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Pocas páginas habrá en la Biblia —acaso ninguna— que superen en belleza a la del Evangelio   de  Lucas   cuando  nos   describe   la   Anunciación   del  Angela Maríayla Encarnación del Hijo de Dios en su seno bendito.

Es una escena incomparable, ensalzada por poetas, músicos, pintores, que encuentran en ella una fuente inagotable de inspiración. Quien dude de ello, que se lo pregunte a Schubert cuando compone el Ave María o a Fray Angélico que pinta su cuadro cautivador…

La Iglesia la propone a nuestra consideración tantas y tantas veces, que parece no se cansa de repetirla.

El ángel Gabriel que es enviado a María, la muchachita más preciosa que ha existido…

Un saludo que no ha escuchado jamás mujer alguna: ¡Salve, la llena de gracia! ¡Bendita entre todas las mujeres!..

Una propuesta inconcebible: Dios se quiere hacer hombre en tu seno. ¿Aceptas ser su madre?…

Una dificultad solucionada, ¡y de qué manera!: ¡Tranquila, que permanecerás virgen! Todo será obra de Dios…

Una respuesta de generosidad fecundísima: ¡Sí! Aquí está la esclavita del Señor…

Un resolverse todo en el acontecimiento más grandioso que ha podido idear el mismo Dios: Y el Verbo se hizo hombre, y habitó entre nosotros…

La tierra se ha convertido de repente en un cielo, y el cielo se ha abierto para recibir a todos los hijos de la tierra… ¡Dios con nosotros! ¡Dios encerrado en el seno bendito de una mujer! ¡Dios que se hace hombre para que el hombre llegue a ser Dios!… ¡El hombre que, por María, le da a Dios la naturaleza humana, y Dios que, por el Hijo de María, da al hombre la naturaleza de Dios!…

El Espíritu Santo se ha empeñado en hacer una maravilla de maravillas, ¡y en verdad que lo ha sabido realizar bien!…

Esto es lo que celebramos en esta fiesta, llamada desde siempre La Anunciación del Angel a María, o bien La Encarnación del Hijo de Dios.

Conforme a una costumbre hermosa como pocas, la recordamos hasta tres veces al día rezando el Angelus —El ángel del Señor anunció a María—, repetido sin que nuestros labios se cansen nunca…

Si pasamos ahora de estos entusiasmos tan legítimos a la consideración de lo que este hecho supone en los planes salvíficos de Dios, no sabemos ni por dónde empezar ni por dónde acabar, porque nos metemos en un abismo insondable.

El hombre, por el pecado, se ha perdido, y perdido está para siempre. ¿Permitirá Dios semejante desgracia?… Su amor no lo consiente, y para realizar la salvación del hombre pecador quiere meterse en medio de esos pecadores que somos nosotros.

El demonio se rió de Dios en el paraíso y se adueñó de la tierra. Ahora Dios le presenta batalla y veremos a ver quién de los dos la gana…

Para vencer, Dios no crea un ejército con buenos estrategas a los que manda lejos, quedándose Él tranquilo en el cuartel. Dios hace lo que aquel genio de la guerra que fue Napoleón. No quería tener palacio ni casa en las ciudades vecinas, sino que compartía plenamente la vida de sus soldados plantando entre ellos su tienda de campaña. Así también, en la guerra contra Satanás, un día vencedor, el General en Jefe será Dios mismo, y plantará su tienda en medio del mismo campamento. Con la Encarnación del Hijo de Dios se produce el estallido de la guerra. Veremos quién será el triunfador definitivo…

Desde el paraíso estaba pendiente la promesa: Tú, serpiente maldita, escúchame: pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya, y ésta te machacará la cabeza…

Dios cumple fielmente. El Cristo prometido, descendiente de David, viene al mundo por María, esposa de José, descendiente legítimo del aquel rey…

Llega el Hijo de Dios al mundo como don y regalo sólo de Dios. Por eso, conforme a la profecía de Isaías, nace de una mujer virgen. El hombre no ha tenido que hacer aquí nada. Es obra exclusiva de Dios. La salvación se deberá sólo a la bondad de Dios y no a obras nuestras, que eran únicamente pecado.

Esta condescendencia inmensa de Dios estaba condicionada a la aceptación libre del hombre. Y María —¡a ver cuando se lo agradeceremos lo suficiente!— pronuncia por todos su SI generoso, que nos trae hasta la tierra al Dios hecho Hombre en su seno virginal y bendito.

En la Historia de la Iglesia antigua tenemos un hecho muy singular, con aquel esclavo de los bárbaros, al que sus opresores preguntaban con extrañeza: – Pero, ¿quién eres tú? ¿Eres de veras un esclavo?…

Hasta que se supo la verdad entera. Una buena mujer, viuda, tenía un hijo que cayó en manos de los vándalos. Y la pobre acudió al Obispo: –¿No me puede dar dinero para recobrar a mi hijo, que está en venta? Paulino le contesta conmovido: Señora, no tengo nada de dinero. Lo único que le puedo dar es mi persona. Si me aceptan por esclavo en vez de su hijo, estoy dispuesto al canje.

El caso es que el Obispo de Nola se ofreció como esclavo y el muchacho de la viuda volvió libre con su madre… Cuando al cabo del tiempo se descubrió el hecho, el rey de los vándalos ponía en libertad al Obispo con otros esclavos cristianos…

¿No es esto lo que hizo el Hijo de Dios con nosotros? Toma la forma de esclavo y nos salva…

La  Anunciación  del  Angel  a  María    y  la  Encarnación  del  Hijo  de  Dios,  no  son únicamente un hecho incomparable para inspirar el arte. Son la maravilla más grande del amor de un Dios…

San Juan Bautista B, 24 de Junio
San José B, 19 de Marzo