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¡Ya estamos en el Domingo de Ramos, un triunfo de Jesús! ¡Ya estamos en Semana Santa, la pasión y muerte del Señor! ¿Hacia dónde se van a dirigir hoy nuestras miradas? ¿Hacia las palmas que agitan muchos brazos mientras gritan desaforadamente las gargantas: Hosanna, hosanna?… ¿O se van a ir hacia las calles de Jerusalén para ver a un reo que lleva el madero a cuestas y sube al Calvario para ser colgado a la vista de todos?…

Pues tenemos que hacer las dos cosas. Contemplar un triunfo humilde, y ver al Hijo de Dios, al Siervo obediente, que se deja clavar en la cruz para la salvación del mundo.

Las lecturas que hoy escuchamos en la Iglesia son de una riqueza singular y van a guiar nuestros pensamientos y nuestros sentimientos a lo largo de esta Semana Santa, la Semana Mayor, la Semana más privilegiada del año…

Miramos primeramente a esos dos discípulos que están desatando un borrico en la ladera oriental de Jerusalén:

  • ¿Qué estáis haciendo? Ese borrico tiene dueño…
  • Sí, ya lo sabemos. Pero el Maestro lo necesita y estén seguros que lo va a devolver. Se lo llevan. Jesús, que lo ha dispuesto personalmente todo, acepta ser montado en la

cabalgadura, los discípulos tienden sus mantos en la calle, hacen las gentes lo mismo, y todos entran en la ciudad lanzando gritos estentóreos:

  • ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en lo más alto del cielo!….

No nos hagamos muchas ilusiones. Este triunfo es muy modesto. No tenía entonces nada que ver con la subida de los Emperadores del Impero al Capitolio de Roma, ni tenía tampoco ningún parecido con nuestros desfiles modernos. Allí no había reporteros que lanzasen la noticia al mundo, y todo quedaba reducido a un puñado de galileos que no preocupaban mucho a las autoridades romanas…

El Evangelio de Mateo se encarga de recordarnos la profecía:

  • Decid a Sión: mira cómo tu rey viene lleno de mansedumbre a ti, montado en un pollino, cría de una borrica de carga…

Jesús será siempre igual, tal como se describió a Sí mismo: manso y humilde de corazón.

No podía ser de otro modo, pues la profecía de Isaías nos lo describe como el Siervo y el Hijo obediente, que irá al sacrificio de la cruz, siendo inocente, en vez de nosotros, los culpables y merecedores del castigo de Dios.

La Pasión narrada por Marcos que leemos después nos hace bajar la cabeza, arranca lágrimas de nuestros ojos, y nos hace exclamar como al centurión pagano al ver expirar

  1. Jesús:
    1. ¡Verdaderamente, este  hombre era Hijo de Dios!…

¿Hijo de Dios, y ha sufrido tanto?…

¿Hijo de Dios, y lo rechazan tantos?…

¿Hijo de Dios, y lo abandonan hasta los suyos?…

¿Hijo de Dios, y lo meten en la tierra, lo encierran en un sepulcro para que no dé

miedo?…

¿Hijo de Dios, y sus enemigos sellan su tumba para que no se escape, para que no

aparezca más, para que no moleste en adelante, para que se pierda su memoria y no se

acuerde nadie más de Él?…

Estos eran los pensamientos de los hombres. Pero Dios tenía pensamientos muy

diferentes, como nos recuerda San Pablo en uno de los párrafos más bellos de sus cartas.

– ¡Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz!…

Cierto. Jesús no podía llegar más hondo en su dolor y en su humillación. Pero no podrá subir después más alto en su gloria. Porque Dios lo levantó hasta a lo más alto del Cielo, y le dio el nombre sobre todo nombre. Lo constituyó Señor. Le dio el dominio universal sobre los ángeles, sobre los hombres y sobre todo lo creado. De tal modo, que al nombre de Jesús se tiene que doblar toda rodilla, en el cielo, en la tierra, en el infierno, y toda lengua ha de proclamar que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre.

Éste es el Jesús que nos va a llenar la cabeza y el corazón en estos días santos.

El Jesús que hoy entra en Jerusalén con un triunfo muy humilde. Porque no trata de sembrar terror entre sus enemigos, sino de ganar los corazones de todos.

El Jesús de esta Semana Santa es el Jesús que padece y muere para salvarnos. Es el que con sus llagas, y no con palabras, está gritando al mundo cómo nos ama Dios y cómo nos ama Él, nuestro Redentor.

El triunfo de hoy, con Jesús montado en un borrico, y con nosotros batiendo palmas y entonando ¡hosannas y vivas!, es sólo el preámbulo y el anticipo del desfile final con la entrada en la Jerusalén celestial al final de los tiempos. ¡Aquel sí que será triunfo grande y que asombrará a todos!…

¡Señor Jesucristo!

No sabemos cómo van a celebrar esta Semana Santa muchos hermanos nuestros.

Algunos, quizá con la mejor de sus vacaciones…

Nosotros preferimos acompañarte en todos tus pasos. Esos pasos que nos van a herir los pies y que nos van a hacer llorar. Igual que nos van a arrancar gritos jubilosos durante tu entrada en Jerusalén y en tu Resurrección.

Tú nos vas a tener a tu lado, en tu dolor y en tu triunfo. Porque así nos tendrás también allá arriba, en los esplendores de tu Gloria.

Jueves Santo B
Quinto Domingo de Cuaresma B - Juan 12,22-33.