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Jesús nos propone hoy una parábola muy hermosa, pero que entraña lecciones muy serias en medio de su belleza literaria. Les narraba a los del auditorio lo que le ocurrió a un rey muy generoso.

El monarca celebraba la boda de su hijo, heredero del trono, y, naturalmente, preparó una fiesta descomunal en torno a un banquete espléndido. Cualquiera diría que los invitados acudirían en tropel a la fiesta, pero se formó una frialdad glacial en la corte. El rey mandó a sus pajes a llamar a los invitados, pero éstos se hacían el sordo. Nuevo aviso, lleno de apremio:

  • ¡Vengan! Está todo preparado. Se han matado las reses más cebadas, las mesas abundan en vinos exquisitos, y la fiesta se presenta animadísima…

Nueva decepción, y más grave que la primera. Porque los invitados, aparte de no aceptar, agarraron a los pajes, los insultaron y hasta mataron a los que les vino en gana.

Enterado de todo el rey, monta en cólera, y manda furioso a sus soldados:

  • Matad a todos esos asesinos, incenciad sus casas y hasta la ciudad entera.
  • Salid por las calles y a los cruces de los caminos y traed a todos los que encontréis: buenos y malos, de manera que las salas se llenen del todo.

Ni tardos ni perezosos, los criados trajeron una multitud de modo que no quedó ni un solo puesto vacío.

Ufano el rey de su propia generosidad, va recorriendo las mesas de los invitados, sonríe, saluda, aprueba…, hasta que se pone terriblemente serio ante un comensal:

  • ¿Cómo te has atrevido a entrar aquí sin el traje de etiqueta? ¿Tan poco respeto tienes a tu rey y a los demás comensales?…

El acusado se calla como un muerto. Y oye la sentencia inapelable del monarca, que ordena:

  • Atadlo bien de pies y manos y llevadlo fuera, arrojadlo en la oscuridad de la cárcel, y allí que llore y se consuma…

Esta es la parábola desconcertante contada por Jesús. Desconcertante, porque no se entiende la actitud de los invitados. ¿Cómo podían despreciar un banquete espléndido y una fiesta divertidísima, ofrecidos y preparados nada menos que por el rey?…

Pero, esto que es inexplicable en un plan humano, fue y sigue siendo la realidad tremenda en el plan de la salvación.

Primero  y esto es lo que les decía Jesús a los jefes judíos     , el pueblo elegido rechazóal Cristo que Dios les enviaba.

Y segundo ahora va para nosotros , no todos los que han entrado en el Reino, en la Iglesia, en el nuevo Pueblo de Dios, viven conforme a la dignidad de su vocación cristiana, porque muchos están dentro de la sala nupcial despojados del traje de gala exigido por la etiqueta bautismal.

Nosotros, en nuestra reflexión, prescindimos de la primera parte, referente a los judíos. Sabemos que ese admirable pueblo, el primer elegido, no ha sido excluido del Reino, porque Dios mantiene firme su promesa, y que un día reconocerá a Jesús.

Nosotros atendemos ahora a lo que nos concierne a nosotros, para estar alerta y vivir conformes a lo que reclama nuestra condición.

Dios, ante todo, ha querido formar su Iglesia con hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación. No excluye a nadie del banquete del Reino de los Cielos. La generosidad de Dios no tiene límites. Puede entrar el que quiera.

Pero el que ha sido llamado por Dios a la fe se encuentra ante una elección muy personal, y tiene que preguntarse: ¿Sí o no? ¿acepto el vivir como Dios me pide, o quiero seguir en mis caprichos? ¿soy digno o no soy digno de mi vocación?

Porque no basta con haber sido llamados por Dios. Para conseguir la salvación, y no perderse, es necesario vivir acordes con los deberes cristianos. Jesús acabó su parábola con esta advertencia grave:

– Son muchos los llamados, pero pocos los escogidos.

El Reino, y concretamente la Iglesia, son la sala del banquete en que nos sentamos a la mesa todos los llamados por Dios.

Dentro ya de la Iglesia, siempre se ha considerado a la Eucaristía como la expresión más grande de todos los dones que Cristo nos brinda a los suyos.

La Eucaristía es el banquete de la Nueva Alianza, como la llamó el mismo Jesús, y en ella nos hace gustar las delicias de su amistad más honda.

La Eucaristía es el adelanto del banquete eterno que nos saciará en el Cielo. Jesús, al que ahora vemos en fe bajo las apariencias del pan y del vino, será en la visión nuestro gozo consumado.

La Eucaristía ha sido, en la tradición cristiana, la ocasión más propicia para lucir con garbo el vestido de los elegidos, la gracia de Dios con la cual nos acercamos siempre a recibir al Señor, después de habernos arrepentido y purificado de nuestros pecados.

¡Señor Jesucristo!

Tú eres el Rey que nos invitas con apremio al banquete celestial, del que nos das una prenda y un avance en la Comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre.

Haznos siempre dignos de ti. Que luzcamos con garbo en la tierra el uniforme de tu gracia, para verlo convertido después en vestido de gloria…

29°. Domingo Ordinario A - Mateo 22,15-21
27°. Domingo Ordinario A - Mateo 21,33-43