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¡Pentecostés!

Al pronunciar esta palabra nos vienen ganas de comenzar con aquella canción carismática: ¡Estamos de fiesta con Jesús, al Cielo queremos ir! Porque para esto nos manda hoy Jesús el Espíritu Santo: para que la vida de la Iglesia sea una fiesta continua con la presencia del Señor, y para que el Espíritu Santo complete la obra del Jesús Resucitado, llevándonos a todos a ese Cielo que es el término obligado de todo el misterio de la salvación.

¡Pentecostés! ¡Venida del Espíritu Santo! Fiesta de la asamblea cristiana, que hoy recibe la plenitud de la gracia y es empujada a llevar por todo el mundo el mensaje del Evangelio: ¡Jesús resucitó, Jesús está vivo, Jesús está en medio de nosotros, Jesús es nuestro Salvador!

No vemos a Jesús con los ojos de la carne, pero lo sentimos con certeza inequívoca por su Espíritu que se ha derramado en nuestros corazones. Hoy entendemos la palabra misteriosa de Jesús: Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy el Espíritu Santo no vendrá sobre vosotros. Pero, si yo me voy, os lo enviaré, os enseñará toda verdad y permanecerá siempre con vosotros.

Allá en el Sinaí se había congregado el pueblo de Israel al pie de la montaña para recibir, en medio de rayos, truenos aterradores y viento huracanado la ley de la alianza antigua, que inspiraba temor en el Dios soberano.

En el Pentecostés de hoy, entre viento impetuoso y en forma de lenguas de fuego, aparece el Espíritu Santo para sellar la Alianza del nuevo Israel de Dios, sin que infunda miedo alguno, sino con un sentimiento profundo de hijos, que exclamamos gozosos: ¡Padre nuestro!… La nueva ley no está escrita en tablas de piedra, dura e implacable,sino en el libro del corazón, que está hecho para el amor y es amor.

¿Nos hemos percatado de lo que sería nuestra fe sin la presencia y la acción del Espíritu Santo?

Sin el Espíritu Santo, Dios estaría lejano, lejano… allá en las alturas, y nosotros lo miraríamos con temor y como algo inalcanzable. Ahora, lo vemos aposentado amorosamente en nuestro corazón, como huésped, como padre y amigo.

Sin el Espíritu Santo, Cristo sería una figura histórica del pasado, aunque estuviera bien descrito en la Biblia, pero nos movería lo mismo que David o Alejandro Magno, y nadie daría por Él un centavo. Hoy, sin embargo, Jesucristo es alguien viviente, por el cual sabemos dar la vida si es preciso.

Sin el Espíritu Santo, el Evangelio y toda la Biblia sería letra muerta, apta únicamente para aprender verdades y cosas curiosas, pero no para entablar conversación amigable con Dios. Mientras que ahora, con el Espíritu Santo que nos ilumina y nos enciende, es manjar sabroso del alma.

Sin el Espíritu Santo, la Iglesia sería una organización magnífica, pero sin vida dentro, mientras que ahora, animada siempre por el Espíritu de Jesús, es un organismo admirable, que produce frutos abundantes de santidad y de apostolado.

Sin el Espíritu Santo en la Iglesia, la autoridad sería una dictadura, y ahora, por el contrario, es un servicio, un darse a los hermanos para que todos alcancen con seguridad la salvación.

Sin el Espíritu Santo, el apostolado sería un gritar desaforado por altoparlantes anunciando productos del comercio, a ver quién vende más… Sin embargo, ahora es una fuerza callada, pero poderosa, que lleva la luz a las almas, el calor a los corazones, y que rinde los hombres ante Jesucristo.

Sin el Espíritu Santo, el culto cristiano aparecería frío, muerto casi del todo, suma de ritos con poco valor. Sería un ceremonial carente de sentido. Mientras que ahora, con el Espíritu animando nuestras reuniones, rezamos con fervor, cantamos con entusiasmo, vivimos en torno al Altar la misma fe, participamos de la misma esperanza, nos animamos y nos amamos todos con el mismo amor de Dios.

Sin el Espíritu Santo en la Iglesia y dentro de cada uno de nosotros, ni sabríamos rezar ni esperaríamos la vida eterna. Por el contrario, ahora nuestros labios no se cierran nunca a la oración y no dejamos de gritar anhelantes: ¡Ven, Señor Jesús!…

¡Con qué alegría celebramos la solemnidad de Pentecostés! Con ella cerramos las fiestas pascuales. Pero, movidos del Espíritu, reemprendemos con renovada ilusión el

camino de la vida, ordinario, aburrido a veces, pesado en tantas ocasiones, aunque lo proseguimos con la certeza de que vamos con seguridad al encuentro del Señor.

El Espíritu Santo es el que nos dicta nuestra fe en Jesús resucitado.

El Espíritu Santo es quien nos hace dar testimonio de la presencia de Jesús en el mundo.

El Espíritu Santo es el que nos empuja a darnos a un apostolado ardiente.

El Espíritu Santo es quien nos coloca a cada uno en nuestro lugar propio dentro de la Iglesia.

El Espíritu Santo es el que nos santifica con la gracia y con sus dones.

El Espíritu Santo es quien nos hace producir frutos abundantes de vida eterna. Cuando gran parte del mundo se aleja cada vez más de Dios, el Espíritu Santo suscita con más abundancia almas selectísimas que llenan de esplendor a la Iglesia.

¡Oh Espíritu Santo, Espíritu Divino, Espíritu del Señor Jesús!

Te invocamos como Padre de los pobres. ¡Haznos ricos con tus dones abundantes! ¡Consolador bonísimo!, te llama la Iglesia con palabras de Jesús. ¡Alivia Tú todas nuestras penas!

Huésped dulce del alma, te ha invocado siempre la piedad cristiana. ¡Ven y vive en nosotros!

¡Espíritu Santo de Pentecostés! Sigue, sigue siempre llenándonos de tu gozo…

La Santísima Trinidad - B
Domingo Séptimo de Pascua B - Juan 17,11-19