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Este Domingo nos trae uno de esos Evangelios que llegan a lo más hondo del alma, porque nos descubren como pocos el Corazón de Cristo. ¿Qué son para Jesús los apóstoles que ha elegido? ¿Cómo contempla Jesús a las turbas que le siguen? ¿Qué sentimientos le inspiran? ¿Qué quiere hacer por ellas?… Sin dramatismos, nos traza Marcos en pocas líneas un cuadro conmovedor.

Los Doce acaban de llegar de la misión que Jesús les había encomendado. Regresan contentos, pues en nombre del querido Maestro han hecho maravillas por los pueblos y aldeas.

Pero están cansados. Porque no habían ido, por cierto, a un viaje de placer. Y Jesús, que los ama entrañablemente, se preocupa por su salud, quiere su bienestar, y les dice:

– Retirémonos a un lugar solitario, y descansad un poco, pues se os ve agotados.

Se sienten felices, pues van a gozar tranquilos de la compañía y de las enseñanzas de Señor. Y es que la gente no les dejaba en paz. Eran tantos los que iban y venían, que los apóstoles, como Jesús, no tenían tiempo ni para comer…

(Entre paréntesis: no tiene precio este detalle de Marcos, que reproduce las palabras de Pedro, testigo presencial de todo. Eso de que no encontraban ni un momento para comer, resulta para nosotros una delicia el oírlo, por más que al Señor y a los Doce les hiciera pasar ratos bien angustiosos…)

Así las cosas, quieren los apóstoles tomarse el descanso que el Señor les recomienda y Él mismo necesita tanto. Se montan en la barca, atraviesan el lago, ¡y a descansar donde nadie dé con ellos!…

Pero poco les va a durar el gozo. Al verlos marchar, la gente se lo sospechó todo. Y a pie, rodeando el lago, dieron con su paradero. Corre la noticia por toda la región, y una multitud enorme vino a rodear a los fugitivos.

Jesús, que soñaba pasar unos días de descanso con los apóstoles, se ve obligado a decirse: ¡Qué vamos a hacer!… Pero Marcos nos viene otra vez con una observación de oro:

  • Al contemplar aquel espectáculo, Jesús se conmovió y se llenó de compasión por ellos, porque estaban como ovejas sin pastor…

Este ver Jesús a las gentes como ovejas sin pastor ha penetrado en el alma de la Iglesia. Igual que hace dos mil años, no hay corazón que no se conmueva como aquel día el corazón del Señor.

Y este sentimiento es el que más generosidad ha arrancado en muchos valientes, que se han lanzado al mundo a trabajar por los hermanos que se hallan tan solos… Aunque a los voluntarios que quieren trabajar de veras les pasará siempre como a Jesús y los apóstoles: que no tendrán tiempo ni de comer, es decir, se abrazarán con toda suerte de penalidades y renuncias a trueque de darse a los demás para su salvación.

Pero vayamos con orden en nuestras ideas.

Todos sabemos lo que era el pastoreo para el pueblo de Israel. Los grandes Patriarcas, desde Abraham hasta Jacob y después hasta el rey David, habían sido pastores. Y la imagen del pastor bueno estaba muy metida en la mentalidad del pueblo. Ante el descuido de muchos sacerdotes del templo, de profetas falsos y de maestros engañosos, que no hacían sino explotar al pueblo y vivir a costa de los pobres, Dios prometió suscitar un gran pastor, en la línea del rey David, que apacentaría al pueblo conforme al corazón de Dios.

Ahora había llegado con Jesús el momento preciso.

Jesús, como todo buen pastor, está hecho de una ternura sin igual hacia sus corderos y sus ovejas, igual que de una fuerza y una fiereza tremendas cuando se trata de defender al rebaño, por el que no duda en entregar la vida.

Esta lección de hoy ante las turbas, que no dejan parar a Jesús, y que privan a los apóstoles de un descanso más que necesario, no se olvidará jamás en la Iglesia.

Los ejemplos nos entran afortunadamente por los ojos.

Uno muy conocido en la historia moderna de la Iglesia: San Juan Bautista Vianney. Es destinado por el obispo como Párroco a una aldea pequeña de sólo cuatrocientos habitantes. Se da al ministerio de las Confesiones. Empieza a correr su fama de sacerdote santo. Y llegará a atender en el confesonario a más de cien mil personas al año, que le llegan de toda Francia y hasta de América. Con más de dieciocho horas diarias en ese ministerio tan duro, las seis horas libres las tiene que dividir entre la oración —varias de esas seis horas—, dormir por la noche —¿cuánto rato? —, y comer alguna papa cocida… Y así por muchos años. Tan cansado siempre, que un día, rendido del todo, dijo: ¡Estos pobres pecadores terminarán por acabar con este pobre pecador!…

Y como éste ejemplo tan preclaro, tantos y tantos apóstoles, hombres y mujeres en la Iglesia. En nuestros días hemos visto y admirado a la Madre Teresa de Calcuta. A pastores que han expuesto y dado su vida conscientemente por las ovejas más necesitadas y abandonadas, como en nuestra América Monseñor Romero. O a un Juan Pablo II, el Papa mártir, entregado a la Iglesia en medio de tanto sufrimiento…

Todos en la Iglesia somos solidarios de esta solicitud de nuestros pastores. No los queremos dejar solos en las fatigas de su misión.

Queremos hacer realidad lo que cantamos muchas veces al Señor, el Buen Pastor, que nos invita a trabajar con Él por nuestros hermanos: Mi trabajo que a otros descanse, amor que quiera seguir amando…

Hoy como ayer, el Corazón del Salvador sigue conmovido ante las turbas necesitadas. Y nuestro corazón sabe sintonizar con el Corazón de Jesucristo…

17°. Domingo Ordinario B - Juan 6,1-15
15°. Domingo Ordinario B - Marcos 6,7-13