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Hoy, Viernes Santo, vamos a ver cómo el sacerdote en la función litúrgica alza la Cruz, y repite por tres veces alzando cada vez más la voz:

  • ¡He aquí el madero de la Cruz, en el cual estuvo colgada la salvación del mundo! ¿Es esto un lamento, o es un grito de triunfo? Al oírlo, ¿hay que llorar o hemos de

dar saltos de júbilo?… Nosotros, afortunadamente y por la gracia de Dios, sabemos combinar muy bien las dos cosas.

Por una parte, lloramos la muerte de Jesús.

¿Cómo no vamos a llorar la pasión atroz a que es sometido un inocente, que muere al fin de la manera más trágica? ¿Cómo nos van a dejar insensibles esos azotes bárbaros, esas espinas agudas, esas burlas por las calles con el patíbulo atado a los hombros, esa desnudez a la vista de todos, esos espasmos, esa asfixia y esa inmovilidad espantosa creada por tres clavos crueles?…

La pasión de Jesús ha arrancado muchas lágrimas, y las nuestras no nos avergüenzan…

Como aquellos tres niños que se escapan de sus casas y se esconden en una gruta, donde han escrito sus nombres. Inocentes, quieren hacer grande penitencia, castigan sus cuerpos y se dan de lleno a la oración. Encontrados por sus familiares, se ven obligados a volver a la ciudad. Uno de ellos, el que será San Miguel de los Santos, se encierra en un cuartucho de su casa y no hace más que derramar lágrimas abundantes.

  • ¿Por qué lloras, Miguel? ¿Qué te pasa? Y el niño inocente:
  • ¡ Nada, a mí no me pasa nada! Lloro únicamente por la pasión de mi Señor Jesucristo. ¡Miren cómo lo han puesto!…

Así es. Todos lloramos ante el Crucificado, pero también sabemos lanzar gritos triunfales ante la Cruz redentora. Nos pasa como al pueblo que celebra el desfile después de la guerra. Duelen los muertos que han quedado tendidos en el campo de batalla. Pero se saluda con orgullo a la bandera que se alza victoriosa, gracias al sacrificio de los héroes de la Patria…

La Cruz es la bandera que la Iglesia alza hoy orgullosa, premio del sacrificio de Jesús, el cual, al inmolarse generosamente, ha arrancado de las garras de Satanás el enorme botín de todos los salvados.

Por la Cruz, el Padre nos devuelve su amistad y su gracia.

Por la Cruz, Jesús se ha hecho merecedor de la gloria que le espera con su inminente Resurrección

Esa Cruz, antes mirada con horror, se va a llevar en adelante millones y millones de besos, besos incontables, cada uno de los cuales es un himno de acción de gracias a Dios por el beneficio inmenso de la Redención obrada por Jesucristo.

La Cruz es un signo de la victoria sobre las huestes del infierno. Mirando la Cruz, animó aquel rey medieval a sus soldados con aquella arenga que se ha hecho inmortal:

– ¡Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera!

En la vida cristiana se desarrollan estos sentimientos casi de una manera natural, si sabemos mirar la Cruz tal como la miramos hoy.

Por una parte, no cesa nunca nuestra acción de gracias. ¿Cuál hubiera sido nuestra suerte si Jesucristo, llevado de su amor inmenso, no hubiera muerto por nosotros? El hecho de nuestra culpa no lo puede negar nadie, y a la culpa hubiera seguido una perdición sin remedio. Y las Tres Divinas Personas se empeñaron en el negocio de nuestra salvación. El Padre nos da su Hijo. El Espíritu Santo empuja a Jesús a entregarse con valentía. Y Jesús, humilde y obediente, sube al patíbulo para pagar la deuda enorme que teníamos contraída con Dios. Por eso, ante la Cruz nos sale espontánea mil veces la exclamación: ¡Gracias, Dios mío, por el beneficio inmenso de la Redención!

Así mismo, ante la Cruz de Cristo aprende el cristiano a sopesar la malicia del pecado y lo que significa haber ofendido a un Dios que es todo amor. El arrepentimiento entonces brota del corazón como la cosa más natural. Es imposible permanecer insensibles ante ese Cristo del que dirá Pablo:

– ¡Que amó y se entregó a la muerte por mí!

Pero estos sentimientos tan nobles, como son la gratitud y el arrepentimiento, dan un paso adelante y se transforman en estímulo, en energía, en generosidad, en entrega.

Mirando la Cruz, el cristiano se siente fuerte ante cualquier adversidad. Más aún, se gloría, como Pablo, de estar crucificado con Cristo.

Porque es crucifixión la lucha en la tentación, para vencer el pecado causante de la muerte del Señor.

Es crucifixión el trabajo pesado de cada día.

Es crucifixión el vivir la pobreza, sufrir la enfermedad, cumplir cualquier deber que nos cuesta.

Pero sabemos llevar la cruz con valentía cuando miramos a Jesús que la lleva delante de nosotros, y que nos dice: ¡Toma tu cruz de cada día, y sígueme!

¡Señor Jesucristo, mi Señor Crucificado!

Al verte colgado en el madero, donde mueres por mí, sólo puedo decirte: ¡Gracias! Al sentir en mi conciencia el peso de la culpa, causa de tanto horror en tu Persona,

te pido: ¡Perdón!

Al contemplar tu victoria sobre el infierno con tu pasión y muerte, te suplico humilde: ¡Señor, que no se pierda tanto dolor, tanta sangre, tanta angustia, tanta lágrima tuya, y sálvame!

Al contemplar tu amor que así se me da, te digo con toda el alma: ¿Amor con amor se paga? Entonces, toma entero mi corazón…

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