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La fiesta de hoy, la Exaltación de la Santa Cruz, es ciertamente muy hermosa, aunque no ha alcanzado el carácter popular que ella se merece. Esta fiesta se corresponde al Viernes Santo como el Corpus Christi se corresponde con el Jueves Santo.

En plena Semana Santa no cae bien una celebración festiva, alegre, de la Eucaristía. Y el Día del Corpus viene a llenar esta ansia de nuestro corazón, la de celebrar el misterio eucarístico y la presencia del Señor entre nosotros con una alegría que es desbordante.

Igualmente, la muerte del Señor en la Cruz es para los Evangelios, sobre todo para Juan, el triunfo, la victoria, la glorificación de Jesús. Pero, ¿cómo vamos a celebrar el Vienes Santo una jornada llena de júbilo, cuando lo que hace la Iglesia es llorar la muerte del Señor? Pues a esto viene la fiesta de hoy: a exaltar con gran alegría el triunfo Jesús en la Cruz.

El canto más apropiado para este día es ése que entonamos con entusiasmo en muchas celebraciones:

– ¡Oh Cristo, Tú reinarás! ¡Oh Cruz, tú nos salvarás!…

Este himno es un eco de las palabras de Jesús, que dijo unos días nada más antes de morir:

– Cuando yo sea levantado de la tierra lo atraeré todo hacia mí.

Jesucristo en lo alto de la Cruz, y elevado después por el Padre a la mayor altura en el Cielo, ha atraído todas las cosas y a todos hacia a Sí.

En su Persona se resume todo lo creado.

Los ángeles lo adoran como a su Señor, sentado como está a la derecha del Padre.

Todos los hombres lo miran, mientras esperan de Él la salvación.

Las tres lecturas que hoy nos trae la Liturgia de la Misa, aunque todas se refieren al Señor Crucificado, las tres tienen un marcado aire de triunfo.

  • En la primera contemplamos el gran signo de la Cruz en el desierto, cuando el pueblo se amotinó contra Moisés y vino el castigo de Dios.

– ¡Moisés, Moisés! ¡Que hemos pecado contra el Señor y contra ti! ¡Pide a Dios que aleje de nosotros estas serpientes venenosas que causan la muerte a tantos en el campamento!

Dios se compadece, y encarga a Moisés:

  • Haz una serpiente de bronce y levántala sobre un asta a la vista de todos. Quienes la miren al ser picados por las serpientes venenosas, se salvarán.

Jesús, hablando con Nicodemo, da el sentido propio de este hecho bíblico tan relevante: – Así seré yo levantado en la Cruz. Quien me mire, aunque haya sido mordido por

Satanás, la serpiente infernal, tendrá la vida eterna.

Es el poder de la fe en la salvación que nos ha merecido Jesús con su pasión y su muerte.

  • Y San Pablo, en uno de los pasajes mejores sus cartas, les dice a los de Filipos: Cristo Jesús, a pesar de ser Dios, se humilló tomando la forma de esclavo y haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte en la cruz! Por eso Dios lo ensalzó, y le dio el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra

y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

La Iglesia, en el prefacio de la Misa, resume su fe y su enseñanza cantándole a Dios: En el árbol de la Cruz, Tú, oh Dios, has establecido la salvación del hombre, porque donde surgía la muerte allá renacía la vida, y el demonio, que en el árbol del paraíso arrancaba la victoria, en el árbol de la Cruz venía a ser derrotado, por Cristo nuestro Señor.

Como vemos, toda la Liturgia de hoy respira triunfo, augurio del triunfo definitivo de la Resurrección, la de Jesús y la nuestra.

Hoy la Cruz sigue siendo y será siempre un signo de salvación. Llevarla en el pecho, en la solapa o en el ojal, o metida en el bolsillo, no es una superstición. Y darle un beso lleno de amor no es un infantilismo. Es una profesión de fe, que más de una gracia grande debe traer al alma…

Quienes dejan de lado un signo tan bendito, por creerlo pasado de moda y propio de gente sin vigor humano, lo sustituyen por la herradura tonta o un signo sin sentido alguno del Zodíaco, que les traerá cualquier cosa menos buena suerte, mientras que les aumentará la confusión de sus mentes poco seguras…

La Cruz, por otra parte, nos hace presentes a los crucificados de hoy: los pobres, los enfermos, los parados que buscan trabajo con desesperación, los detenidos justa o injustamente, los que padecen soledad, los que viven sin fe…

Todos ellos son para nosotros un reclamo. Jesucristo los quiere resucitados con Él y solicita nuestra colaboración para realizar esta resurrección en el mundo. Trabajar por el que sufre es desclavar a Jesucristo de la cruz y nadie puede rehuir el realizar esta obra de amor.

¡Oh Cristo, Tú reinarás! ¡Oh Cruz, tú nos salvarás!, te volvemos a repetir con el cantar. Con tu Cruz, oh Cristo, nos rescataste y con ella nos trajiste todos los dones del Cielo. Con ella, fuente de gracia y de bondad, extiendes por el mundo tu reino de santidad, Infunde en nuestros corazones el fuego del amor.

Fuente del perdón, derrama sobre nuestros pueblos la paz de Dios.

Paz divina que se convierte también en fraternidad universal.

Tu Cruz, oh Señor, es cifra de tu victoria y signo de nuestra salvación.

Todos los Santos, 1 de Noviembre
La Asunción de María, 15 de Agosto