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Al leer el Evangelio nos preguntamos muchas veces: ¿Por qué Jesús tiene como un instinto de rechazo hacia los escribas y fariseos?… Si ama a todos y viene a salvar a todos, ¿cómo se explica esto?…

Es fácil de entender. Jesús, el Salvador, choca por fuerza con aquellos que, creyéndose unos justos, unos santos intachables, son incapaces de reconocerse necesitados de la gracia de Dios, de perdón, de salvación, porque ya están salvados… Jesús no puede hacer nada con ellos. Son inútiles todos sus esfuerzos.

Por el contrario, goza al verse rodeado de gente pobre, humilde, pecadora. Porque necesitan a Dios, y se abren a ese Jesús que les anuncia el perdón y la salvación. Es el caso del Evangelio de hoy, la llamada de Mateo el publicano. Tenido por la gente como un pecador público, viene Jesús y encuentra en él una joya de valor inestimable. El mismo Mateo nos cuenta cómo ocurrieron las cosas.

Pasa Jesús por la calle, y se encuentra con un hombre sentado ante su mesa de cobrador de impuestos, señalado por todos como pecador.

Y es que el funcionario público gozaba de pésima reputación entre el pueblo. Como las computadoras de entonces parece que no funcionaban demasiado bien, era muy fácil llevarse mucho de lo recaudado, sin entregarlo a la autoridad competente. La corrupción administrativa estaba a la orden del día. Mateo, como todos sus colegas, lleva mala fama. Pero Jesús se fija en el recaudador, penetra su alma con mirada escrutadora, sabe valorarlo, y le dice sin más, así, seco e imperativo:

– ¡Sígueme!

Mateo no sale de su asombro:

  • ¿A mí? ¿A mí precisamente me llama este famoso Maestro de Nazaret?…

Pero, no se lo piensa dos veces. Se levanta de su puesto; ordena preparar como despedida un buen convite para Jesús y sus discípulos, que de ahora en adelante van a ser compañeros suyos; invita a todos sus colegas del oficio, con los cuales él antes se repartía las ganancias, y empiezan a banquetear animadamente…

Escándalo entre los santurrones de la ley. Los fariseos no salen de su asombro:

  • ¿Pero, es posible que ese Jesús se siente a la mesa con gente tan perdida?…

Como no se atreven a encararse con Jesús directamente, hablan a los discípulos de modo que la voz llegue hasta el Maestro, culpable de tamaño escándalo.

– ¿Cómo es que vuestro Maestro come con publicanos y pecadores?

Jesús está comiendo feliz y con buen apetito. Pero tiene el oído en otra parte. Oye desde lejos el cuchicheo y las críticas de sus irreconciliables enemigos, y sale en defensa propia y de sus comensales:

  • Oigan, ¿quiénes son los que tienen necesidad del médico, los sanos o los enfermos?…

Y ustedes que son los maestros de la Ley, díganme: ¿qué significa eso que leen en la Escritura: yo quiero misericordia, y no vuestros sacrificios, que me tienen harto?… ¿Les parece mal que yo coma con esta gente? Pues, sí. Como con ellos, y a gusto. Porque yo no he venido a buscar a los santos, sino a los pecadores. Así, que estoy cumpliendo con mi oficio…

Jesús, por delicadeza con sus propios enemigos, no quiere explanar su pensamiento un poquito más, pero los fariseos pueden entenderlo si quieren: Vengo por los pecadores, y, como me escuchan y me siguen, se salvan. Los santos ¾como se consideran ustedes

mismos¾ no necesitan un salvador, y, por lo mismo, no me necesitan a mí. A ver cómo se las arreglarán delante de Dios…

Total, que los pecadores se salvaron. Y Mateo, el Mateo que ha promovido el escándalo con el banquete, se convirtió en apóstol muy querido de Jesús y en un Evangelista distinguido.

La llamada de Mateo a la conversión y al seguimiento de Jesús constituye uno de los hechos más relevantes de la bondad de Jesús para con los que corren desviados el camino de la vida. Son personas, muchas veces, realmente extraordinarias. Han caído en el error, pero si encuentran por dicha una voz amiga que les dice: No, que no es ése el camino, ellas dan media vuelta y llegan después lejos, muy lejos en la senda del bien. Todo lo que necesitaban era una orientación y un estímulo.

¡Cuántas joyas, cuántos diamantes, cuántas piedras preciosas encontramos en nuestro camino, sin darnos cuenta de su valor extraordinario! El día que sepamos valorar a tantos como nos rodean, ese día nos haremos ricos, enriqueceremos al mundo, y haremos más rico al mismo Cielo.

Pues ganaremos para nosotros, ganaremos para los demás, y ganaremos para el mismo Dios a muchos que la sociedad deja en el olvido, cuando no va más allá y los margina del todo y hasta los desprecia.

Porque un niño de la calle, si encuentra amor, llegará a ser un buen hombre.

Una víctima del vicio, regenerada, será una persona de mucha valía.

Uno que los demás tienen por gran pecador, vuelto a Dios ¾a lo mejor por un consejo nuestro y con nuestra ayuda¾ se convertirá en un santo de mucha categoría…

Si tenemos buen ojo y sabemos distinguir, nosotros, nosotros mismos, podemos llenar de tesoros las arcas de la Iglesia, tesoros que pararán al fin en las arcas de Dios en el Cielo…

¡Jesús, Señor Jesús!

Sólo Tú fuiste capaz de descubrir en medio del fango joyas valiosas de precio inestimable. Somos pobres pecadores. Pero, si nos volvemos a ti, ¡lo que llegamos a valer!…

11º. Domingo Ordinario A - Mateo 9,36 – 10,8
9º Domingo Ordinario A - Mateo 7,21-27