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¡Qué poco tengo que hablar hoy para entusiasmar a la audiencia! Más bien tendría que escuchar yo el latir del corazón de cada uno de ustedes, queridos radioyentes, para sentirme yo entusiasmado de veras. Aunque, a decir verdad, me siento más caliente que nadie si se trata de nuestra Madre Inmaculada, de la Inmaculada Concepción de María…

Esta fiesta de la Virgen es del todo especial en nuestros pueblos hispanoamericanos. La devoción a la Inmaculada la llevamos entrañada en lo más hondo de nuestro ser cristiano.

Hoy el Papa en Roma, y en medio del frío riguroso del invierno, cuando ya declina el día, va al monumento de la Inmaculada y le ofrenda su ramo de flores, ante una multitud que atesta la Plaza de España y las calles limítrofes. No digamos ya toda Roma, es toda la Iglesia la que se pone en las manos del Vicario de Cristo para honrar a María en el más bello de todos sus privilegios.

Nosotros realizamos también este gesto del Papa en nuestras iglesias, y todos vamos ante la Virgen para ofrendarle las flores más galanas del corazón.

¡María Inmaculada! Es un privilegio de la Virgen que no cansa el meditarlo, el cantarlo, el celebrarlo, y el volverse locos por él!

Lo que en los planes primeros de Dios tenía que haber sido una realidad en todos los hombres y mujeres, sólo se ha cumplido en María, por gracia del todo singular.

Dios, al crear a Adán y Eva, los creó sin mancha, sin pecado, es decir, inmaculados. E inmaculados teníamos que haber sido todos sus hijos. Pero, ¡ay!, qué poco le duró a Dios el gozo…

Allí estaba el tentador, envidioso de nuestra suerte. Y Eva sigue imprudente el diálogo seductor:

-¿Por qué no coméis el fruto de este árbol? Le estáis haciendo caso a Dios, que es muy listo, y sabe que el día en que comáis se abrirán vuestros ojos, y, dueños de vosotros mismos, ya no le tendréis que obedecer. ¡Seréis como dioses!…

Y Eva, a Adán:

-¡Toma, toma! ¡Verás que bueno! La serpiente me ha dicho que si lo comemos seremos como dioses…

Se había consumado la tragedia. La inocencia inmaculada de Adán y de Eva se convertía en pecado inmundo delante de Dios. Y lo peor, que no era un pecado con repercusiones sólo personales. En Adán estaba encerrada toda la Humanidad como el árbol en la simiente. Y los que habíamos de hacer la entrada en el mundo llenos de esplendores divinos, vendríamos arrastrando una culpa que no habíamos cometido personalmente nosotros…

Pero entonces mismo vino la réplica de Dios:

-¡Maldita serpiente! Yo pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Te aseguro esa descendencia de la mujer te machacará un día la cabeza.

Y quiso Dios que por los méritos de Jesucristo que iba a venir, fuese María, en el primer instante de su concepción en el seno materno, la que aplastara la cabeza de Satanás, el cual temblaría siempre después ante esta Mujer, una criatura humana del todo celestial.

María, concebida Inmaculada, ofrecía a Dios el espectáculo que le hubiéramos ofrecido todos nosotros.

María, concebida Inmaculada, es la única toda hermosa a los ojos divinos.

María, concebida Inmaculada, puede ser digna Madre de Dios.

María, concebida Inmaculada, viene a ser la obra maestra del Espíritu Santo.

María, concebida Inmaculada, hace que Jesucristo se sienta en verdad orgulloso de su Madre.

María, concebida Inmaculada, es la Hija más bella que el Padre Eterno puede lucir en el Cielo.

María, concebida Inmaculada, es también para nosotros sus hijos, como para Jesús, nuestro mayor orgullo, porque nadie nos gana a tener la Madre más linda que ha existido…

Y todo esto, con una gloria totalmente en exclusiva. Porque Inmaculada sólo hay una: María, la Madre de Dios y la Madre nuestra…

Poco después de definir el Papa Pío IX el dogma de la Inmaculada, un Doctor protestante alemán escribía un libro lleno de injurias contra la Virgen. Tantos ataques le dirigieron, que renunció a su cátedra de Berlín y hubo de emigrar a Norteamérica.

Durante el viaje, se levantó en el mar una terrible tempestad, con temporal que duró setenta y dos horas, y se dijo con mucho miedo:.

-¡Dios mío, veo que necesito obras buenas para salvarme!

Pero en la Universidad de Saint Luois, donde fue admitido, el Profesor no podía con los remordimientos de su conciencia, y renunció también a la cátedra.

Se instruye entonces debidamente, y abraza la Religión Católica en la Iglesia de

María de la Victoria, en la que el Profesor colocó una lápida con esta inscripción: A la

Virgen de la Victoria por la victoria que alcanzó sobre un hombre que antes la denigró.

Escribe después un libro sobre la Inmaculada, con esta dedicatoria: En alabanza de la

Inmaculada Concepción de la Virgen. Por uno que antes la ofendió.

La Virgen se vengó muy a su manera del que fue primero blasfemo y después un hijo humilde y amantísimo: de los ocho hijos del Profesor, a tres les alcanzó la gracia de consagrarse a Dios como sacerdotes en la Iglesia Católica (El Profesor Ed. Preuss, muerto en 19004)

Al saber un hecho como éste, me vienen ganas de preguntarme:

Si así se venga la Virgen de quien la ofendió con graves blasfemias contra su Concepción Inmaculada, ¿qué hará con los que se dedican —con los que nos dedicamos— a honrarla continuamente?…

Primer Domingo Adviento C - Lucas 21,25-36
Los Fieles Difuntos B, 2 de Noviembre