda.

Penitencias que nadie nota, las cuales son perfume que sólo Dios aspira complacido. Porque el cristiano se las ingenia para que la izquierda no sepa nunca lo que hace la derecha…

Si en el mundo moderno —en nuestra propia sociedad, dentro de la cual nos movemos— no se ve más que ansia desenfrenada de placer, se nota también un espíritu de generosidad con Dios que se traduce en sacrificio, en austeridad, en vencimiento propio, en orar y en hacer penitencia por los hermanos más necesitados de la gracia, para que todos se salven, como nos queremos salvar nosotros.

La Cuaresma pone a prueba el grado de nuestra generosidad con Dios. ¿Hasta dónde subirá el termómetro?…

Primer Domingo Cuaresma C - Lucas 4,1-13
Bautismo del Señor C - Lucas 3,15-22