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Son muchas, muchas las veces, cuando leemos el Evangelio, que el relato de las cosas del Señor nos produce sin más una impresión de alegría. Hoy, nos va a pasar lo contrario. Lo leemos, y sentimos la misma preocupación que embargó a Jesús al ver la dureza de sus enemigos.

Era sábado. Día de descanso total. Jesús iba de camino con los doce a través de los campos, y todos sintieron hambre. Conforme a la ley, podían agarrar espigas sin adentrarse en el sembrado, para tomar sólo las que estaban a mano, desgranarlas, y comerse el trigo. Así lo estaban haciendo los buenos discípulos de Jesús, pero lo observan los celosos fariseos, y se encaran con el Maestro:

  • ¿Te das cuenta de lo que hacen los tuyos, coger espigas y desgranarlas en sábado? ¡Es un trabajo que no se puede hacer en el día sagrado del descanso!…

La hipocresía llega al colmo en un caso como éste. Por los visto, ellos ayunaban el sábado, puesto que a sus mujeres les costaba más trabajo el cocinar que a los discípulos de Jesús desgranar unas espigas…

Jesús les contesta resuelto y enérgico con unas palabras de grandes consecuencias:

  • El sábado está hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. Además, yo soy dueño también de sábado.

No acaba aquí el incidente. Ese mismo día, o en otro sábado próximo, entra Jesús en la sinagoga y se pone a enseñar, como siempre. Estaba presente entre el público un pobre hombre que tenía seca la mano, inútil para el trabajo y para tantos menesteres de la vida. Los fariseos están al acecho a ver si Jesús tiene la osadía de curar en sábado. No se equivocaban. A Jesús le da lástima aquel disminuido físico, y le llama con decisión:

– ¡Ponte aquí en el medio!

Los fariseos empiezan a ponerse furiosos y Jesús se entristece ante aquella actitud obstinada. Pero acepta el reto, y pregunta a sus adversarios:

-¿Qué os parece? Es sábado. Pero, ¿se puede hacer el bien en el sábado o hacer el mal? ¿salvar la vida o quitar la vida?

Los fariseos callan, recomidos por dentro. Y Jesús se pone más triste aún, mientras dirige a todos en torno una mirada de indignación, al ver tanta dureza en los corazones. Pero se dirige al enfermo:

-¡Extiende tu mano!

La mano queda curada,    y los escandalizados fariseos salen resueltos a acabar con Jesús…

El sábado, instituido por Dios para bien del hombre, había sido deformado tanto y tanto por los fariseos que se había convertido en una carga insoportable más que en una bendición.

Nosotros nos fijamos ahora solamente en la palabra extraordinaria de Jesús: El sábado ha sido instituido para el hombre, y no el hombre para el sábado. Es decir, elsábado es una ley dictada para el bien.

Para nosotros, cristianos, el día del descanso es el día en que resucitó el Señor, el DOMINGO, instituido por los mismos apóstoles, con la autoridad de Jesús, en sustitución del sábado de la antigua Ley.

¿Qué podemos decir del domingo? El domingo es una ley de libertad.

En la mentalidad judía, y conforme en todo con la Biblia, el sábado era día de descanso porque Dios descansó de la creación el séptimo día. Después, Israel verá otro motivo más profundo: el sábado era el día de la liberación del trabajo esclavizante a que les sometió Egipto.

En la mentalidad cristiana, el domingo es el día del Señor, el del triunfo de Jesús sobre la muerte. Para nosotros, los redimidos, es el día de la liberación de la muerte también: la muerte del pecado y la muerte de la condenación. Jesús, con su Resurrección, nos ha hecho libres para siempre. ¡Y esta liberación hay que celebrarla cada semana guardando el descanso en un día tan privilegiado!

Pero, ¿celebramos modernamente el domingo con espíritu cristiano? Es una pena que el domingo haya perdido en muchos lugares el carácter religioso que Dios y la Iglesia le imprimieron desde el principio.

Se guarda, a lo más, el descanso. Pero no se observa el culto que hace del domingo un día sagrado. En muchas partes, sí. ¡Hay que ver cómo se llenan las iglesias y qué filas forman los fieles para la recibir la Comunión! Con ello, las familias se llenan de todas las bendiciones al constituir a Dios como centro del domingo, día que les resulta feliz en todos los sentidos.

Nos cuentan muchos misioneros que en las jóvenes Iglesias de Asia y Africa el culto de los domingos se celebra sin prisa alguna. Parece que no corren las horas. La celebración de la fe, la plegaria y el canto constituyen las delicias de los fieles. Son jóvenes discípulos que enseñan a viejos maestros…

Observar el domingo es aportar una inyección de vida a la propia salud, que no resiste un trabajo sin el descanso debido.

Observar el domingo es alimentar la fe con el culto cristiano, que en este día nos brinda en abundancia la escucha de la Palabra y el alimento del Cuerpo del Señor.

Observar el domingo es contribuir a la edificación del Pueblo de Dios, que se une más en la oración y en la caridad que en el estadio o en las salas de diversión.

El deporte está muy bien el domingo. La excursión está muy bien el domingo. Una diversión honesta está muy bien el domingo.

Pero el domingo resulta completo cuando, a todo eso que está muy bien, se le añade lo primero de todo, lo que no puede faltar nunca, como es la participación en la Eucaristía, fuente de toda la vida cristiana y seguro total para la vida sin fin en el descanso eterno dentro del seno de Dios…

10°. Domingo Ordinario B - Marcos 3,20-35
8°. Domingo Ordinario B - Marcos 2,18-22