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Solamente Lucas nos cuenta en su Evangelio uno de los hechos más tiernos de la vida de Jesús, y, además, de un gran significado.

Evangelizaba las poblaciones de Galilea, y le tocó el turno a Naim. Cuando se dirigía a ella, y ante las puertas de la misma, un cuadro doloroso:

  • ¿Qué sucede, tanta gente ahí?
  • Es que llevan a enterrar a un muchacho, hijo único de una pobre mujer viuda. Hay para conmoverse. ¿Qué le queda de esperanza a esa pobre mujer?

Llora, y todo el pueblo llora con ella.

Ahora  le  acompañan  afligidos  los  familiares,  las  plañideras  gritando,  y  todos manifestando un sentimiento sincero y muy profundo.

Jesús, que ve el cuadro, se conmueve también. Se compadece de la pobre madre, y le dice con cariño:

– ¡Mujer, no llores!

Manda detener el féretro. Se paran los que lo llevan, y contempla a aquel joven difunto, envuelto en la sábana de rigor, con vendas que lo ciñen en todos sus miembros. Entonces, toca Jesús el féretro, y manda con imperio:

– Joven, a ti te hablo: ¡levántate!

La gente se queda en suspenso. El muchacho se incorpora. Le quitan vendas y sábana, comienza a hablar, y, lleno de vida otra vez, Jesús se lo devuelve a su madre.

Gritos de los muchos acompañantes. Lágrimas de alegría. Felicitaciones a la madre dichosa. Y todos exclamando:

– ¡Un gran profeta ha surgido entre nosotros! ¡Dios ha visitado a su pueblo!…

Era cierto. Hacía varios siglos que no se veía un profeta en Israel. Y ahora Dios les mandaba un Profeta, ¡y qué Profeta! Nada menos que su Hijo, hecho hombre.

Dos expresiones del Evangelio nos llaman poderosamente la atención. Primera, esta delicada frase de Lucas, que es elegante y fino como él solo: “Y se lo entregó a su madre”. Segunda, la exclamación jubilosa de la turba: “¡Dios ha visitado a su pueblo!”. Cada una de ellas nos inspira un pensamiento muy apropiado a nuestrasituación actual.

¿Ha abandonado Dios al mundo? ¿Ya no lo visita? ¿Tenemos que esperar a que

vengan otros, ya que Él no se digna volver? ¿Es que nos tiene olvidados para siempre?…

Todas estas preguntas están de más para los que tenemos fe y vivimos de la fe. ¡Dios

está siempre con nosotros! ¡Dios está aquí!…

Pero son muchos los pesimistas, los que dudan, los que niegan la presencia de Dios en el mundo.

¿No adivinan a Jesucristo, que de mil maneras hace patente a Dios?…

Por ejemplo. ¿No les dice nada un Papa, Vicario de Cristo, que se mueve por todo el mundo, llevando a Cristo, su Palabra, su mensaje, su consuelo, su perdón, su alegría, su esperanza?… ¿No adivinan en él una visita del Señor?…

No digamos de su visita en los Sacramentos de la Iglesia, sobre todo en la Eucaristía, donde viene Jesucristo personalmente, y se hace presente en medio de nosotros…

La Iglesia se mantiene por la presencia del Señor. No vemos a Jesucristo con los ojos de la carne, pero lo adivinamos continuamente con los ojos de la fe. Sin esta presencia de Jesucristo y sin esta fe nuestra, no se concibe la vivencia y la supervivencia de la Iglesia.

De una manera especial, hoy Cristo se presenta en el mundo para responder a tanta ilusión de la Juventud.

Buena parte de la Juventud —contra lo que aparente a primera vista—, se conserva todavía sana, con ideal, y responde al llamado de la Iglesia y de Cristo, como fermento vigoroso para la transformación del mundo.

Pero hemos de decir, con dolor, que no todos los jóvenes son así. Sino que muchos están muertos. Y si los jóvenes son la esperanza de la sociedad, ¿cómo no van a preocuparnos?

Repetimos mil veces, como una verdad que constatamos a cada instante, que gran parte de los jóvenes nos produce seria inquietud.

Hay jóvenes sin fe.

Hay jóvenes que se esclavizan a la droga y al sexo.

Hay jóvenes que han perdido todo ideal elevado. No les dice nada ni la superación propia en la ciencia, en la profesión, en el servicio a la patria, en la entrega con altruismo a los demás…

¿No tienen remedio estos jóvenes? Lo tienen, y muy eficaz si miran a Jesucristo, que se les hace encontradizo en su enfermedad mortal, y les viene a decir, como al de Naím:

  • ¡Muchacho, te hablo a ti: levántate!…

¡Y con qué gozo Jesucristo se lo entrega vivo a la sociedad y a la Madre Iglesia!…

Con un Jesús de corazón tierno, delicado, caballeroso con esa mujer que sufre…

Con un Jesús, que nos visita a todos…

Con un Jesús que robustece y da vida a nuestra Juventud…

Con un Jesús así, ¿no tenemos abierto nuestro corazón a toda esperanza?…

11º. Domingo Ordinario C - Lucas 7,36-8,3
9º. Domingo Ordinario C - Lucas 7,1-10