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¡El corazón! ¡Hay que ver lo que nos dice esta palabra! La pronunciamos continuamente. Dibujamos el corazón en cualquier papel, lo mandamos en una tarjeta y los enamorados lo pintan descaradamente en cualquier pared de la calle… No se nos caen de los labios expresiones como éstas: Te doy mi corazón… Mi corazón es tuyo…

¿Cómo estás, corazón?…

Gastamos humor con todas estas manifestaciones del amor y del cariño, pero lo hacemos precisamente porque el amor es muy serio y es lo más entrañado que llevamos en nuestro ser.

Esto no es una debilidad. Es la realidad más profunda del hombre, y carecer de amor, de afecto, de cariño, sería el mayor baldón y la mayor vergüenza en nuestras vidas. San Pablo se lo echa en cara a los paganos, cuando escribe a los de Roma: son unas personas sin corazón…

¿Y Jesús? ¿Qué piensa a todo esto Jesús?… Como Dios que es, Él conoce más que nadie el corazón que plasmó en la creación. Como hombre verdadero, Él tiene un corazón como el nuestro, y ha experimentado y sigue teniendo los mismos sentimientos que nosotros. Por eso Jesús acepta nuestra manera de hablar, igual que aceptó nuestra misma manera de ser. Y por eso nos dice en su Evangelio: ¡Aprended de mí, aprended de mi corazón bondadoso y humilde!

En el Calvario ha querido que su costado sea abierto por la lanza del soldado para dejar patente su Corazón, que nos mostrará después en la aparición famosa a Margarita María: ¡Mirad este corazón que tanto ha amado a los hombres!

Cuando así nos muestra su Corazón, parece decirnos Jesús con las palabras bíblicas: ¡Hijo mío, hija mía, dame tu corazón! Y sigue repitiendo hoy, como a los Apóstoles enla última Cena: ¡Permaneced en mi amor!…

No pueden extrañarnos nada estas expresiones en labios de Jesús. Hombre como nosotros, asume también nuestro lenguaje para hablar del amor, del suyo como del nuestro, y la palabra corazón tiene en sus labios el mismo sentido que le damos nosotros, cargado de ternura y de cariño inmensos. Y así, nos dice con palabras de Oseas en la Misa de hoy: Os traigo atados y bien amarrados con lazos de amor.

Y es que Jesús se sometió a ley más sagrada de la naturaleza, como es la ley del amor. El deseo más grande del hombre, varón o mujer, es el amar y ser amados. Correspondido el amor, trae la felicidad mayor que existe. Mientras que sabemos adónde lleva un amor frustrado y no correspondido.

Aquel joven se suicidó, pero antes dejó escrita una nota trágica: Me quito la vida, porque no hay quien me ame. Y como él, casi todos los suicidas son víctimas de unfracaso en el amor.

Por el contrario, una muchacha de familia rica se casó, contra la oposición decidida de los suyos, con un joven de pocos recursos. Vivía modestamente digamos que había bajado de categoría económica y social , pero pudo escribir a sus papás, que no la perdonaban: Mi marido trabaja fuerte y es muy honrado. Me ama mucho y yo lo quiero también cada vez más. No os figuráis lo feliz que soy.

¡Corazón! Le ley más honda de la naturaleza. El grito más fuerte del alma. La felicidad mayor…

Miramos ahora al Corazón de Jesús y nos preguntamos: Si Jesús se sujetó a todas las leyes del amor humano, ¿experimentó alguna vez el fracaso? ¿Y no sintió la felicidad del amor?…

Sí; Jesús experimentó lo que es la ingratitud, el olvido, el desamor. Aunque esto no le llevó, naturalmente, a cometer ningún disparate. Al revés, le estimulaba a amar cada vez más desinteresadamente, a darse por puro amor y nunca por calculado egoísmo.

Y gozó con el amor intenso del hogar, con la adhesión fiel de los discípulos, con el cariño más limpio de amigas entrañables, con la ternura de los niños. Todo lo cual le causaba una gran dicha, esa dicha que sólo el amor puede proporcionar.

¿Y hoy? Jesucristo sigue amando y es amado como nadie. El amor de Jesucristo a nosotros y el nuestro a Jesucristo lo expresó como ninguno, en un arrebato sublime, el apóstol San Pablo, cuando escribía: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? Nada ni nadie... Ni la espada entonces ni las balas ahora podrán arrancarnos de los brazos de Jesucristo por parte suya, ni por parte nuestra llegarán a vaciar nuestros corazones del amor que nosotros tenemos a nuestro adorado Salvador.

Si queremos entender a Jesucristo es necesario mirar a su Corazón. Sin su Corazón, sin su amor, es inexplicable la vida y la obra entera del Señor.

Sin amor, sin un infinito amor a los más pobres y desposeídos, imposible nacer en un establo.

Sin amor, imposible trabajar como un obrero cuando podía haber escogido una vida de burgués.

Sin amor, imposibles aquellos tres años de agotamiento para enseñarnos el camino de Dios.

Sin amor, imposible quedarse en la Eucaristía para siempre cuando los hombres lo echaban del mundo.

Sin un amor inmenso, imposible, ¡y tan imposible!, dejarse clavar y morir en una cruz.

Podemos seguir con la lista de los imposibles, y la vida de Jesús será un enigma si no damos con la fuente que es el amor, que es su Corazón. Pero si damos con el Corazón, entonces nos lo explicaremos todo y no habrá misterios ininteligibles. Porque el amor lo vence todo, lo consigue todo, lo realiza todo.

¡Señor Jesucristo, el del Corazón más grande y más bello!

Tú ves cómo la tierra se enfría cada vez más. ¿Por qué no le prendes fuego, para que arda por todos sus costados? Si tienes y te sobra tanto amor en tu Corazón, no permitas que ninguno de nosotros se muera por falta de calor. Que nos abrase el calor a Dios y a los hermanos. Hazlo Tú, ya que sólo Tú puedes apagar nuestra sed infinita de amor…

2°. Domingo Ordinario B - Juan 1,35-42
El Corpus Christi B