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Una vez más como lo hace la Iglesia siempre en este segundo Domingo de Cuaresma que se nos pone delante la escena grandiosa del Tabor, tan importantísima en la vida de Jesús. Nos la sabemos de memoria:

Jesús que se pasa la noche orando y hablando con Dios su Padre en la cima de la montaña.

Los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan, que se despiertan y se encuentran con un Jesús resplandeciente más que el sol.

Moisés y Elías, que se aparecen y entablan conversación con Jesús, hablándole de la pasión y muerte que le espera en Jerusalén.

Pedro, que exclama loco de alegría y sin saber lo que se dice: ¡Qué bien se está aquí! ¡Venga, tres tiendas de campaña!…

La voz del Padre que sale potente de entre la nube: ¡Este es mi Hijo queridísimo! ¡Escuchadle!…

¿Y después?… Jesús solo. El de siempre. El de la vida rutinaria. El que ahora tiene que ir a Jerusalén para ser crucificado y morir…

Si queremos ahora discurrir sobre este hecho tan bello y tan grande, ¿no nos puede ocurrir lo de Pedro, que no sepamos lo que nos decimos?… ¿No corremos el peligro de interpretarlo equivocadamente?…

No, a estas horas ya no nos puede pasar esto. A estas horas sabemos a qué atenernos sobre la gloria de Jesús y la que esperamos para nosotros.

La gloria será el final de todo. Suspiramos por ella. Queremos vernos revestirnos de ese esplendor y esa inmortalidad de que Jesucristo hace gala en el Tabor. Todo esto son anhelos legítimos. Todo eso es lo que constituye nuestra esperanza: ¡así, así seremos un día, como lo es ya Jesús a partir de su Resurrección!…

Pero antes está el subir a Jerusalén y morir.

Hay que cerrar los ojos, como Abraham, para vivir de la fe.

Hay que aceptar, como Isaac, el ser atados y puestos sobre el altar para ser sacrificados.

Como dirá Jesús cuando todo se haya cumplido, hay que sufrir la pasión para entrar en la gloria.

Y como dirá Pablo a las Iglesias que ha fundado: Es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios…

Necesitamos decir algo acerca del hecho de Abraham y de su hijo Isaac, a los que acabamos de aludir.

Dios había hecho a Abraham una promesa antes de salir de su tierra de los caldeos: Multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo… No tenía hijos, y sinembargo cree. Viene después el hijo prometido, y ahora le manda Dios que se lo sacrifique sobre el ara en aquella roca de Jerusalén. Isaac acepta la muerte en acto de obediencia a su padre y a Dios. Abraham ha de cerrar los ojos, por más que se pregunta: Si ahora me manda Dios matar a mi hijo, ¿cómo se va a cumplir la promesa?… No lopiensa más, y obedece, sabiendo que Dios puede darle hijos aunque sea sacándolos de las piedras…

La fe y la obediencia son las dos condiciones que Dios ha puesto a Abraham y al mismo Jesús.

– ¡Abraham, sacrifica a tu hijo!

Abraham cree y obedece y se convierte en padre de gentes innumerables.

  • ¡Jesús, sube a Jerusalén y muere, poniéndote sobre el altar de la cruz como Isaac sobre la leña!

Jesús obedece, y sube convencido a Jerusalén. Ya a sus puertas, exclama unos días antes: Si el grano de trigo no cae en la tierra y no muere, permanece solo: pero si muere, germina y da mucho fruto. ¿Y quién puede contar hoy la multitud de lossalvados por la Sangre de Cristo?…

Aquí está todo el misterio de la vida nuestra. Cada cristiano es como Isaac, como el mismo Jesús. Antes, como Abraham. Creer en Dios, aunque no se vea nada. Obedecer a Dios, hasta cuando pide el sacrificio último. A Abraham le pidió que matara a su hijo, aunque después le detuvo el brazo antes de que el padre asestara el golpe fatal… A Jesús le pidió la propia vida, ¡sacrificada nada menos que en la cruz!…

En la Iglesia lo vemos esto cada día. Vemos que los grandes santos son precisamente los que no se miden en la fe y en la obediencia.

Se necesita a veces mucha fe para descubrir a Dios en la propia vocación.

¿Es esto una imaginación nuestra en estos momentos?… No.

Y ponemos un ejemplo como simple comparación.

Todos hemos oído más de una vez: ¡Si yo me tuviera que casar de nuevo!… Dan razón al conocido refrán chino: El matrimonio es una gran mansión, en la cual quieren entrar godos los que están fuera y de la cual quieren salir todos los que están dentro.

Está muy bien que hagamos broma y gastemos humor con el matrimonio, pero si somos personas de fe, y hemos visto cómo la providencia de Dios nos ha llevado al matrimonio, lo que necesitamos no son divorcios ni separaciones ni malentendidos, sino un amor generoso que vence todas las dificultades con la gracia de Dios que no falta.

Porque esto se da en cualquier estado y situación de la vida. Por eso el cristiano se dice convencido:

¿Dios me quiere aquí? ¡Pues, aquí estoy!

¿Dios me sujeta en la enfermedad! ¡Pues en la cama me clavo! ¿Dios me pide este sacrificio? ¡Pues se lo doy con toda el alma!…

Así, y sólo así, mira uno sin cansarse el Tabor, porque se va diciendo: ¿Esa gloria de Jesús? Esa gloria será mía. ¡Si la estoy tocando ya con la mano! ¡Pero si la estoy tocando ya!…

Tercer Domingo de Cuaresma B - Marcos 2,13-25.
Primer Domingo de Cuaresma B - Marcos 1,12-15.