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Aquel día los Apóstoles estaban que no sabían qué pensar sobre las palabras del Señor.

Por una parte, sentían temor. Por otra, estaban entusiasmados.

Porque Jesús empieza por ser exigente de veras. Sus palabras en el Evangelio de hoy son duras, aunque las dicte un Corazón tan bueno como el suyo:

  • Quien ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí. Quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y no me sigue, no es digno de mí.

Ciertamente que los lazos familiares son muy fuertes, pero Jesucristo está sobre todos ellos.

El oro y el hierro son metales muy valiosos los dos, pero no podemos comparar el hierro con el oro.

Esto pasa con el amor y el servicio de Jesucristo. Jesucristo es el valor supremo. Luego delante de Jesucristo no se puede poner nada; y por Jesucristo se puede y se debe hacer todo. Hasta dar la propia vida, como sigue diciendo el Evangelio:

  • Quien quiera guardar su vida la perderá; y quien pierda su vida por mi causa, la encontrará.

Estas palabras podían suscitar miedo en los apóstoles, aunque Jesús sabía que contaba con valientes, además que después los iba a investir con la fuerza del Espíritu Santo. Pero, a las palabras fuertes siguen otras altamente estimulantes:

  • Quien acoge a vosotros me acoge a mí, y quien me acoge a mí acoge al que me ha enviado.

Jesús viene a decir que se ha identificado plenamente con sus enviados. Acoger a los apóstoles y misioneros que Jesús manda desparramados por el mundo es acogerle a El mismo, y acoger a Jesucristo es acoger al Padre, es recibir al mismo Dios que viene en persona a salvarnos.

Los apóstoles se sintieron orgullosos de su misión. Porque Jesús seguía explanando su pensamiento:

  • Quien acoge a un profeta porque es profeta, tendrá la recompensa del profeta. Y quien acoge a un justo, a un santo, porque es un santo, tendrá la recompensa del mismo santo.

Ahora Jesús tiende la mirada más allá y contempla a todos los pequeños del Reino, a todos los pobres que esperan de El la salvación, y añade las palabras famosas:

  • Quien dé aunque no sea más que un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños por ser discípulo mío, os aseguro que no perderá su premio.

Todas estas palabras del Señor han tenido ciertamente en la Iglesia una importancia siempre actual.

¿Quiénes valen para apóstoles y para misioneros? Solamente los que tienen a Jesucristo por el valor supremo y saben sacrificar todo por El.

¿Quiénes son los que acogen la Palabra y respetan al sacerdote o a cualquier otro que haya sido puesto en la Iglesia para su gobierno? Solamente los que tienen fe en que es Jesucristo quien por el Espíritu Santo los ha colocado para regir al Pueblo de Dios.

¿Quién es el que está dispuesto a dar ayuda al necesitado, sobre todo al más pequeño? Solamente el que descubre en él las líneas y el rostro de Jesús.

Un predicador algo humorista, y a costa del bueno de San Pedro, nos explicaba así este Evangelio.

Ocurrió no mucho después de la muerte del apóstol que se le presentó en Cielo un buen amigo suyo, e inician en la misma puerta el diálogo efusivo:

  • ¿Cómo, Pedro, tú aquí en la puerta, con lo importante que eras?
  • Sí, hasta que se haya llenado todo, que será al final del mundo, me tienen aquí de portero. Pero, no te preocupes por mí. Mira allá bien arriba. ¿Ves dónde está Pablo? Pues, aquel trono de al lado es el mío.
  • ¡Vaya cosa grande que te guarda el Señor! ¿Y aquellos dos tronos vacíos al lado del tuyo?…
  • ¿Esos? Uno es para ti, que vas a ir a ocupar ahora mismo, y el otro es para tu mujer. Este es el premio que Jesucristo os da por haberme acogido en vuestra casa cuando llegué a Roma y no sabía dónde poner el pie…

No está mal el cuento, porque Jesucristo lo prometió:

  • Quien acoge al apóstol como apóstol, tendrá el premio del mismo apóstol…

El otro cuento resulta más simpático todavía.

Se presentó en el Cielo un tipo que no había hecho más que disparates en la vida. San Pedro le niega la entrada, y el otro empieza a lloriquear. Pero san Pedro se conmueve y acepta una breve discusión:

  • A ver, dime alguna buena obra que tú hayas hecho en tu vida, alguna caridad que hayas practicado.
  • Bueno, una vez le di a un pobre un centavo.
  • ¿Y por una limosna de un centavo quieres entrar en el Cielo?
  • Es lo que en mi tierra se pagaba por un vaso de agua, un centavo con tal que fuera de dólar, y Jesucristo dijo que por un vaso de agua fresca daba una recompensa eterna. Por eso me he presentado aquí.

San Pedro, para no desautorizar al Señor, no tuvo más remedio que dejarlo pasar…

Y la lección del cuento se cae por su propio peso:

  • Lo que hicisteis a uno de estos pequeños me lo hicisteis a mí…

Es una de las primerísimas lecciones del Evangelio: Jesús vive en nuestro hermano…

¡Señor Jesús!

Tú sabes pedir mucho, pero sabes dar mucho más, porque a generosidad no te gana nadie.

Exiges hasta la vida al que quiere ser tuyo y hacer algo por ti.

Pero no nos cabe en la cabeza ni el imaginar lo que prometes y das a los generosos…

14º. Domingo Ordinario A - Mateo 11,25-30
12º. Domingo Ordinario A - Mateo 10,26-33