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Al conmemorar en este domingo el Bautismo del Señor en el Jordán, tal como nos lo narran los cuatro Evangelios, comienzo con una anécdota ocurrida, hace ya bastantes años, en una de nuestras ciudades.

Llamó mucho la atención la entrada de aquel sacerdote en la parroquia. Muy joven todavía, llegaba con fama bien merecida de hombre completo. Presencia agradable. Educación fina, heredada de una familia con buena posición social. Se había graduado brillantemente en la Universidad, y traía, sobre todo, un gran caudal de virtud. El Obispo estaba orgulloso de él, y había dicho discretamente a los colaboradores más distinguidos:

  • Os doy lo mejor que tengo. Cuidadlo bien y colaborad con él en el ministerio. Nada extraño que su llegada a la parroquia suscitara curiosidad y expectación. Al

tomar posesión de ella en la primera Misa dominical, el Presidente de la Junta Parroquial le dijo en nombre de todos los feligreses:

  • Estamos a su disposición. Mande, que entre usted y nosotros queremos ofrecer la imagen más cabal de una Iglesia enteramente de Jesucristo.

El nuevo Párroco, sereno, pero con emoción, se limitó a contestar:

  • Yo no mando. Yo solamente ruego y pido. Y mi único deseo es que todos nosotros, yo y ustedes, vivamos nuestro Bautismo.

¡No dijo nada el buen cura! ¡Vivir el Bautismo!… La vida cristiana no es otra cosa que esto: desarrollar como hijos de Dios la vida divina que se nos infundió cuando fuimos bautizados. El nuevo Párroco implantó la costumbre de celebrar el Bautismo con solemnidad inusitada. Una preparación esmeradísima de los papás y padrinos. La renovación de las Promesas del Bautismo se repetía en las fiestas principales, sin esperar al día de Pascua. Las Confesiones las tomaba como una continuación del Bautismo que había limpiado todo pecado. Como un detalle, a veces prendía durante la homilía el gran cirio pascual, para preguntar después a todos:

  • ¿Cómo va vuestra ejemplaridad ante los de dentro y los de fuera? ¿Ven todos vuestras buenas obras y glorifican al Padre celestial? ¿Se mantiene viva vuestra fe, o apagáis de cuando en cuando la vela que se os entregó prendida?… La vestidura blanca, ¿se mantiene limpia o se mancha algunas veces?… ¿Está contento el Espíritu Santo dentro de la casa de la cual tomó posesión aquel día? ¿ya reciben la Comunión con toda la frecuencia posible para acrecentar aquella vida divina del Bautismo?…

Así un domingo y otro domingo.

El sacerdote ejemplar, que se contentaba solamente con que en su Parroquia se viviera el Bautismo, pudo ejercer su ministerio durante pocos años por desgracia, pues una extraña enfermedad le arrebataba la vida prematuramente. Pero todos sus feligreses habían visto cómo la vida cristiana se había desarrollado con una intensidad nunca vista anteriormente en la Parroquia.

Con este el ejemplo del sacerdote bueno ha quedado prácticamente dicho todo lo que podemos comentar sobre el Evangelio de hoy.

Marcos es muy esquemático, y nos dice cómo Jesús, al salir del Jordán, vio rasgarse el cielo sobre su cabeza y escuchar la voz del Padre, que le hablaba desde la nube, mientras el Espíritu Santo aparecía en forma de paloma:

– Tú eres mi Hijo queridísimo, en quien tengo todas mis delicias.

Esta es la expresión que Dios puede dirigir también sobre cada uno de los bautizados. Viéndonos inundados de su gracia, con el Espíritu Santo dentro de nosotros, y hechos hijos suyos en su Hijo Jesucristo, nuestro Padre Dios está orgulloso de esos hijos e hijas que salieron tan bellos de las aguas bautismales

Durante mucho tiempo ocurrió en la Iglesia lo que nunca debiera haber pasado: el olvido en que se tenía de hecho el Bautismo. Se bautizaban todos, eso sí. Pero no se le daba al Bautismo la importancia suma que tiene.

El día del Bautismo es el día de los días para un cristiano. Porque en él ha vivido el momento cumbre de su vida. Momento sólo comparable al del día de la muerte, cuando el Bautismo llegará a su consumación al cambiarse en Gloria toda la Gracia que se nos infundió con el Sacramento.

Hoy se tiene cada vez más conciencia del Bautismo. Las parroquias lo preparan mucho mejor. Los sacerdotes predican de él con mucha frecuencia.

Especialmente, nosotros los laicos nos hemos revalorizado mucho dentro de la Iglesia, al darnos cuenta de que nuestra mayor dignidad nos viene precisamente de que somos unos bautizados, miembros de Cristo, hijos de Dios, morada del Espíritu Santo y herederos de la vida eterna. Y hay movimientos en la Iglesia que tienen como objetivo específico el recorrer con intensidad el Camino Catecumenal, que fue una vez preparación y ahora es reafirmación de la vida bautismal.

¡Señor Jesucristo!

Al salir Tú del Jordán manifestó el Espíritu Santo cómo Tú eras el Profeta que iba a anunciar el Evangelio de Dios, el único Sacerdote y Víctima que aceptaría el Padre para la salvación del mundo, y el rey Mesías esperado como Salvador.

Y esto mismo has hecho de nosotros con el Bautismo. Unos profetas anunciadores y testigos del Evangelio; unos sacerdotes que ofrecemos a Dios el culto santo; unos reyes en cuyas manos pones el mundo para ayudarte a salvarlo. ¿Sabemos cumplir con nuestra excelsa misión de bautizados?…

Miércoles de Ceniza B.
La Epifanía del Señor B - Mateo 2,1-12