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Empiezo con la historia de aquel joven paralítico que estaba en su silla de ruedas, siempre inmóvil, sin poder trabajar, porque apenas si podía servirse de los brazos para sostener y hojear algún libro, y un día le pregunta uno de los asiduos compañeros que nunca le abandonaron:

  • Oye, tú que lees la Biblia y rezas tanto, me contestarás sin tapujos: ¿qué es lo que más te llama la atención en Dios? No me dirás que no le conoces…
  • ¡Claro que le conozco! Me paso muchas horas pensando en Él y hablando con Él. Desde que tuve el accidente y estoy en esta silla, cuento con muchas horas para pensar, cosa que antes no podía hacer cuando estaba en la Universidad.
  • Mejor, así me darás la respuesta bien acertada.
  • Acertada o no, te la doy bien clara: lo que más me llama la atención de Dios es que nos ama.
  • Dices que NOS ama. Te pones el primero. ¿Tú también crees en el amor de un Dios que así te ha golpeado?…
  • Creo más que nunca. Y la prueba mayor es que yo le amo. Me sería imposible amarle si no me amara Él. Me pasa como a los niños de pecho. Ahí tienes a mi hermana con su bebé. Me lo trae, no le puedo alargar los brazos para acariciarle, y vieras las sonrisas que me brinda el chiquitín. Yo le sonrío, y él me devuelve otra sonrisa que no se paga con millones. Si por casualidad yo no le sonrío primero, él permanece indiferente del todo. Mi sobrinito de tan pocos meses se me ha convertido en mi mejor maestro. Yo le amo a Dios porque antes me ha amado Él. Dios me amó primero…

Seguía la conversación entre los dos amigos, pero nosotros habremos de dejar al estupendo joven universitario de la silla de ruedas después que, sin él pretenderlo, nos ha hecho el mejor comentario del Evangelio de este Domingo, aunque no lo hubiese leído antes.

Sabemos la escena. Nicodemo, un rabino muy ortodoxo, maestro de la Ley y miembro del sanedrín o asamblea de los judíos. Ha oído a Jesús, se ha convencido de su Persona, cree, pero tiene miedo a sus compañeros, y viene a visitar de escondidas al Maestro ya metida la noche:

  • Maestro, estamos convencidos de que tú vienes de Dios, pues de lo contrario no haría los milagros que haces.

Jesús le agradece la sinceridad, y se mete en el problema de la salvación:

  • ¿Recuerdas lo que hizo Moisés en el desierto, cuando lo de las serpientes venenosas? Por orden de Dios levantó en alto la serpiente de bronce, y todo el que la miraba después de haber sido picado por aquellas serpientes de veneno que parecía fuego, quedaba curado y no moría. Pues esto pasará conmigo: se me levantará de tierra, y el que me mire con fe se salvará.
  • ¿Tan fácil?…
  • Sí, porque Dios ha amado de tal manera al mundo que no ha dudado en entregarle su propio Hijo, para que quien crea en Él no muera. Se perderá y será condenado el que no crea en el Unigénito Hijo de Dios. Porque ha venido a él la luz, y la ha rechazado.

No seguimos con esta página incomparable del Evangelio de Juan. Con lo que nos ha dicho Jesús tenemos bastante para abismarnos en la bondad de Dios.

Y nos vamos a fijar, solamente, en la palabra que resumía la reflexión del joven universitario: ¡Dios ha amado al mundo! Dios nos ama…, Dios me ama... Así, hasta llegar a mí en particular, como si no tuviera otro a quien prodigar su sonrisa y a darle su corazón divino…

Al hablar del amor de Dios en la Iglesia se nos ha inculcado siempre el amor que nosotros le debemos tener a Él. Se nos ha enseñado hasta la saciedad el primer mandamiento: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todas tus fuerzas, con todo tu ser. ¡Bien! ¡Muy bien!… Pero se nos hablaba muy pocodel amor que Dios nos ha tenido a nosotros, y hemos tenido muy olvidada la palabra del apóstol San Juan: ¡Dios nos amó primero! Sin la sonrisa avanzada de Él, no hubiéramos sido capaces de sonreírle nosotros.

Hoy se está siguiendo también otra táctica, que produce mucho fruto en las almas. Se nos dice y se nos repite, como un slogan que afortunadamente se difunde cada vez más, el ¡Dios te ama!… Y este lema penetra, hace pensar, da confianza, aleja de nosotros el temor, nos hace mirar a Dios como nuestro Padre y no como el juez severo o el policía de la porra…

Porque nos ama Dios, nos creó. Y nos amó antes de que existiéramos.

Porque nos ama, nos mandó su Hijo hecho hombre y nacido de María: para ser uno más de nosotros.

Porque nos amó, impuso a su Hijo el deber de morir en la Cruz.

Porque nos ama, nos ha metido dentro su vida divina haciéndonos hijos suyos.

Porque nos ama, nos ofrece y nos da su Cielo, y sueña con vernos allá seguros.

Si alguien se pierde no es porque Dios no le ame ni haga todo lo que Dios puede hacer para salvarlo. Quien se pierde es porque rechaza la luz y la vida que Dios le brinda con generosidad total.

¡Dios me ama!

¡Gracias, mi Señor Jesucristo, porque me lo has enseñado de una manera tan contundente!…

¡Con qué seguridad puedo caminar por la vida, sabiendo que Dios me lleva de su mano!..

Si Dios me prodiga su sonrisa sin cesar, porque me ama, ¿cómo no voy a sonreír y amar yo también a mi Dios?…

Quinto Domingo de Cuaresma B - Juan 12,22-33.
Tercer Domingo de Cuaresma B - Marcos 2,13-25.