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Aquel gran Papa y Doctor de la Edad Media, San Gregorio Magno, decía que no podía leer el Evangelio de hoy sin que le saltasen las lágrimas a los ojos. ¿De qué se trata?…

Jesús predica por todos los rincones de Galilea. En esta ocasión está en las márgenes del lago. El clima, el bienestar, la vida alegre resultan fáciles en esas poblaciones que rodean Genesaret, y era normal que allí se encontrasen a sus anchas las mujeres de la vida alegre…

Una de ellas escucha con atención a Jesús, se conmueve, y se grita a sí misma:

  • ¡Basta! ¡Basta ya con esta vida de pecado que llevo! ¿Y si fuera a hablar personalmente con este tan querido Maestro?…

Espía desde ahora todos los movimientos de Jesús, y ve cómo le invita a comer uno de los fariseos principales.

  • ¿Sí?… Pues, en la sala del convite que me he de meter.

Y tal como lo piensa, lo hace.

Todos están comiendo, y en medio del convite no reina más que la frialdad, pues al fariseo y a sus amigos no les importa nada Jesús, al que ha invitado sólo para espiarlo de cerca.

La mujer que ahora se mete dentro sin permiso alguno es bien conocida de todos.

  • ¿Ésa? La pecadora de siempre. ¡Y miradla ahora lo descarada que está actuando! ¿Cómo se le ocurre besar los pies del Maestro, romper un frasco de perfume oloroso, derramarlo sobre sus pies, sacarlos con su propia cabellera, y no parar de besarlos?…

Si la mujer es una descarada, Jesús demuestra que no es ningún profeta, pues, de serlo, sabría quién es esta prostituta, cargada de pecados…

Así piensa el anfitrión, y, ante la sonrisa maliciosa de los comensales, adivinando Jesús los pensamientos de todos, rompe el silencio:

  • Oye, Simón. Quisiera hacerte una pregunta.
  • Di, Maestro, di.
  • Mira, Simón. Había un acreedor que tenía dos deudores. El uno le debía cincuenta dólares y el otro quinientos. Como ni uno ni otro tenían con qué pagarle, les perdonó la deuda a los dos. ¿Quién de los dos querrá más ahora al generoso acreedor?
  • Está claro que el de quinientos, porque le ha perdonado más que al de cincuenta. Aquí esperaba Jesús al fariseo:
  • Muy bien pensando, Simón. Ahora va la cosa contigo. ¿Ves lo que hace esta mujer? Todo al revés que tú. He entrado yo en tu casa, y no me has lavado los pies, polvorientos del camino. Ésta, por el contrario, los ha lavado con sus lágrimas y secado con su cabello. Tú no has ungido mi cabeza, y ésta ha derramado tanto perfume sobre mí. Tú no me has saludado con el beso de paz, y ésta no ha parado de besar mis pies.

A Simón se le está cayendo la cara de vergüenza ante los invitados, al ver cómo Jesús le va sacando a relucir todas sus faltas de etiqueta y de educación.

Y ahora tiene que oír lo más duro, si es que quiere entender:

  • Por eso te digo que a ésta se le perdonan todos sus muchos pecados, porque me ha amado mucho. Tú como piensas que no tienes pecados, ni pides perdón, ni se te perdona nada, ni amas nada tampoco…

Todos escuchan atónitos, mientras se dicen:

  • ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?

Todo judío sabía muy bien que los pecados sólo puede perdonarlos Dios. Pero Jesús remacha sus palabras con una despedida emocionada:

– ¡Tu fe es muy grande, mujer! ¡Vete en paz!

¿Qué ha dicho esta pobre mujer para merecer semejante perdón y llevarse tanta paz en el corazón?… ¡Nada! Sencillamente, ha amado mucho.

Por este hecho incomparable de Jesús con la prostituta adivinamos, mejor dicho, nos damos cuenta hasta la evidencia, del valor de nuestro corazón ante Dios.

¿Amamos? Tenemos entonces rendido a Dios en favor nuestro.

¿Llevamos tal vez una vida intachable en sociedad y hasta delante de nuestra conciencia, pero el amor del corazón para con Dios y los demás es flojo, tibio, de poca oración y de poca generosidad? Entonces nuestra vida vale poco, porque el peso de la vida lo da el amor…

Este Evangelio, que hemos oído cien veces, nos resulta siempre nuevo.

Y cada día se va repitiendo en la Iglesia el gesto de esta afortunada mujer, y cada día

Jesús va repitiendo en la intimidad de los corazones la mismas palabras:

  • ¿Me amas? No te preocupes por tus pecados. Mi omnipotencia divina los aniquila igual que una hoguera ardiente hace desaparecer la gotita de agua que cae entre sus llamas… El hipócrita que se cree sin pecado y no ama es el único que se queda sin el perdón de Dios.

Si Jesús se presentara visiblemente en medio de nosotros, y se viera otra vez rodeado de pecadores como en aquellos tiempos suyos, no emplearía hoy otro lenguaje que éste: ¿Es grande tu pecado?… Pues más grande es mi bondad. ¿Sientes la tortura de tu conciencia?… Ven a descargarla en mí sin ningún miedo. Porque Jesús no ha cambiadode condición. Sigue siendo siempre el mismo.

¡Señor Jesucristo, Dios que nos amas y nos perdonas! Yo confío en ti… ¡Señor Jesucristo! Como la mujer aquella del lago, también yo me digo: ¡Basta!… ¡Señor Jesucristo! Como ella también, yo te amo mucho, mucho…

12º. Domingo Ordinario C - Lucas 9,18-24
10º. Domingo Ordinario C - Lucas 7,11-17