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¡Alerta! ;Cuidado! ¡A vigilar!… En estas tres expresiones podríamos resumir todo elEvangelio de este domingo.

Al comenzar el Año Litúrgico, el Año religioso de la Iglesia, miramos a Jesús y lo vemos en una actitud algo misteriosa. Parece que tiene los ojos clavados en la lejanía, mira el día último del mundo, cuando vendrá a juzgar a todos y a cerrar la Historia, y se siente preocupado. Ya había dicho una vez:

– Pensáis que cuando yo vuelva encontraré fe en la tierra’?…

Ahora, diríamos, se siente inquieto. Sabe que aquel día último ya no habrá remedio para tantos, y les previene:

  • ¿No os habéis fijado en lo que pasó durante los días de Noé? Lo veían las gentes construir el arca, y se reían de él, aunque les avisara: ¡Que va a llegar un enormediluvio!… Pero no le hacían ningún caso, y le contestaban: ¡Allá tú, si lo crees! Nosotros, a comer, a beber, a casarnos y a pasarla bien!… Sin embargo, llegó el día fatal. Noé se metió en el arca, y comenzaron los cielos a descargar aguaceros imponentes que se engulleron a todos. Pues esto mismo, esto mismo, va a acontecer al final de los tiempos, porque me presentaré a la hora menos pensada.

¿Qué les ocurre a muchos cuando oyen estas palabras del Evangelio? Se dicen muy convencidos:

  • No, si yo voy a contradecir a Jesucristo. Pero el día final está muy lejos… Vete a saber cuántos milenios faltan todavía.

Estamos muy acordes al pensar así. Quizá faltan muchos siglos para que se acabe el mundo. Dios quiere que su Cielo esté muy poblado, y se da mucho tiempo para que se llene bien. Hace dos mil años que vino Jesucristo, y a lo mejor estamos nada más que comenzando el tiempo de la Redención. ¿Cuánto falta para que se acabe el mundo? No lo veremos nosotros, seguramente…

Sólo que esta pregunta se vuelve demasiado punzante cuando se cambia por esta otra, y que viene a significar lo mismo: Y a mi, ¿cuánto tiempo me falta para acabar mi vida, para que el mundo se acabe para mi?…

Entonces, la palabra de Jesús es tremendamente actual: Vigila tú, porque no sabes la hora en que me voy presentar precisamente por ti.

Esta es la realidad más preocupante a nivel personal. El mundo puede durar muchos siglos y muchos milenios. Pero, para mí, el mundo tiene un límite muy concreto: el día en que Dios me llame. Y ese día es incierto del todo.

Por eso, cada uno se da a Jesucristo cada día y cada momento, y lo espera en el espacio de tiempo que se le concede a él en concreto. El creyente sabe repetir con gran convencimiento: Señor, para cuando vengas, yo y todo lo mío somos enteramente para ti.

Estamos hechos a ver tipos muy raros en la sociedad, y a propósito de este Evangelio se dio un caso muy divertido en Inglaterra hace algunos años.

Aquel señor debía ser bastante excéntrico y en el testamento dejó toda su fortuna, convertida en dinero contante —en concreto, veintiséis mil libras esterlinas—, en favor de Jesucristo para cuando vuelva a la tierra. Una cláusula del testamento extiende la validez hasta dentro de ochenta años. Como la ley es ley, los ejecutores del testamento no saben

qué hacer. El Tesoro Inglés se hace cargo de esta cantidad por el momento, y si dentro del tiempo establecido no se ha presentado el beneficiario, Jesucristo, al que se le debe entregar

—dice el testamento— “una vez obtenida la prueba de su identidad”, se piensa que el Tesoro del Estado se quede con el dinero, junto con todos los intereses acumulados durante ochenta años, o bien se lo entreguen a algún descendiente lejano del desquiciado testador…

(Ernest Digweed + 20-lX-1976. Confiado al Public Trustee Office.- I1 Tempo 24-lX-1997) Nos podemos reír si queremos. Pero de la risa pasamos a lo serio. ¿Es esto lo que

Jesucristo nos pide ante la seguridad de su vuelta?

La espera del que tiene fe es muy diversa a la de este infelizote.

Nuestra espera consiste en ilusión por unirnos con Jesucristo y el complacerle con nuestra vida entera.

Isaías nos presenta la venida del Señor como un monte inundado de luz deslumbrante. San Pablo, por su parte, nos hace ver en ello la claridad de nuestra fe, que se traduce en deseo ardiente de encontrarnos con el Señor, para lo cual nos preparamos con toda suerte de obras buenas.

El cristiano no teme el encuentro con Jesucristo. Al contrario, este futuro encuentro es la mayor ilusión de su vida.

El trato ininterrumpido con Jesucristo mediante la oración le hace entablar una amistad con el Señor que aleja radicalmente del alma todo temor. Por eso, la fe se alimenta de la oración: quien ora sabe creer, sabe esperar y sabe amar. Quien ora está inmerso plenamente en la luz de Dios.

Y el que sabe que cada día está más cerca del Señor, vive con gozo la esperanza, convencido de que Jesús viene a buscarlo para meterlo en su misma gloria.

Hoy llevan muchos una vida perfectamente computarizada: el negocio, el dinero, la diversión están programados al detalle… ¿Lo está también la fe? ¿Se está al tanto de la proximidad del Señor?

En el mundo se vive con más atención la palabra de los paisanos de Noé  —¡a

divertirnos!—, que la prudente de Jesucristo: ¡Vigilad!… Nosotros preferimos vigilar, por siacaso…

Segundo Domingo de Adviento A - Mateo 3, 1-12.
El Nombre de Jesús