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La fiesta de Jesucristo Rey que hoy celebramos es capaz de entusiasmarnos hasta lo indecible.

Como a los mártires de la persecución de Méjico y de la Revolución española, que morían todos con un potente ¡Viva Cristo Rey! en sus labios lanzado ante los fusiles…

Y estaría muy bien ese entusiasmo.

Pero estará mejor que miremos a la Cruz para adivinar todo el sentido que tiene la realeza de Jesucristo y saber vivirla en la monotonía aburridora de todos los días…

El Evangelio de hoy nos remite al Calvario. ¡Vaya lugar donde damos con nuestro Rey!

Aquello no es el Palacio de Buckinham de Londres, ni el Versalles de París, ni el Palacio de Oriente de Madrid, ni, en versión presidencialista moderna, la Casa Blanca o la Casa Rosada…

Y el trono del Rey no es de cedro ni marfil enchapados en oro y en plata, sino el patíbulo de los criminales… Porque nos encontramos con un Rey muy especial.

En su trono, la Cruz, leemos el título de su realeza:

  • Este es el Rey de los judíos.

Sentencia que, para que todos la puedan leer bien, está en hebreo, en griego y en latín.

El pueblo que le aclama es ahora una chusma azuzada por sus dirigentes burlones:

  • ¡Ha salvado a muchos! ¡Que se salve ahora a sí mismo, si es el Cristo de Dios, su elegido!…

Las legaciones extranjeras son unos soldados brutos que se mofan de semejante monarca: – Si tú eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo…

En el entorno, un cortesano que comparte su misma suerte del patíbulo, y que le blasfema incrédulo:

  • ¿No eres tú el Cristo? ¡Sálvate a ti mismo y sálvanos a nosotros!…

Los familiares, discípulos y amigos que contemplan la investidura del Rey, están algo lejos, porque aún no los dejan acercarse hasta el trono…

Sólo hay allí uno que se declara por este Rey, y cree en él, pues le suplica desde el suplicio:

– Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino.

A lo que el Rey responde, ante esta primera conquista de su sangre:

– ¡Hoy, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso!…

Este es el Evangelio de hoy, en el cual vemos las características del Rey Jesús.

¿Qué nos dicen todos estos detalles del Evangelio de Lucas? Ante todo, confirman lo que el mismo Jesús ha dicho a Pilato: – Sí, yo soy rey. Pero mi reino no es de este mundo.

Por lo mismo, para entender el reinado de Jesucristo no miremos ni a Inglaterra, ni a España, ni a Suecia, ni a Jordania o Arabia Saudita… Jesucristo no tiene que ver nada con los reyes políticos.

Jesucristo es Rey porque nos ha conquistado con su sangre derramada por nosotros en la Cruz. Por esa sangre, hemos sido trasladados del reino de las tinieblas, del reino de Satanás, al reino de la luz admirable, al Reino de Dios.

Jesucristo es un Rey universal. El título de su realeza está redactado en esas tres lenguas que indican la extensión de su reinado: es todo el mundo conocido, igual que

los mundos por descubrir. Nadie se puede sustraer al dominio de Jesucristo, porque el Padre le ha dado en heredad todas las naciones.

Habrá muchos que rechazarán a Jesucristo, como todos aquellos burlones del Calvario. No hay miedo. Un día u otro van a tener que rendirse incondicionalmente, para ser puestos, como dice el Salmo, como escabel del trono del Rey triunfador…

Muchos se van a declarar por Jesucristo, como el ladrón que tiene su lado, el primero que, en medio de tanta confusión y tanta cobardía, se declara por el Rey Jesús.

Este ladrón es también el primer agonizante que muere invocando el Nombre de Jesús, Nombre que abre las puertas del Reino.

Todos los pueblos paganos están representados en los soldados, que se ríen y se burlan, que se reparten los vestidos y juegan a los dados, pero entre ellos —esto lo sabemos por Marcos— el centurión, que manda el piquete de ejecución, confiesa la realeza de Jesús cuando lo ve morir:

– Verdaderamente, éste es el Hijo de Dios.

Esos pueblos paganos reconocerán a Jesucristo como su Rey.

Jesucristo, entonces, viene a ser proclamado por Dios como el Cristo-Rey-Salvador, que conquista su título muriendo por nosotros en la Cruz.

¡Señor Jesucristo! Por dicha, nosotros somos tuyos.

Lo hemos sido siempre, desde nuestro Bautismo.

Y lo queremos ser por toda nuestra vida.

Con aplausos y con aclamaciones, como las multitudes creyentes y como los mártires modernos, sabemos gritar también: ¡Viva Cristo Rey!

Pero esa confesión tan afectiva de nuestra fe la queremos hacer también muy efectiva.

Te confesamos Rey nuestro en medio de la rutina de cada día, en el cumplimiento de nuestro deber, en el trabajo por tu reinado, en nuestro apostolado generoso.

Entonces las obras de nuestras manos no desmentirán nunca los gritos de nuestros labios.

Si Tú eres nuestro Rey, lo proclamamos gritando y no te negamos nunca ningún servicio…

Presentación del Señor, 2 Febrero. Lucas 2,22-40
33º. Domingo Ordinario C - Lucas 21,5-19