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Ayer, al contemplar la Cruz, veíamos delante de ella a una Mujer, de la que canta un himno precioso: Estaba firme la Madre Dolorosa junto a la Cruz de donde pendía su Hijo querido.

Hoy, vamos a continuar con los ojos fijos en el Calvario.

La cruz está todavía clavada en tierra. Pero ya no se ve al ajusticiado, que duerme en el sepulcro.

La Madre Dolorosa se ha retirado a la casa que le prestan algunos amigos. Y allí está derramando unas lágrimas calladas que revelan toda la tragedia del corazón.

¡Pobre Madre! Hacía muchos años que tenía el presentimiento de lo que iba a suceder. Aquel viejo Simeón, el que no se movía del Templo, no tuvo compasión y fue cruel en su pronóstico:

  • ¿Ves este tu niño tan bello? Por causa de él, llegará día en que una espada bien afilada atravesará tu alma.

Hoy María no hace más que pensar en la espada fatídica.

  • ¡Tenía razón, tenía razón aquel buen ancianito!… ¿Por qué han tratado así a mi Hijo?… Aunque yo sigo repitiendo mis palabras al ángel, pues estoy enteramente en la mano de Dios: ¡Que se haga en mí según tu palabra! ¡Que se cumpla en mí tu santa voluntad!…

Esto se va repitiendo María en cada minuto que pasa durante un día que parece infinito…

Nuestro pueblo cristiano y católico lo entiende. Y vemos a nuestra gente cómo va con cara de dolor a la procesión del Encuentro o se arrodilla devota en la iglesia ante la imagen de la Virgen de los Dolores. El caso es que nuestras gentes sencillas, las que mejor entienden el Evangelio, no dejan hoy sola a la Virgen.

¿Se equivoca nuestro pueblo que así acompaña a la Virgen en este día?… A lo mejor aprende lecciones que no saben los mayores sabios… Un célebre escritor y tribuno dirigió una carta a la esposa del rey, en la que estampó esta frase profunda y bella:

  • Si Dios le envía amarguras, Vuestra majestad sabe que toda la filosofía del mundo no vale una estampa de la Virgen de los Dolores (Aparisi Guijarro)

¡Qué bien dicho! Al presentarse el dolor, que un día u otro nos llega indefectiblemente a todos, la contemplación de la Madre que sufre y llora, nos hace ver que no estamos solos. Que a nuestro lado tenemos a la Madre sufriendo con nosotros.

El pueblo, con ese tino tan certero que tiene al enjuiciar los mayores misterios de Dios, viendo hoy las lágrimas que resbalan por las mejillas de la Virgen, y asociándolas a las penas que podemos pasar en la vida, ha sabido cantar esta seguidilla preciosa:

  • Las estrellitas del cielo van corriendo por tu cara, lágrimas que a tu Hijo lloran, y que consuelan mi alma.

No puede estar más atinado el pensamiento del cantar. Porque con la Madre al lado, ya pueden venirnos encima todas las pruebas que quieran, pues las sabremos superar todas. Sufrir al lado de la Madre es convertir la vida casi en un paraíso…

Aunque nuestras gentes no obran así, diríamos, por egoísmo, porque buscan lenitivo en su dolor. No. Nuestro pueblo llora hoy porque ve llorar a la Virgen. Porque la ama, y no soporta el verla gemir. Acompaña a la Virgen porque no la quiere ver sola en sus sufrimientos. Volviendo la estampa al revés, diríamos que no es la Madre esta vez la que consuela a los hijos, sino que los hijos se han empeñado en consolar a la Madre…

Todas estas consideraciones puede que sean bonitas. Y todas también muy válidas. Pero ahora remontamos algo más la mirada, queremos penetrar en el misterio de Dios, y nos preguntamos:

  • ¿Por qué sufre María? ¿Por qué ha padecido Ella en su corazón los mismos dolores que Jesús en su Humanidad santísima?… Y la respuesta es sencilla: Porque Dios la ha querido asociar a la pasión redentora de Jesús.

Jesús, desde la Cruz, la ha proclamado Madre de toda la Iglesia. Y esta gloria de su Maternidad Espiritual sobre todos los hombres había de costarle los dolores de todo alumbramiento. Como que Dios le dijera:

  • ¿Quieres ser madre? Pues habrás de dar a luz a tus hijos con dolor. Así amarás después mucho más intensamente a cada uno de esos hijos que te doy, y harás todo lo posible para la salvación hasta de los más desgraciaditos, porque son hijos tuyos.

María no rehuye el dolor de su Maternidad Espiritual, sino que lo acepta y abraza con todo el corazón.

Esta  doctrina   la   expresa   bellamente   la   famosa   Pasión   de   Oberammergau, en Alemania. Al despedirse Jesús de su Madre en Nazaret, le pregunta con cariño:

  • Madre, ¿qué premio quieres por tantos cuidados como me has prodigado durante treinta años?

Y la Madre, generosa:

  • ¿Qué premio quiero? ¡Que pueda padecer y morir contigo!…

¡Madre María, Virgen de los Dolores!

Hoy la Iglesia cierra oficialmente su culto. Pero nuestro pueblo creyente no se olvida de ti.

Con este tu pueblo, nosotros nos postramos ante tu imagen veneranda.

Con nuestra presencia amorosa queremos enjugar tus lágrimas.

Tú, Madre bendita, regálanos una de esas tus lágrimas, pues dicen que contienen tanta filosofía divina… Con ella aprenderemos a sufrir y a amar. Y amando a Jesús y amándote a ti, ¿qué podemos temer, qué no podemos esperar?…

Pascua de Resurrección B
Viernes Santo B