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Estábamos reunidos en la Casa Parroquial preparando alguna actividad apostólica, cuando al Sacerdote se le ocurrió preguntar:

– ¿Cuál es, en opinión de ustedes, el Santo más grande de la Iglesia?

Habíamos entrado en el mes de Marzo y todos veíamos a dónde iba la pregunta. Nuestro compañero Javier, un hombre muy querido de todos, se nos adelantó a responder muy decidido:

  • ¡San José, eso ni discutirlo! Y no lo digo porque estemos ante su fiesta y sea ésta casi de seguro la intención con que lo pregunta el Padre, sino porque yo estoy convencido de ello. Y si no, díganme ustedes: ¿qué hombre ha merecido más confianza de Dios? La Virgen María, si había de ser siempre La Virgen, no podía estar al cuidado de uno cualquiera… A mí me parece que aquí el Espíritu Santo tenía que ser por fuerza un poco celoso…

Todos nos echamos a reír, y miramos con cariño el cuadro de María, que a lo mejor reía con más gusto que nadie… Pero ni el Padre que había hecho la pregunta ni ninguno de los presentes quisimos intervenir en el razonamiento de Javier, que parece atinaba en teología… Así que le dejamos seguir.

  • Eso, por parte de María. Y si miramos al Niño Jesús, pues lo mismo. Un niño no se pone en manos de cualquier maestro, si está de nuestra parte el escoger la escuela o colegio para nuestros hijos. Porque seremos pobres o seremos ricos, pero a los hijos los queremos bien formados. Pues Dios, que quería a Jesús el hombre más cabal, no lo iba a dejar en manos de un padre que no valiera para formar a su Hijo Jesús. Así que San José tenía que ser un hombre de primera.

Javier tenía toda la razón del mundo. Escuchar en la reunión a aquel obrero resultaba una delicia. El Padre era el primer admirado, y en sus gestos se veía que no tenía ganas de adelantar el tema de la sesión. Prefería que el compañero siguiera haciendo teología josefina…

  • Y ahora les digo a todos lo que yo siento delante de San José. Es un Santo que me da envidia. Yo, todo el día en mi trabajo sobre el volante del camión. Y pienso más que nadie en San José. ¡Ése sí que tuvo suerte en su trabajo! Todo lo hacía con Jesús y por Jesús. Porque todo el día tenía al chico en el taller, y todo el trabajo era para Jesús igual que para su Madre. El Padre nos explicaba un día —y todos lo recuerdan— que si queríamos ser santos hiciéramos todas las cosas por Jesús. ¡Pues, anda, que ganar a San José en esto no hay quien lo pueda!…

El argumento no tenía vuelta de hoja. El Padre reía oyendo a Javier y viendo lo bien que había aprendido la lección sobre la santificación por el trabajo. Efectivamente, comentando al Padre Escrivá de Balaguer nos había dirigido una conferencia muy interesante sobre cómo hacernos santos mediante el trabajo de cada día. Le dejamos a Javier terminar su decidida y atinada intervención, toda ella expuesta con un lenguaje cargado de sinceridad y de simpatía.

  • Y no digo nada de su muerte. ¡Qué suerte, aquello si que fue suerte! ¡Morir en brazos de Jesús y de la Virgen! Pero como ha preguntado el Padre que quién era el mayor Santo y yo he dicho que San José, yo digo lo que pienso. ¿Cómo va a estar San José en el Cielo lejos de Jesús y de la Virgen? ¿Cómo va a deshacer Dios aquella familia? San José tiene que estar allá arriba al lado del mismo Jesús y de la Virgen, y no lo estaría si no fuera más santo que todos los otros Santos… Bueno, si alguno tiene que decir otra cosa, que la diga. Yo ya he dicho lo que pienso…

Un aplauso de todas y todos los de la reunión cerró la disertación del amigo Javier. Y a mí, que recuerdo tan vivamente la reunión de aquella noche, no me ha sido nada difícil traer aquí el testimonio de un trabajador de taller y de carretera, que a lo mejor, por tener un oficio bastante similar al de San José, sabe captar mejor que nosotros los sentimientos del Esposo virginal de María y del padre virginal también de Jesús…

Hoy, al celebrar la fiesta de San José, pueden acumularse en nuestra mente muchas ideas sobre la figura del Santo Patriarca, a quien el gran Papa de los obreros y de la cuestión social, León XIII, declaró Patrono de la Iglesia universal. Después, otro gran papa, Pío XII, instituyó la fiesta de San José Obrero para el primero de Mayo, dando así respuesta a las inquietudes laborales de los trabajadores de todo el mundo.

Para nosotros, el gran mensaje de San José se centra en el valor de la vida de familia —de la familia cristiana sobre todo—, ya que José no tuvo más misión que la de ser el Jefe de la Familia de Nazaret, la Familia de Jesús y de la Virgen, la Familia en la que el mismo Dios hecho Hombre quiso nacer, desarrollarse y formarse para ser el Salvador del mundo.

Una vida de familia aquélla de Nazaret que se centraba toda en un amor tierno, en una unión irrompible, en un trabajo incansable, en una piedad para con Dios fiel y fervorosa, en una amistad cordial con los parientes y paisanos… Y toda esa vida familiar, desarrollada en un ambiente de honrada pobreza. Allí no sobraba nada porque era una familia pobre. Pero tampoco faltaba nada de lo necesario y conveniente, dentro de aquel ambiente social, porque se trabajaba con tesón y honradez a toda prueba.

Nuestro amigo tenía a San José por el mayor Santo de la Iglesia y del Cielo. Seguro que no iba desatinado, y todos nosotros estamos acordes con su noble y simpático parecer.

¡San José! ¡Querido y bueno de San José!

A ti acudimos pidiéndote por todas nuestras familias. Intercede por ellas ante tu Jesús para que las bendiga con todas sus gracias. Y dile a María, a tu esposa María y la Madre de Nazaret, que sea siempre también la Madre de nuestras familias cristianas.

La Anunciación del Señor, 25 de Marzo - Lucas 1,26-38
Presentación del Señor B, 2 de Febrero - Lucas 2,22-40