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Cuando llega la fiesta del Cuerpo del Señor, el Corpus Christi, estallamos en gozo indecible. ¡Cuánto que nos dice en nuestras tierras este misterio de la Eucaristía!

El Jueves Santo lo celebramos con devoción muy reverencial, porque nos hallamos ante la muerte del Señor, y vemos que el duelo se nos echa encima.

Pero este día del Corpus no lo celebramos así.

Hoy no contemplamos a Jesús en su despedida dolorosa de la Ultima cena.

Hoy lo vemos fulgurante en las custodias doradas y lo paseamos en triunfo por el parque de nuestras iglesias y por las calles, alfombradas con todas las flores de nuestros jardines, mientras vamos cantando: ¡Dios está aquí! Venid, adoradores, adoremos, a Cristo Redentor…

Pero dejemos ahora esos entusiasmos tan legítimos, para fijarnos en el Evangelio de este día.

Jesús mira compadecido a la turba que le sigue hambrienta, y dice a los discípulos:

– Dadles vosotros mismos de comer.

Y los apóstoles, con mucho sentido común:

  • Maestro, ¿y cómo les vamos a dar de comer nosotros? ¿No ves que no tenemos más que cinco panes y dos pescaditos?

Jesús sonríe, y piensa: No, ya sé que vosotros no podéis saciar el hambre de los que me siguen. Ya lo haré yo…. Y tomando los panes y los dos peces, los multiplica demanera que se hartan todos de comer y aún quedan doce canastas de pan sobrante, provisión para después, porque ese pan no se puede perder.

El Evangelio de Juan nos da la interpretación exacta de este signo de Jesús. ¿Quiere Jesús acallar el grito de los estómagos vacíos?… Sí, porque Jesús tiene corazón y se le parte el alma de pena ante los pobres hambrientos, los que le seguían entonces y los hambrientos de hoy.

Pero Jesús tiende la mirada por todo lo ancho del mundo y penetra en el profundo del corazón de los hombres en todos los tiempos, mientras se dice:

  • ¿Y el hambre de las almas? ¿Y el ansia de Dios? ¿Y el anhelo de la vida eterna?…

Jesús sabe que sólo Dios, sólo Él, el enviado del Padre, puede saciar el hambre de los espíritus, sustentar la vida eterna, aquietar los corazones y tranquilizar al mundo con su presencia.

Después de haber dado de comer a todos, quedan doce canastas llenas, hermoso símbolo del Jesús, que, después de tanta Comunión, continúa presente en medio de nosotros bajo el signo del Pan.

Ese Pan divino, que es su Persona adorada.

Ese Pan sabroso, que al comerlo nos da la Vida.

Ese Pan del amor, que lo comemos juntos en la misma mesa todos los hijos de Dios, el pobre con el rico, y nos une y estrecha a todos con el lazo más fuerte de la hermandad.

Ese Pan blanco, que, en el centro de la custodia resplandeciente, nos dice hoy que Dios es un Dios cercano, siempre en contacto con su pueblo.

Le preguntamos a una Doctora de la Iglesia: -¿Cuál es el más bello recuerdo que tú tienes de tu niñez.

Y ella nos responde. -¡Oh! Ninguno como el de aquellas procesiones del Corpus. Con mi cestita llena de pétalos de rosas, las tiraba todo lo fuerte que yo podía al alto. Y yo me volvía loca de felicidad cuando llegaban a tocar la Custodia (Santa Teresa deLisieux)

Le decimos ahora a un célebre Doctor de Universidad: –Y tú, ¿qué sentías cuando te criticaban por llevar la vela en la procesión del Corpus?

Y nos responde el famoso Profesor: –¿Qué quieren que les diga? Todo eran sonrisas burlonas a mi lado, cuando me veían caminar tan serio formando en la fila a la par de la Custodia. Pero yo me sentía lleno de orgullo santo por rendir mi ciencia a las exigencias de mi fe (Beato Contardo Ferrini) Le decimos a un tercero: –¿Y usted, un Médico tan célebre, ¿cómo es que se descubría reverente al paso del Santísimo?

A lo que nos contesta: –Sí; lo hice, y se quedó todo extrañado un alumno mío, que merecriminaba: ¿Usted cree en eso, cree que Dios se puede encerrar ahí? Y yo le hube de responder: usted, amigo, cree a lo más en el poder de un Dios; pero no entiende adónde puede llegar el amor de Dios (Dr. Clot Bey) Así pensaban esos grandes creyentes. Así pensamos nosotros también.

No pierden nada de actualidad las palabras del mayor Doctor de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, cuando canta en su himno más célebre sobre la Eucaristía: -La vista, el tacto, el gusto, todos los sentidos se engañan ante ti. Porque en esta Hostia no se ve más que pan, no se gusta más que pan, no se palpa sino pan, no se huele sino pan… El único sentido que no se engaña es el oído, que escucha, Jesús, tus palabras: Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre. Este soy yo….

Y así rendimos hoy nuestros corazones ante la Custodia, mientras seguimos cantando: -¡Gloria a Cristo Jesús! ¡Cielos y tierra, bendecid al Señor! ¡Honor y gloria a ti, Rey de la Gloria! ¡Amor por siempre a Ti, Dios del amor!…

Sagrado Corazón de Jesús C - Lucas 15,3-7.
Santísima Trinidad C - Juan 16,12-15