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La fiesta de la Ascensión de Jesús al Cielo es una de las más bellas que celebramos a lo largo de todo el año. Tiene un no sabemos qué de embrujo, que llena el alma de una dulce nostalgia en medio de un gozo grande. Quisiéramos agarrar a ese Jesús que se sube por el cielo azul, sujetarlo a la tierra, y decirle: ¡No te vayas, Señor, por favor!…

Por otra parte, nos quisiéramos nosotros desprender del suelo y subirnos con Él hacia las alturas. Y nos vamos diciendo con Ignacio de Loyola: ¡Ay, qué triste y pobre me parece la tierra cuando contemplo el cielo!…

Todos estos sentimientos se acumulan dentro del corazón cuando leemos la descripción de la última aparición de Jesús a los apóstoles después de resucitado, y que nos describe Lucas al final de su Evangelio y al principio de su incomparable libro de los Hechos de los Apóstoles.

Habían pasado ya cuarenta días desde la Resurrección.

Jesús se les ha ido apareciendo muchas veces a los suyos, acabando con las últimas instrucciones sobre la constitución de la Iglesia.

Hoy los reúne de nuevo y los saca hacia el querido Monte de los Olivos. Les habla con el corazón:

  • Yo tenía que sufrir, morir, y resucitar al tercer día. En mi nombre se ha de predicar a todas las gentes, empezando por Jerusalén, la conversión y el perdón de los pecados. Vosotros sois testigos de todo, y vosotros lo vais a hacer. Pero no os mováis de la ciudad hasta que seáis revestidos con el poder de lo alto, con el Espíritu Santo que os tengo prometido.

En el grupo, además de los Once, está María y otras amigas.

La última mirada a la Madre debió ser muy especial. Sin palabras, ¡pero se dijeron tantas cosas Madre e Hijo!…

Mira también a todos y cada uno. ¡Los quiere tanto!…

Y mientras alza las manos para bendecirlos comienza a subir, a subir lentamente hacia las alturas. La Patria de Jesús está junto al Padre, y al subir así nos dice también dónde está nuestro destino final.

Todos los ojos están clavados en el querido Maestro. Y clavados en Él van a seguir siempre los ojos de la Iglesia, porque no puede separarlos de Jesús.

Una nube lo oculta a sus ojos, pero el grupo sigue mirando allá arriba…

Hasta que dos ángeles vestidos de blanco les viene a sacar de su embobamiento:

  • Pero, benditos galileos, ¿por qué estáis mirando así al cielo? Este Jesús, que así ha subido al cielo, ¡así, así mismo volverá un día!

¿Pensamos que se quedaron tristes los apóstoles y los amigos? Todo lo contrario. Viendo esa gloria del Señor, y adivinando la entrada triunfal en el Cielo, nos dice Lucas que se volvieron a Jerusalén inundados de alegría, locos de felicidad por la victoria del Maestro adorado… Desandan el camino hacia la ciudad, mientras se van diciendo:

  • Se ha ido, ¡pero volverá! Se ha ido,  ¡pero se queda también  con nosotros!…

Cumple la palabra que nos dio en la última cena: Me voy, pero volveré a vosotros. Os llenaréis de alegría, y esa alegría vuestra no os la podrá arrebatar ya nadie.

Estos eran los sentimientos de los apóstoles y discípulos aquel día. Éstos son los sentimientos que nos llenan a nosotros mientras caminamos por el mundo.

¿Qué hacemos cuando miramos al cielo?…

Han venido los Angeles y nos han invitado a volver a nuestra mirada a la tierra. Es cuestión de que la Iglesia, nosotros, mientras contemplamos la gloria del Señor y suspiramos por ella, vayamos realizando en el mundo el plan de la salvación.

Miramos al Cielo porque los ojos de la fe están siempre clavados en el Señor.

Miramos al Cielo porque soñamos en unirnos con el Señor.

Miramos al Cielo porque en él está nuestro destino final.

Miramos al cielo porque ha comenzado la nueva y última etapa de la humanidad, que ya vive glorificada en la Persona de Cristo y tiende irresistiblemente hacia la nueva vida celestial.

Pero, al mismo tiempo, miramos a la tierra porque aún nos queda una gran misión que cumplir.

Tenemos que trabajar por establecer o consolidar el Reino de Dios, tarea que Jesucristo nos encomienda a cada uno de nosotros, si es que nos aprestamos a ser sus colaboradores.

Como Jesús, sabemos que hemos de trabajar, cumplir nuestro deber cristiano, llevar con valentía nuestra cruz, porque, igual que para el Señor, éste es el camino por el que entramos en la gloria.

El cristiano sabe que mientras trabaja en la tierra ha de tener clavados los ojos en el Cielo. El apóstol San Pablo nos lo dice con su energía de siempre, y la Iglesia nos lo ha recordado mil veces en este tiempo pascual:

  • Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de allá arriba, no las de la tierra. Porque estáis ya muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.

¡Señor Jesucristo!

Si el suspirar por el Cielo es propio de almas grandes, yo no me voy a cansar de mirar a las alturas, donde Tú vives y reinas inmortal y donde me estás esperando. ¡Cuando, Señor, llegará el momento! ¡Cuándo podré estar para siempre contigo, Señor Jesús!…

Pentecostés C - Juan 7,37-39; 16,26; 20,22
Séptimo Domingo Pascua C - Juan 17,20-26.