Reflexiones

Reflexión: Octavo Domingo del Tiempo Ordinario – Mateo 6, 24-34

Nos encontramos hoy con una página del Evangelio tan encantadora que sólo a Jesús se le pudo ocurrir. La poesía corre por sus palabras a chorros… La bondad de Dios y su providencia amorosa no han tenido jamás semejante cantor…

Jesús ha observado mil veces cómo hay tantos pobres de alma que corren alocados detrás del dinero. Son unos esclavos necios del vil metal. Jesús se lo dice sin enfado, pero les hace discurrir:
– No podéis servir a Dios y al dinero. Son dos amos totalmente distintos y los dos exigen vuestra atención a tiempo completo. ¿Servís al dinero? No podéis servir a Dios… ¿Servís a Dios? El dinero no os va a importar nada…
Pero Jesús deja este asunto enojoso, y pasa a hablar directamente a los pobres que tiene delante, y son pobres todos esos que siguen a Jesús. Por eso les habla más que nada con el corazón.
– No os preocupéis por lo que tenéis que comer y beber, ni por el vestido que os vais a poner. Porque, a ver: ¿qué vale más, la vida o la comida y el vestido?
En aquel momento pasaba volando por los aires una bandada de pájaros, y Jesús se los señala:
– ¡Mirad, mirad esos pájaros del cielo! No siembran, no cosechan, no almacenan el grano, y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta.
Tiende Jesús después la mirada por la ladera cubierta de plantas verdeantes, y les invita a observar las flores:
– Contemplad los lirios del campo. No trabajan, no hilan. Y, sin embargo, os aseguro que el rey Salomón, en toda su gloria, no se vistió con la elegancia de uno de ellos.
Hay para encantarse con una poesía tan sin igual, de la que Jesús saca conclusiones pre- ciosas:

* ¿No valéis vosotros más que los pajaritos del cielo?… Entonces, ¿por qué os preocupáis por la comida, si, por mucho que discurráis, no vais a añadir una hora a vuestra vida?…
¿Y por qué tenéis también tanta preocupación por el vestido? Si vuestro Padre celestial viste tan bellamente a la hierba del campo, que al secarse no vale sino para ser echada al fuego, ¿cuánto más vuestro Padre celestial os vestirá a vosotros, gente de tan poca fe?
Dejad todas esas preocupaciones para vuestro Padre del Cielo, que ya sabe la necesidad que tenéis de las cosas para la vida.
Vosotros, buscad el Reino de Dios y su santidad, que todo lo demás se os dará por aña- didura.
No penséis en el mañana, que a cada día le bastan sus preocupaciones y sus penas… *

Así habló Jesús en este día. Todo corazón, todo bondad, todo confianza y seguridad en Dios.
Éste es un Evangelio perenne, para pobres y para ricos.
A los unos les dice:
– ¡No temáis, que hay uno en el Cielo que cuida de vosotros!
A los otros les avisa:
– Estad al tanto, y mirad a qué amo servís. Porque un amo paga de una manera y otro amo paga de otra…
Y a todos nos dice por igual:
– Lo que importa es el Reino de Dios y su justicia. Lo demás, no vale nada…

Bellísimo todo. Sin embargo, al leer esta página encantadora del Evangelio se corre el peligro de hacer decir a Jesús lo que Jesús no dijo. El Señor no viene a justificar ni la pereza en el trabajo, ni la obligación de procurarse con tesón lo necesario para la vida, ni el dejar a la Providencia el socorrer a los necesitados.
Lo único que Jesús nos inculca con insistencia fuerte es el desapego al dinero que no necesitamos tanto como nos imaginamos y que nos puede convertir en esclavos de un dueño que es un déspota. Los adictos al dinero, como a la droga o al alcohol, viven en una esclavitud tiránica. Y Jesucristo nos quiere libres para el servicio de Dios, para suspirar por la vida eterna y para caminar sin impedimentos hacia su consecución.

Jesús, ciertamente, nos quiere quitar de la cabeza la preocupación excesiva por las cosas de la vida.
Pero nos impone al mismo tiempo el deber del trabajo. Dios, que alimenta las aves y viste las flores, no se presta al juego del perezoso.
Va bien el cuento de aquel viejo que estuvo siempre soñando en la lotería y nunca le caía nada. Su oración era siempre la misma: Mi Diosito querido, ¿cuándo harás que me caiga la lotería, después de tantos años como te lo pido?… Al fin Dios, cansado de la misma oración, se dignó contestar al pedigüeño malcriado: ¿Y cuándo te decidirás tú a comprar un billete?…
Dios ayuda. Dios no nos abandona. Pero exigirá siempre nuestro esfuerzo en el trabajo.

Finalmente, quien tiene para dar no puede decir al que nada tiene y pide por amor de Dios: ¡Quede en paz, que la Providencia de Dios no le va a faltar!… Eso lo dice quien no tiene corazón.
El que tiene y puede, se abre con generosidad. Su corazón es un arca siempre abierta para el necesitado. El rico bueno es corazón y mano de Dios. ¿Y no es esto un privilegio grande? ¡Quién pudiera tener mucho, para dar mucho también!…

¡Señor Jesucristo!
Has derrochado poesía, mucha poesía en este Evangelio. Pero, ¡cuánta lección has sabido encerrar en palabras tan bellas!…

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