Familia

Juventud y crisis del amor

En una charla sobre la Juventud actual traíamos las respuestas que los adolescentes mayores de varios Colegios Católicos dieron sobre su natural rebeldía y sobre la obediencia que se les exige y que ellos mismos consideran necesaria, aunque imponían también sus reglas.

Pero nos preguntamos: ¿Es la obediencia la crisis principal de la juventud de hoy?

Quizá, no. La crisis de la obediencia nació modernamente, sobre todo, de la revolución de los Jóvenes en aquel Mayo de París, y diríamos que tuvo un arranque noble.

Porque hay otra crisis que no arranca de gestos valientes como aquel, sino del ambiente enrarecido que les toca respirar y que convierte a los jóvenes en las víctimas primeras. Es la crisis del amor y del sexo.

Cuando hoy se habla de este tema se suele escabullir la Palabra de Dios. Parece como si fuera mejor no nombrarla.

Diríamos que es un asunto nuestro, de los hombres y mujeres concretos, y no queremos que nos vengan con imposiciones de fuera, aunque estas imposiciones sean mandamientos de Dios.

O sea, que a la moral sexual se le quieren aplicar normas humanas de decoro y honestidad natural―—fundadas las más de las veces en el buen nombre—, pero dejando aparte lo que se refiere a la conciencia en la presencia de Dios.

¿Se hace bien con este enfoque?… Nosotros, que lo queremos enjuiciar todo bajo la óptica de la fe, no estaremos nunca conformes. Nosotros nos atenemos ante todo a un Dios que ha mandado: No adulterar, no fornicar, no cometer accione impuras. ¡Dichosos los limpios de corazón!…

Pero vayamos ya a lo de los jóvenes. Igual que en aquella charla sobre la rebeldía y la obediencia, les dejamos la palabra a ellos mismos, y acudimos a las respuestas que dieron en la encuesta. Hay algunas que están en femenino, porque las dieron especialmente las muchachas. Oigamos a los jóvenes.

* La integridad personal hasta el matrimonio es un valor que debemos defender, lo mismo los jóvenes que las muchachas. Aunque sabemos la diferente opinión que en la sociedad se tiene del hombre y de la mujer.

* Las mujeres tienen derecho a exigir que los hombres sean castos, igual que los hombres en la sociedad exigen la castidad de las mujeres. Así como los jóvenes aprecian la castidad en nosotras, nosotras la apreciamos en ellos.

* No podemos decir que los papás nos tienen hoy en la ignorancia o en el error, tal como ellos cuentan que los tenían en sus tiempos. Nosotros estamos al tanto de todos aquellos misterios antiguos. Así y todo, no siempre encontramos la naturalidad con que nos deben informar de todo lo referente al sexo.

* Protestamos con que toda la propaganda se centre hoy en el sexo, lo mismo de una cerveza rubia, que los jabones o las diversiones. Cuando se piensa en estos productos o se va a una diversión así anunciada, ya se tiene una predisposición a relacionarlo todo con el sexo, y no en el mejor sentido de la palabra.

* Hoy no se aprecia la castidad como antes. Queremos más libertad. Aunque no por eso decimos que todo lo que hoy se hace deba ser aprobado, pues no siempre está acorde con los dictámenes de la conciencia. Aceptamos una vigilancia prudente, pero que nos dejen ser responsables.

* Los papás deben ganarse nuestra confianza. Nos encontramos en peligros y cedemos en cosas que, de haber contado con los papás como amigos, se podrían haber evitado.

* No tenemos la responsabilidad de la propaganda que se pone en nuestras manos. Videos, incluidos los porno, libros y revistas incontrolados están a nuestra disposición, y estamos al tanto de todas las prácticas modernas opuestas a la moral que hemos aprendido. Aunque nos gusten a veces, estamos conformes en que debe haber más control en la sociedad.

Junto a estas respuestas sensatas, aunque en algunas se insinúa algo no tan bueno, había otras realmente inaceptables.

Se exigía, por ejemplo, que les dejaran en libertad para adelantar en el noviazgo —como una conquista de las costumbres modernas—, lo propio y exclusivo del matrimonio.

No faltaban atrevidos que pedían libertad para viajes de recreo en pareja y solos.

Querían, igualmente, que se les pongan a disposición los medios para evitarse situaciones comprometidas.

¿Hay que culparlos de todo? Aunque no lo aceptamos en absoluto, comprendemos su actuación por lo que leen y se enteran y saben de otros países que se dicen muy avanzados, pero en los que se ha perdido tan seriamente la moral.

Mirando ya nuestra vida familiar, ¿qué pensamos y por qué nos inclinamos, por el optimismo o por el pesimismo? Vale más mirar la ilusión del amor en la Juventud, aunque no por eso cerramos los ojos a los males que le amenazan y que le pueden echar a perder la belleza de la vida.

No hay duda de que nuestros jóvenes, cuando se les ha formado cristianamente, mantienen una rectitud moral que nos envidiarían en muchos países.

A nosotros, los mayores, nos echan encima un cargo de conciencia serio, como es el saber mantener la rectitud moral y cristiana, que no es ningún retroceso, sino la garantía de un amor limpio, sano, duradero, y un seguro total para su vida futura en los hogares que fundarán esos jóvenes nuestros.

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