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Queremos saber lo que Dios quiere de nosotros para salvarnos?… Pocas escenas del Evangelio nos lo enseñan mejor que el Evangelio de este Domingo.

Escuchamos la narración de Lucas, aunque difiere en detalles de la de Mateo, pero se trata del mismo caso admirable.

Un centurión romano, capitán del ejército del Imperio, tan odiado de los judíos, tiene un criado enfermo. Aquel militar debía tener muy buen corazón. No oprime al pueblo. Respeta su religión, y hasta les ha construido una sinagoga para el culto. El que se preocupe de un simple criado —que a lo mejor se trataba de un esclavo, o a lo más de un liberto, o de un simple soldado—, ya indica mucho.

El caso es que el criado está gravemente enfermo, y el militar manda una comisión de venerables judíos a Jesús, para que le digan en su nombre:

  • Maestro, mi criado está muy grave, y ya en la agonía. ¿Por qué no mandas que se cure?

Jesús responde con toda naturalidad:

  • Vamos a su casa, y ya veremos.

Avanza la gente con Jesús, cuando el centurión se alarma y manda a otro grupo con este encargo:

  • Señor, pero, ¿por qué te molestas en venir hasta aquí? Si yo no soy digno de que vengas a mi casa. Por eso mismo, no me he atrevido a ir personalmente yo a verte. ¿Por qué no dices una simple palabra, y mi criado quedará curado?

Jesús se queda pasmado: ¿Tanta humildad tiene este militar?… Y sigue escuchando, cada vez más maravillado:

  • Sí, Señor. Tú lo puedes curar sin venir hasta aquí. Yo mismo estoy sometido a jefes superiores en la legión. Sin embargo, tengo soldados a mis órdenes, y le digo a uno: Haz esto… Y él lo hace. A otro: Haz aquello… Y lo cumple. Tú, Señor, puedes más que yo. Y basta que digas una sola palabra para que el muchacho se cure del todo.

Jesús no acaba de dar crédito a lo que oye:

  • Pero, ¿es posible que hable así un pagano, un militar orgulloso?…

Y volviéndose a la turba que le seguía, les dice:

– Os aseguro que en Israel no he encontrado una fe semejante.

No fue Jesús a la casa del centurión. Pero, al llegar los enviados del militar, se encontraron con que el criado estaba curado del todo.

Una vez más que nos encontramos con la cuestión de la fe, contrapuesta esta vez por Jesús a la confianza que los judíos tenían el la Ley.

¿Cómo se salvaba el judío, según creían ellos? Cumpliendo la Ley de Moisés. El judío observaba externamente la Ley, y estaba salvado, aunque por dentro no cambiara nada, como ocurría con los fariseos hipócritas.

Jesucristo, y después San Pablo, desharán del todo esta idea.

¿Cómo se salva el cristiano? Por la fe en la Persona de Jesucristo.

Una fe que le hace darse al Señor.

La fe cambia del todo al cristiano por dentro. Hace de él una nueva criatura.

Le atrae el don del Espíritu Santo, que, derramado en su corazón, le hace cumplir toda la ley con libertad, por amor.

El cristiano cree en Jesús.

Ama a Jesús.

Se da a Jesús.

Y con la ley de Jesús en el corazón —ley que no es otro que el Espíritu Santo—, no hace ningún mal y practica todo el bien.

Este es la fe en el sentido del Evangelio. No es cuestión de la cabeza solamente, que acepta unas verdades. Es cuestión del corazón que se decide a darse a Jesucristo y a vivir todo lo que El manda.

Hoy sigue la cuestión en pie. San Pablo nos enseña que la Ley antigua quedó totalmente abolida. ¿Y qué le importa a Dios entonces el que nos hagamos imágenes o no nos hagamos imágenes, que comamos carne de cerdo o que no comamos? Todo eso quedó sin vigor y no obliga ya más. De lo contrario, seguiría obligando el celebrar la fiesta de la Luna Nueva, y la mujer estaría sujeta a las leyes de la purificación, que la convertían en una esclava peor que hoy el velo de los países musulmanes…

El cristiano, con la fe en Cristo, no dejará de cumplir ni un detalle de la ley fundamental de los Mandamientos, pero será guiado por el Espíritu, y con sus obras demostrará que su fe es verdadera y auténtica, y no como la de los fariseos santurrones que fustigaba Jesús.

Si no salvaba la Ley de Moisés, menos salvará hoy la técnica, el sicoanálisis, el yoga o la revolución.

Es cierto que todo lo bueno nos lleva a Dios y nos dispone para recibir mejor su gracia. Pero la salvación está y estará siempre en la fe, en una fe ardiente en Jesucristo.

Señor Jesucristo, que nos pides fe, sólo fe en ti, y que la demostremos, no diciéndote ¡Señor, Señor!, sino cumpliendo la voluntad del Padre que está en los cielos.

Aumenta nuestra fe. El centurión no te veía, no te quiso ver guiado por su humildad, y sin embargo creía en ti. ¿Por qué nosotros exigimos milagros para ver? ¿No tenemos bastante con tu palabra?…

10º. Domingo Ordinario C - Lucas 7,11-17
8º. Domingo Ordinario C - Lucas 6,39-45