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En Nazaret, como en todos los pueblos de la Galilea, empezó a correr la voz:

  • Allá en la Judea, a las orillas del Jordán, ha aparecido un profeta, Juan. No para un momento de bautizar en el río a muchos hombres para que se limpien de sus pecados, porque dice que está cerca el Reino de Dios y que viene el Cristo que todos esperamos.

Todos tienen el oído atento. Y más que nadie, María. Porque Ella sabe mejor que ninguno lo que ocurrió al niño que su prima Isabel llevaba en el seno, y lo que dijo Zacarías cuando nació la criatura: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos.

Hasta ahora, como lo hemos visto en los misterios navideños, Jesús ha desarrollado toda su vida a la sombra de su Madre. Al fin, llega la hora de la independencia total. Pero María calla, prudente, discreta, delicadísima… Incluso delante de Jesús. Por más que Ella, con intuición de madre, lo sospecha todo. Y llega el día temido, digamos. Jesús se despide:

– Madre, me voy yo también al Jordán.

María, con ternura inusitada y con mirada larga y profunda, le contesta solamente:

– ¡Adiós, hijo mío, y que Dios esté siempre contigo!…

Llegado Jesús al Jordán, se mezcla entre tantos hombres que piden el bautismo mientras expresan el dolor por sus pecados.

Jesús no conoce el pecado y no necesita ningún bautismo de penitencia, pero se siente el Siervo de Yahvé y tiene conciencia honda de ser el Hijo de Dios.

Entre tanto, Jesús se pregunta una y otra vez:

  • ¿No habrá llegado ya el momento mío? Esperaré a ver por dónde se manifiesta mi Padre.

Porque Jesús, como hombre, se deja guiar como nadie por el Espíritu de Dios, que le va a ir indicando el camino.

Pronto lo va a saber todo.

Juan no ha visto nunca a Jesús. Pero el Espíritu Santo le hace intuir lo más profundo de aquella alma que se le acerca, y exclama turbado:

  • ¿Tú vienes a que yo te bautice, si soy yo quien debe ser bautizado por ti?…

Jesús quiere participar la suerte de sus hermanos pecadores. Precisamente para arrancar de ellos la culpa que los mancha, se solidariza con todos, y se pone a disposición del Padre, que le va a exigir el sacrificio de su vida. De este modo responde a Juan:

  • ¡Déjate de miedos, y hazlo! Conviene que cumplamos así todo lo que pide la justicia y la santidad de Dios.

Jesús sale de dudas sobre su persona y su misión cuando deja las aguas del río. Porque se abren los cielos, aparece el Espíritu Santo sobre Él en forma de paloma, y se deja oír potente la voz del Padre:

– ¡Éste es mi Hijo querido, en el que tengo todas mis delicias!

Así nos cuenta Mateo en el Evangelio de hoy aquella escena sublime.

A partir de ahora, empieza el cumplimiento de la misión de Jesús, con el anuncio del Reino de Dios que se instala en el mundo.

Juan ha preparado el camino con el bautismo del Jordán a las turbas que esperan ansiosas la llegada del Cristo, a las que se dirige el austero profeta:

  • Yo os bautizo en agua. Pero recibid al que viene detrás de mí, porque Él os va a bautizar con Espíritu Santo. Y preparaos bien para su venida. Allanad para el Señor el camino, que lo tenéis lleno de altibajos. Enderezadlo, que está muy torcido. Que desaparezcan los boquetes y las piedras, de modo que la carroza del Señor puede correr bien y sin estorbos.

Así disponía Juan a la gente para recibir el Bautismo que traería el Cristo anunciado.

Nosotros ahora, aprendida la lección de Juan, queremos practicar todo eso para que el Bautismo nuestro sea algo vivo, y no un recuerdo muerto. En él se nos dio el Espíritu Santo, y Dios Padre nos ve tan bellos que sigue gritando sobre cada uno de nosotros, igual que cuando salimos de la pila bautismal:

– ¡Este hijo mío, esta hija mía que me encantan!…

Porque el prodigio que se obró sobre Jesús al salir del agua, se renueva continuamente en la Iglesia con cada candidato que llevamos a bautizar.

¿Qué espera Dios después? Ha dicho de nosotros, como de Jesús, que le encantamos, que somos su delicia. ¿Qué nos pide a cambio? Unicamente que nos mantengamos en esa vida divina que Él nos infundió, ¡que vivamos nuestro Bautismo!… Y lo vivimos con la fe, la esperanza, el amor, la oración, la justicia.

  • La fe, creciente de continuo con la Palabra, estudiada en la Biblia y escuchada en la Iglesia.
  • La esperanza, que nos hace suspirar por la vida futura en el seno de Dios, sin sujetarnos a la tierra.
  • El amor, que nos abre con generosidad el corazón a todo el que nos necesita y nos

pide.

  • La oración, que nos mantiene siempre en comunión con Dios, al que cada día rezamos siempre con más asiduidad y entusiasmo.
  • La justicia, con la cual nadie abusa de su puesto, quizá privilegiado, y con la cual se ayuda generosamente a todos. Si Juan pedía justicia a los judíos, ¡cuánto más la pedirá Jesucristo a su Iglesia!…

¡Bautizados! Encantadores a los ojos de Dios. Hijos suyos que le embelesamos. Testimonios del Reino en el mundo. ¡Qué bien, si sabemos vivir como pide nuestro Bautismo!…

Miércoles de Ceniza.
Epifanía del Señor - Mateo 2,1-12