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¿Quién es el dueño del mundo? Aquel a quien todo el mundo obedece. ¿Y a quién obedece el mundo?… Todos lo sabemos muy bien: al dinero, a la plata. El becerro de oro tiene demasiados adoradores, que caen rendidos a sus pies, y el dinero se ha convertido en un auténtico dios. ¿Por qué?…

El hombre busca su seguridad. No quiere problemas en la vida. Y ansía también pasarla lo mejor que pueda: ¡a disfrutar, a gozar cuanto más mejor!…

Para ello, es necesario el dinero, y entonces el dinero es la primera ilusión, el principal motor de toda la actividad humana, aunque para conseguirlo haya que cometer los mayores crímenes e institucionalizar la misma injusticia…

El Evangelio de hoy se encuentra con esta realidad, y Jesús le aplica un remedio eficaz y decisivo. Eficaz y decisivo, claro está, si le queremos hacer caso a Jesús y aceptamos su norma sabia y amorosa.

La ocasión se la ofrece aquel buen hombre que le pide:

  • Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo. Jesús se desentiende del caso, y le responde:
  • ¿Y quién me ha constituido a mí juez en estos asuntos?…

Entonces se vuelve a su auditorio, y les amonesta:

  • Guardaos bien de toda avaricia. Porque, aunque uno abunde en riquezas, su vida no depende de sus bienes.

Como siempre, más que a sentencias y pensamientos fríos, Jesús recurre a comparaciones inolvidables. Y propone una parábola breve, pero cargada de sicología y profunda a más no poder.

  • ¿Sabéis lo que le pasó a aquel terrateniente? La cosecha del año fue enorme, no sabía cómo arreglárselas, y empezó a discurrir: ¿Qué hago, si no sé dónde meter tantos sacos de trigo?… Ya sé lo que debo hacer. Voy a derribar los graneros actuales, construiré nuevos almacenes, meteré en ellos toda la cosecha, y después me diré a mí mismo: ¡Alma mía, tienes bienes para muchos años! Ahora, túmbate, descansa, come, bebe, pásala bien, date a la buena vida…

Así iba discurriendo el ricachón. Soñaba, soñaba en una felicidad copiosa y duradera, cuando, de repente, se le desmoronó toda ilusión. Porque, en medio de sus sueños fantásticos, oyó la voz de Dios en lo íntimo de su conciencia:

  • ¡Necio! ¡Tonto rematado! Esta noche vas a morir. Y todos los bienes que has acumulado, ¿de quién van a ser, a qué manos irán a parar?…

Jesús, saca la conclusión, que se clava como un puñal en la mente, y hace pensar tanto:

  • Esto le pasa al que acumula mucho dinero para sí, y no se hace rico delante de Dios.

Es natural que todos busquemos la seguridad en la vida. Entra en los planes de Dios, y Dios es el primero en pedirnos diligencia y trabajo para vivir honestamente, cómodamente, colaborando así con su Providencia. Y Dios es el primero también, antes que nosotros, en maldecir la injusticia que reina en el mundo y que tiene esclavos del hambre a millones de hermanos nuestros, los cuales carecen de lo más elemental que exige su dignidad de hombres.

Lo que Jesús nos dice y sobre lo que nos hace discurrir es algo muy distinto. Jesús nos insta evitar toda avaricia, causa de tantos males en la vida personal y en la sociedad, y a buscar lo que vale más, como son los bienes eternos.

El afán del dinero es causa de la división en muchas familias. Da miedo cuando se acerca la muerte del dueño y vienen las exigencias, los pleitos y las peleas de los herederos…

El afán del dinero es causa de muchas vidas inmorales, pues se rompen todos los moldes para conseguirlo y, cuando se tiene, comienza una conducta de despilfarro y tal vez de vicio degradante…

El afán del dinero es causa de todas las calamidades que gravan hoy la sociedad. El tráfico de drogas, el mercado de la prostitución, los manejos de la mafia, la injusticia de tantas multinacionales, la preponderancia de las naciones ricas sobre las pobres, el tráfico de armas nuevas y cada vez más terribles, la opresión del trabajador, los jornales escasos… —¿para qué seguir señalando más?— roban al pobre, acumulan cantidades ingentes de dinero en pocas manos, mueven puñales, aprietan gatillos y declaran guerras atroces o nos amenazan con ellas quitándonos toda paz…

Esta es la dura realidad de los males causados por la avaricia personal o colectiva modernas.

El mundo, en una sociedad de capitalismo salvaje, se ha vendido al dios dinero y ese dios nos está pagando con su propia moneda: la insatisfacción de los corazones, aparte de la injusta desigualdad social.

Jesús lo ve, y pone el remedio con su consejo atinado:

  • El dinero? ¿la riqueza? ¿los bienes perecederos?…, nada de eso traspasa la frontera de esta vida ni le libra a ninguno de pasar por la muerte. Entonces, ¿cuál es su valor real?… Mientras que poner la seguridad de la vida en la Providencia de Dios —que cuida de nosotros— y acumular tesoros para el Cielo, eso no falla nunca y es la sabiduría consumada.

¡Señor Jesucristo!

Hoy no gritas contra la avaricia. No maldices. No lanzas anatemas.

Te contentas con avisar, y nos dices lo que enseñas siempre: que los pobres de espíritu son unos ricos de verdad, porque se fían de Dios y tienen más seguro que nadie el Reino de los Cielos.

¡Haznos amar, Señor Jesús, los bienes de allá arriba, los que duran para siempre!…

19º. Domingo Ordinario C - Lucas 12,32-48
17º. Domingo Ordinario C - Lucas 11,1-13