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No hay escena del Evangelio que no tenga su emoción propia. Pero pocas le ganarán en interés a aquella subida de Jesús a Jerusalén desde Betania, pocos días antes de morir, tal como nos la cuenta el Evangelio de este Domingo.

La gente se apiña alrededor de Jesús. Cuanto más le odian sus enemigos, más interés despierta. Y ahora, mientras Jerusalén empieza a hervir de peregrinos, venidos de todas partes para la Pascua, se acercan también unos griegos, creyentes en el Dios de Israel. No se atreven a presentarse solos, y le piden a Felipe:

– Queremos ver a Jesús.

Felipe y Andrés se lo dicen al Señor:

  • Maestro, hay aquí unos griegos que te quieren ver y hablar contigo. Jesús se emociona secretamente. Piensa:
  • Tengo que ir a ellos, a los del mundo pagano, y no encerrarme en las fronteras de Israel. Pero esto exige antes mi muerte. No saldré, mientras no muera.

Y exclama ante todos los que le rodean:

  • Ha llegado la hora de ser yo glorificado. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, se queda solo. Pero, si muere sembrado bajo la tierra, produce mucho fruto. Quien ama su vida, la pierde; pero si pierde la vida en este mundo, la guarda para la vida eterna.

Y viendo la lucha que se le echa encima por Satanás, dice valiente:

  • Ahora el príncipe de este mundo, el demonio, será arrojado fuera. Y yo, al ser levantado en la cruz, atraeré todos a mí.

¿Hemos captado todas las afirmaciones de Jesús en tan pocas palabras? Son de una riqueza inmensa. Suscitadas por la ilusión de unos extranjeros, que sueñan con ser parte del pueblo elegido, el Señor les responde abriéndoles el corazón. Y la manifestación de este su deseo ¾¡Queremos ver a Jesús!¾, es, un grito conmovedor que revuelve dichosamente las entrañas del alma…

¡Queremos ver a Jesús!, empiezan por decir esos griegos.

Gran parte del mundo moderno, harta de líderes que le han engañado o le defraudan, vuelve la mirada a Jesús. Intuye en Él algo diferente de los demás. Sin darse cuenta de ello, va siguiendo el impulso del Espíritu, que lo guía secretamente hacia el Salvador. Ese mundo nos pide a nosotros con verdaderos gritos:

  • ¡Traednos a Jesús, que también nosotros queremos verlo!

Nos lo pide especialmente el mundo misional. Cuando la Iglesia nos pide aportar nuestro esfuerzo para la evangelización del mundo pagano, no hace otra cosa que afinar nuestro oído para escuchar y entender ese clamor angustioso. ¿Se nos puede pedir a nosotros, creyentes, algo más grande que dar a conocer Jesús a tantos hermanos, que lo reclaman también para ellos?…

Muchos hermanos que nos rodean nos repiten igualmente: ¡Queremos ver a Jesús! Tienen fe, pero la tienen muy amortiguada. Aman a Jesucristo, pero de una manera muy tibia. Piden remedio en sus angustias, pero no se deciden a confiarse a Jesucristo,

única esperanza suya. Y nuestro apostolado no es otra cosa que presentar a Jesús, hacerlo ver, hacerlo conocer, hacerlo amar. Si mostramos Jesucristo a quienes viven alrededor nuestro, les habremos hecho el más espléndido de los regalos.

¡Queremos ver a Jesús, nos decimos a nosotros mismos, los que decimos conocerle yamarle desde siempre.

Nuestra ilusión más grande es ir creciendo en el conocimiento, en el amor y en la entrega a Jesús. Porque Él es el ideal, la meta, el fin y el premio de nuestra existencia. Jesús llena nuestra vida entera, desde el principio hasta el fin.

Esto nos llevará, ya lo sabemos, a caer en la tierra como el grano de trigo o del maíz, que se habrá de podrir para poder dar mucho fruto. Es decir, nos exigirá sacrificios, renuncias. Seguir a Jesús, dar Jesús a los demás, trabajar por Él, no resulta muchas veces tan fácil.

Pero esta entrega generosa es la condición indispensable para hacer algo por Jesucristo. Y esto, sin miedos de ninguna clase. El enemigo está vencido de antemano.

El mundo se lo disputan palmo a palmo entre Satanás y Jesucristo. Pero Jesucristo nos ha asegurado la victoria:

  • El príncipe de este mundo va a ser echado fuera… Al mundo lo tengo yo vencido…

Y añadirá Juan en su carta con aire de triunfo:

  • ¡Esta es la victoria de nuestra fe!…

El cristiano que ama a Jesucristo, que lo ve continuamente con los ojos de la fe, que lo adivina presente en su Eucaristía, sacia esa sed inmensa que nos consume a todos los creyentes, y ese cristiano llega a sentirse el ser más feliz.

De este modo le dirige a Jesús la plegaria con que acaba el famoso himno eucarístico de Santo Tomás de Aquino: Jesús, a quien ahora veo oculto tras los velos sacramentales, te pido se haga pronto realidad lo que más ansío: que, dejándome ver claramente tu faz, sea completamente feliz al contemplar tu gloria…

¡Queremos verte, Jesús!

Colma Tú las ansias inmensas de nuestro corazón.

Sin ti, ¿adónde iríamos a parar? Contigo, ¿que nos puede faltar?… Con el sentido cantar, te decimos: “ Véante mis ojos, dulce Jesús bueno, véante mis ojos, muérame yo luego”…

Domingo de Ramos B
Cuarto Domingo de Cuaresma B - Juan 3,14-21.