Catecismo

La sinceridad de la fé

¿Cuál fue uno de los problemas más acuciantes que detectó el Concilio? Fue el di-vorcio entre FE y VIDA que padecen muchos católicos. Se cree una cosa y se vive otra. Los de fuera nos pueden cuestionar, y nos cuestionamos también nosotros mismos: ¿somos o no somos? ¿somos católicos de verdad, o somos católicos de mentirijillas?…

Para entender y solucionar este problema, no encontraremos una página bíblica mejor que ésta del apóstol Santiago, cuando nos dice:
 La fe que no tiene obras está muerta en su misma raíz.
Empieza el apóstol con su clásica comparación del mendigo hambriento y desnudo.
– ¡Una limosnita por amor a Dios!
Y se le puede responder:
– ¿Cómo no? ¡Dios le va a ayudar! Récele el danos hoy nuestro pan de cada día, y mire cómo el Padre celestial alimenta a los pajaritos del aire y viste las flores del campo. Ya verá cómo a usted le va a socorrer también.
Pero el que así habla no se echa la mano al bolsillo o abre la bolsa tan fina que lleva en el brazo… ¿De qué le sirven al pobre consejos tan preciosos y tan llenos de cariño? De nada. Sigue con el estómago vacío y enseñando una penosa desnudez…
Así es la fe de muchos. Todo se reduce a palabras bonitas.
– Yo soy muy católico… ¡Dios mío, cómo te quiero!…
Pero sepultan los mandamientos de Dios en el olvido.

Sigue el tremendo Santiago con otro argumento. El que cumple la ley tiene derecho a presentarse a ése de las palabras bonitas, y decirle:
– Yo no cacareo mi fe ni la luzco igual que un vestido elegante. Si veo a un hermano en necesidad. se me parte el corazón y le doy de lo mucho o poco que tengo. La Misa del domingo es para mí sagrada. En mi matrimonio, jamás tercio con otro amor. Tú cantas tu fe y yo me la callo. Tú la profesas vacía con palabras y yo la demuestro llena con mis obras. Tú hablas, yo actúo. ¿Quién de los dos ha optado de veras por Cristo, tú o yo?…

Santiago pasa después a los ejemplos. Y el primero que trae es negativo, pero terrible y que hace pensar: el caso del demonio. El demonio no es ningún tonto. El demonio cree en Dios, y tiembla ante Él. Cree en Jesucristo, y lo odia profundamente. Cree en la eternidad de tormentos en que está metido, y no es capaz de decir:
 ¡Perdóname, Señor!…
¿Por qué? Porque su fe es puramente intelectual. Ve, discurre, sabe…, pero no tendrá nunca humildad para retractarse, pedir perdón y obedecer a Dios…
Si no lo dijera la Palabra de Dios, nosotros no nos hubiéramos atrevido nunca a comparar con el demonio a un hombre que cree en Dios, pero cuya vida está en abierta contradicción con lo que sus labios profesan.

El apóstol Santiago, finalmente, escoge dos ejemplos típicos de la Biblia. El uno Abraham, un santo. La otra, Rahab, una pobre prostituta.
Abraham cree a Dios y le obedece hasta alzar el cuchillo para matar a Isaac, el hijo adorado.
Rahab, pecadora, cree y, al creer, se convierte, deja su pecado y se integra en la vida del pueblo de Dios (Santiago 2,14-26)

Hay muchos que alardean de sinceridad. Y mientras aceptan el canto de nuestros jóvenes —¡Hemos de ser sinceros!—, están adormecidos en una fe más insincera que nunca, pues sus palabras corren veloces por una carretera hacia el norte, mientras que su vida va desbocada con la misma velocidad por otra carretera hacia el sur… Por eso, nos decía el Papa Pablo VI:
– Necesitamos una profesión cristiana más seria, más auténtica, más verdadera: necesitamos una profundización de la sinceridad.

Al hablarnos así el Papa, vemos cómo para ser cristianos necesitamos esa virtud humana tan encomiable como es la sinceridad. Una sinceridad clara, patenta, que la vean todos.
Que la vea, ante todo, el mismo Dios, ante el cual nos presentamos siempre con lealtad. Porque le descubrimos nuestras ilusiones y también nuestros fallos. No le decimos con nuestra oración lo que no sentimos dentro del alma.
Sinceridad que la ven los demás y que la notamos nosotros mismos, pues no tenemos ningún interés en engañarnos ni engañar a nadie.

Cuando hablamos de divorcio, siempre pensamos en los que matan el amor de su matrimonio. Pero el Concilio nos pone frente a frente con otro divorcio, que podría ser nuestro, ¡y no queremos que lo sea!.
¿Pensamos en los que se divorcian de Cristo matando la fe de su Bautismo? Un día sus labios dijeron en el Bautismo: ¡Sí, yo creo!… Ahora sus labios desmienten palabra tan solemne.

Frente a los divorcistas de la fe, queremos estar los fieles a toda prueba. Los que queremos cantar la fe con labios entusiastas, a la vez que la profesamos con el testimonio irrecusable de nuestras actuaciones.
Sin orgullo, sin ostentación, pero nos dejamos señalar con el dedo por todos. ¿Para qué? Jesucristo nos lo encarga: Para que todos vean vuestras obras buenas, y alaben al Padre celestial.

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