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En la Ultima Cena, cuando ya Judas se había marchado para consumar su traición, Jesús se desborda de amor a los discípulos. Es todo un abrirse el Corazón de Jesús, y es desahogarse con unos acentos nunca expresados por lengua humana.

Jesús —lo vemos por el Evangelio de este día— se da cuenta de la preocupación que están viviendo los apóstoles. Y les dice:

  • Voy a rogar al Padre que os mande otro Consolador, el Espíritu Santo, el Espíritu de la verdad, que permanecerá siempre con vosotros… Además, yo no os voy a dejar huérfanos. Volveré… Vosotros estaréis en mí, y yo en vosotros, igual que el Padre está en mí y yo en él… ¡Y si vierais cómo os ama el Padre, porque me amáis a mí!… Y yo también os amaré y me manifestaré a vosotros…

Si nos ponemos a analizar estas expresiones y promesas de Jesús, nos quedamos pasmados de la riqueza espiritual que encierran.

Empieza por prometernos el Espíritu Santo, al que hoy amamos tanto: ¡El Espíritu Santo, que el Padre nos va a enviar en nombre de Jesús!

Dios lo hace todo grande. Y sus regalos no pueden ser mayores, porque da todo lo que tiene.

  • Primero, el Padre nos ha dado todas las cosas con una creación espléndida: todo es nuestro…
  • Después, viéndonos en la culpa y perdidos sin remedio, no nos quiere salvar de cualquier manera, y piensa en darnos lo más entrañado que tiene: su Hijo, que se hace hombre en el seno de María, y nos dice:

– ¡Tomadlo, vuestro es!

  • Ahora, cuando Jesús haya muerto y resucitado, ¿qué le queda a Dios? Se nos ha dado el Padre, se nos ha dado el Hijo, pero queda en el seno de la Santísima Trinidad esa Persona tan querida, el Espíritu Santo, el Espíritu de amor, y nos dice Dios también:

– ¡Tomadlo, es lo último que me queda! Después, ya no podré daros nada más, porque ya no me queda nada… El Espíritu Santo será vuestro gran Abogado, vuestro más íntimo Consolador, y os enseñará toda la verdad...

Y Jesús, ¿se irá para siempre? No. Su palabra es muy firme:

  • No os dejaré huérfanos, porque volveré a vosotros. ¿Es cierto que Jesús no nos ha dejado solos?…

En la Iglesia, a partir de la Ascensión y de Pentecostés, estamos muy seguros de la

presencia de Jesús entre nosotros.

No lo ven nuestros ojos, pero lo adivina continuamente nuestra fe.

En lo íntimo del corazón; en la asamblea cristiana cuando nos reunimos en su nombre; en los hermanos que nos rodean, especialmente en los pobres y enfermos; en la Eucaristía sobre todo, donde lo comemos y bebemos en la realidad de su Cuerpo y de su Sangre…

¡Estamos siempre tan cerca de Jesús!…

Una norteamericana se hallaba en Irlanda, y lloraba porque se encontraba sola, muy sola en Europa. La ve tan triste aquel obrero santo, Mateo Talbot, y le consuela:

  • ¿Cómo puede decir que está sola, si tiene siempre consigo a Jesús en el Santísimo Sacramento?…

Y le podía haber añadido:

  • ¡Y también dentro de usted misma! Mírelo con los ojos de la fe y el amor, y le aseguro que lo hallará siempre…

Pero, al final, añade Jesús unas palabras que son para volvernos locos de felicidad, si es que tenemos algo de sensibilidad sobre el amor.

En el amor, tenemos dos necesidades: la de amar y la de ser amados.

Amamos con todo nuestro ser, ¡y hay que ver lo que amamos cuando queremos amar y sentimos el amor!

Pero es mucho mayor nuestra capacidad de ser amados. El corazón no se sacia nunca con el amor. Cuanto más amada es una persona, más amada quiere ser. ¿Y por quién queremos ser amados? No hay más que mirar lo que significa para el hombre una mujer…, y lo que para una mujer significa el hombre…

Sin embargo, hay un amante que sobrepasa a todos los amadores juntos: es Dios.

¿Sabemos lo que significa ser amados por Dios? ¿Y queremos que Dios nos ame y que el amor de Dios a nosotros aumente más y más?… Pues, escuchemos lo que nos dice Jesús, y tenemos para enloquecer de dicha:

  • Quien me ama, será amado de mi Padre. Y lo vuelve a repetir después: El Padre os ama porque me habéis amado a mí.

¿Nos damos cuenta de estas palabras? ¿De modo que si yo digo a Jesús: Te quiero, el Padre se vuelca sobre mí para amarme con todo su poder de Dios?… ¿Y yo, ¡yo!, atraigo a mí el corazón de Dios porque amo a Jesús?…

Entonces, ¡a amar a Jesús cuanto más y más, mejor! ¡A decirle mil veces; Te quiero! Y a estar al tanto con lo que nos acaba de decir el mismo Jesús: Quien me ama, guardará mis mandamientos. Pero, ¿qué significan esos mandamientos, si son la condición del amor?…

¡Señor Jesús! ¡Qué premio que nos da el Padre porque te amamos a ti! Te amamos con el Espíritu Santo que se ha derramado en nuestro corazón. Y nos pasma la perspectiva que nos ofrece el Padre porque te queremos a ti: ¡ser amados nada menos que por Dios, y esto por toda una eternidad!…

No suele celebrarse este Domingo, sustituido por la Ascensión.

Vale la pena lanzar este mensaje dominical otro día…

Séptimo Domingo de Pascua A - Juan 17,1-11
Quinto Domingo de Pascua A - Juan 14,1-12