Ciclo A

Segundo Domingo de Adviento A – Mateo 3, 1-12.

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Es fácil adivinar, cuando leemos el Evangelio de este Domingo, la revolución que se armó en las márgenes del Jordán. Juan el Bautista no se las andaba con chiquitas, como decimos.

Por una parte, era todo bondad, reflejo de la bondad del Dios que viene a salvarnos, y anunciaba con júbilo:

– ¡Volveos a Dios, que el Reino de los Cielos ya está cerca!

Por otra parte, esta bondad y promesa jubilosa se convertían en amenaza grave, al ver a los fariseos hipócritas:

  • ¡Raza de víboras! ¿Pensáis que os vais a escapar del castigo que os viene encima? No vayáis diciendo por ahí que sois hijos de Abraham, pues Dios es capaz de sacar de estas piedras nuevos hijos de Abraham. O el árbol produce buenos frutos, o el machete lo corta de un solo golpe…

Se dirige después a todos, y les dice:

  • ¡A convertirse! Porque ya viene quien os va a bautizar con Espíritu Santo.

Unos, los buenos, gozan y aplauden: ¡Gracias a Dios que al fin surge un profeta en

Israel!…

Otros, los fariseos de siempre, se enfurecen, y se conjuran ya secretamente: ¡Un día u

otro la va pagar éste!…

Y nosotros nos preguntamos: ¿Ha pasado de moda el hablar de Juan?… No, no ha pasado de moda. Hoy la Iglesia nos repite el mismo mensaje, porque es perenne y vale para todos los tiempos, hasta que Jesucristo vuelva…

Este Evangelio se resume en puntos muy claros, muy concretos.

Es necesario decidirse y convertirse de verdad. Porque se puede estar bautizados e ir a Misa de cuando en cuando, o sea, pertenecer a la Iglesia, y no ser en realidad de la Iglesia. Era la confianza temeraria de los fariseos: ¡Somos hijos de Abraham, somos ciudadanos del pueblo elegido, y la salvación la tenemos segura!…

Hoy vemos esto en grandes sectores de naciones antes muy cristianas y ahora alejadas de Dios, mientras que los pueblos africanos y asiáticos se van abriendo a la fe, donde la Iglesia florece de manera admirable y esperanzadora.

Y nosotros, ¿dejaremos que nuestra América querida pierda o mengüe su fe católica por apatía nuestra, y poniendo en peligro nuestra propia salvación?

Al pedirnos Juan ¾y hoy la Iglesia¾ una conversión sincera, hemos de mirar el pecado más grave de la sociedad moderna, para no caer en él o salir inmediatamente de sus abismos si es que hemos empezado a declinar.

Este pecado no es otro que el desinterés por Dios. Cuando Dios ya no tiene importancia en la vida, no hay nada que hacer.

¡Por favor! Que Dios nos siga interesando.

Que Dios sea lo primero.

Que la oración no se caiga de nuestros labios.

Que pensemos en nuestro fin, pues no tenemos en el mundo una ciudad permanente,

sino que vamos en busca de otra futura, construida por Dios para sus hijos fieles…

Todo es cuestión de salir con gozo al encuentro del Señor, que viene a buscarnos con el mayor regalo del Cielo, como es el Espíritu Santo, derramado en nuestros corazones por el Bautismo.

El Espíritu Santo nos lleva a Jesucristo y nos hace encontrarnos con Él de una manera viva.

No es lo mismo conocer a una persona que amarla y poseerla. Podemos conocer a una muchacha estupenda y suspirar locamente por ella, ¿pero será por eso nuestra?… Se puede soñar en el príncipe azul que se conoció un día, ¿pero significa que todo va a parar en un matrimonio de cuento de hadas?…

Esto puede pasar con Jesucristo. Conocerlo, admirarlo, pero… dejar para otros más valientes el seguirlo. No; no se trata de esto. Lo que interesa es que Jesucristo sea alguien en nuestra vida.

Que lo tratemos con intimidad de amigos.

Que sigamos sus pisadas por caminos a veces escabrosos.

Que estemos con Jesucristo por las buenas y por las malas, por las duras y las maduras…, como expresan nuestros dichos populares.

Con Jesucristo nuestro, ¿quién nos gana a buena suerte?…

Como vemos, esto significa dar una vuelta completa al corazón. ¿Pero, vale o no vale la pena?…

Modernamente, y en grandes sectores, Dios no interesa a muchos. A nosotros, sí. Para nosotros, Dios es lo primero. Sin Dios no podemos pasar. Ni un día, ni un momento. Por eso rezamos siempre.

Está bien que Juan el Bautista, y hoy la Iglesia, nos sigan exigiendo la conversión. Pero, si se nos dice repetidamente: ¡Levantemos el corazón!, nosotros respondemos convencidos: ¡Ya lo tenemos levantado hacia el Señor! El Reino de los Cielos lo estamos tocando con lamano…

Son muchos los hijos de la Iglesia que viven con falsas seguridades. ¿No es más prudente vivir la fe a presión? Aunque a veces cuesta, nosotros la vivimos con valentía precisamente porque cuesta…

Con Jesucristo siempre, y siempre con su Espíritu Santo dentro ¾porque con Él nos bautizó el mismo Jesucristo¾, ¿no somos la gente más rica y más feliz?…

¡Señor Jesucristo!

Tú no viviste más que para el Padre, que te llenaba la mente y el corazón. ¡Que así nos llene Dios también a nosotros! Sin Dios no tendríamos nada. Con Dios lo tenemos todo…

Tercer Domingo de Adviento A - Mateo 11,2-11.
Primer Domingo de Adviento A - Mateo 24, 37-44